Obra: El Pesebre (Navidad 1929) Tríptico, de Alfredo Gramajo Gutiérrez
Supongo que quienes nacimos en el siglo pasado recordamos con cierta nostalgia las fechas de las Fiestas de Fin de Año.
Supongo que quienes nacimos en el siglo pasado recordamos con cierta nostalgia las fechas de las Fiestas de Fin de Año. Invariablemente y por una razón que ignoro, mi madre me mandaba a comprar los regalos familiares en la tienda Hidalgo Solá que estaba entonces en Junín esquina Rioja. Como mi memoria es tan infiel como yo, les ruego disimulen si me equivoqué. Allí había ropas, enseres de cocina, adornos “para la casa”, juguetes, artículos electrodomésticos y algo más. Era una mezcla de ropería con bazar y ferretería. En Hidalgo Solá, según mi madre, siempre propensa al pleonasmo, “había de todo”.
Pero el clima social de aquellos años era otro. La religiosidad impregnaba esas fechas de clausura anual. Las clases ya habían terminado, uno estaba más libre para leer (la TV nunca fue mi debilidad) y estas misiones que me encomendaba mi madre eran como una especie de castigo involuntario. Siempre padecí de psicastenia. Decidir algo que debo comprar me cuesta horrores. Dudo patológicamente y me hace sufrir sin necesidad por eso cuando puedo, lo evito. No soy avaro, ni vivo ahorrando ni nada de eso, sé que hay cosas que son imprescindibles, pero como casi siempre compro lo mismo en alimentos, indumentaria, y demás, no me veo en la obligación de vivir eligiendo. Elegir es mi problema.
Mi hermana, por el contrario, goza de una salud comercial envidiable. Es compradora compulsiva.
Detrás de esos mandados maternos yo presentía la Navidad como una fecha en la que el mundo entero tenía la obligación de pensar en el resto; y, por sobre todo, en los adversarios y enemigos que nos ganábamos.
La Navidad era un poco la ilusión de saber que existe el perdón en el corazón humano y que mucho mejor que el rencor o la venganza es el bálsamo del olvido para aniquilar afrentas. Si se nos decía que un Dios vino al mundo para perdonar, no podíamos ser menos generoso que ese Dios. Esa idea, creo, rondaba en las sonrisas que todos nos prodigábamos para estas fechas desde mediados de diciembre. Al menos yo así lo interpretaba y como soy subjetivista berkeleiano, esa era la realidad en la que creía.
Por entonces, arrastrando el residuo de catolicismo papista que me quedaba, iba a la iglesia y cada imagen, cada figura me parecía la representación viva de esa misma idea: tal vez no exista ningún dios, pero existe el perdón.
En todo mi vecindario (Cambá Cuá) las vecinas hablaban de ventana a ventana comentando que habían comprado un pavo y lo tenían alimentándose a maíz los últimos días de la vida de la pobre ave condenada a morir para felicidad de los demás. Otras le comentaban a mi madre que un pariente les traería un lechón adobado para hornearlo en la panadería de la esquina, que además de vendernos rondines y galletas, servía de crematorio porcino. Invariablemente una tía nuestra de Bella Vista nos enviaba cada año un matambre casero tan bien cosido en los bordes, que parecía trabajo de monjas clarisas. Creo que por entonces la TV tenía poca influencia en nuestras vidas. La Navidad no era ese señor obeso vestido de rojo con nombre de mujer “Santa” que inventaron los yankees para promocionar esa horrenda bebida gaseosa de color negro y con gusto a nada. Ni eran los renos, ni la profusión de luces en torno a los dinteles de puertas y ventanas que hacen que nuestros hogares luzcan como casas de cita.
La Navidad era el árbol con esos globos de cristal tan frágiles que un suspiro los podía quebrantar. Era ese clima barrial de emocionarse juntos conversando sobre la cena y el pan dulce. Y la sensación prendida al aire siempre tórrido de los veranos correntinos de saber que más allá de las mezquindades y miserias humanas, que todos tenemos y padecemos, tomamos y donamos, más allá de esas molestias para la convivencia, estaba el recurso del perdón que vino a enseñar un Niño a quien la humanidad le devolvió lo peor que teníamos como horda salvaje: el castigo, las blasfemias, los azotes, el sufrimiento y la muerte entre dos delincuentes.
Pero antes de toda esa infamia, el Niño con su sonrisa, ya perdonó todo.
*Buenos Aires, diciembre 2022