Los atónitos ciudadanos del siglo XXI asistimos sorprendidos a una turba de manifestantes de la derecha, adherentes fanáticos del expresidente Mesías Bolsonaro, que tomaron por asalto las tres sedes de los tres poderes del Estado en Brasilia. El Parlamento, el Planalto y la sede del Poder Judicial fueron víctimas simbólicas (era un día domingo y las autoridades estaban ausentes) por catervas enloquecidas que pedían a gritos deponer un gobierno que había asumido una semana atrás y había ganado legítimamente las elecciones en el juego democrático del poder.
Desde su exilio en EEUU don Mesías permanecía mudo. El cruel remedo de la toma del Capitolio cuando Trump perdió las elecciones ante Biden, hizo que la segunda parte, la de Brasilia, se repitiera como farsa.
La incoherencia es el hilo conductor de ambos ataques: desorden, consignas disparatadas, prepotencia, gritos desaforados, destrucción de mobiliarios y puertas, quema de insignias. Los adherentes de Mesías conforman un grupo varipinto pero siempre caricaturesco. No parecen comprender nada acerca de reglas y posiciones democráticas: atropellan.
Antes del asalto, subían videos en las redes rezando, llorando, agitando Biblias, disfrazados de brasileños embanderados y llamando a los OVNIS con los celulares encendidos sobre sus cabezas en medio de la oscuridad nocturna. Uno piensa, tratando de despojarse de prejuicios y apasionamientos, ¿qué pasará por la cabeza de una persona que cree firmemente que los alienígenas, que ni siquiera sabemos si existen o no, responderán a su pedido de auxilio?
Pero esta misma gente, reunida en turbas, se exaltan hasta los límites y se proponen como réplicas de don Mesías cuyo nombre, como sabrán, significa “salvador”. No hay nada peor que un malo tratando de hacer el bien. Esa turba enloquecida destrozó tres edificios públicos y pretendió levantar a todo el país en armas reclamando que las Fuerzas Armadas depusieran el gobierno de Lula da Silva y restauraran el gobierno de Mesías Bolsonaro. Toda la propuesta es absolutamente descabellada. No resiste el menor análisis. Primero porque no hay ningún descontento popular que canalizar ya que el flamante gobierno de Lula había asumido apenas una semana antes. No tomó ninguna medida de peso social o económico que pudiera generar descontento. Segundo, la acusación del “comunismo” que supuestamente combatían no tiene ningún asidero real. Lula ya gobernó Brasil en dos periodos de gobierno y ninguna de sus medidas pueden ser sospechadas de allanar la propiedad privada en nombre de la propiedad común que es la base del comunismo. No decomisó industrias, no estatizó la producción privada, no censuró ningún órgano de prensa, no persiguió a sus adversarios políticos, no encarceló opositores. No. No. El comunismo es el fantasma que agita la derecha históricamente para asustar a la gente que carece de formación e información. Que no son pocos. El analfabetismo político de la clase media, me asusta. Una amiga (egresada universitaria) me decía que Cristina Fernández de Kirchner era comunista. Le pregunté en qué se basaba. Me respondió que la AUH era una medida comunista. Le respondí que no. Que los costos de la AUH no fueros expropiados a ningún particular, y además fue un proyecto de Elisa Carrió de quien se podrá sospechar lo que uno quiera, pero jamás de que es comunista, todo lo contrario. De manera que ni siquiera el paso por la universidad garantiza que las personas superen el analfabetismo político que se basa siempre en prejuicios ridículos, como la creencia en las brujas y las hadas.
El discurso de las derechas latinoamericanas siempre se adjetiva con republicanos, institucionales, democráticos de la boca para afuera; pero en los actos, ese republicanismo prosódico no duda antes de atropellar los tres edificios que son el símbolo de la democracia y las instituciones: el Supremo Tribunal de Justicia, la Casa de Gobierno y la Legislatura.
Tres sedes de los tres poderes que representan la civilización, el respeto, la equidad y el orden justo. Aunque a veces fallen, porque son humanos. Eso no justifica la barbarie y el delito.
La acre reunión de los mass media (fake news) con una justicia proclive (lawfare) y esa nueva derecha feroz que está al acecho son el polvorín sobre el que asienta el peligro institucional.
Alejandro Bovino Maciel
Buenos Aires, enero 2023
*talomac@gmail.com