(Por Arturo Zamudio Barrios).. No pocas veces hemos hablado de la historia ágrafa de la Argentina, es decir, del relato –como señala Meabe en su “Metanastasis”- que se basa en la visión limitada de la realidad en estudio. Cristina Bajo, en sus novelas sobre el período de conformación de dicho Estado, ha exhumado mucho de lo que la enseñanza escolar vela: el que antes de 1810 algo existía ya, y no había que buscarlo en los cincuenta años de vida del Virreinato del Río de la Plata, cuyo protagonismo es imposible verificar antes de que la Corona lo cree.
¿Cómo, empero, hablar de una nación “madurada en los días de 1810”, cuando ni población tenía? Pues, como sabemos, la Argentina de entonces, la estudiada por Félix de Azara y conocida hoy como Bolivia, ofrecía poblaciones importantes en el Altiplano –Potosí llegó a tener 300 mil habitantes-, mientras que Buenos Aires, la futura metrópoli, menos que Yapeyú durante el último tercio del siglo XVIII- Y de esa manera, el país “madurado”, según las tesis que mencionamos, ronda en su totalidad, en 1810, y sobre mucho más territorio que hoy, los 400 mil habitantes, cuando las Provincias que habrán de constituirlo medio siglo más tarde –como asegura Chiaramonte, “después de la independencia y no antes”- tampoco existen como tales.
Tal es el cuadro de las tentativas estatales que aparecen tras los sucesos de Mayo (otra limitación muy usual: en 1810, el Imperio español todo estaba en convulsión, y el mismo día que Buenos Aires nombra una Junta, Asturias se declara República independiente) A esa Junta, el Cabildo y un Fuerte, Inglaterra dará un Presidente y le impondrá un Programa de Gobierno: el de “Las Leyes de Indias”, nos cuenta Alberdi, aplicado antes por los españoles”, y restauradas por el Rosismo después. Así que si algunas de aquéllas pueden articularse en nuevo Estado medio siglo más tarde, es porque ya habían vivido anteriormente, pero de otro modo. ¿O no…? Parece que la lógica más simple tendría que pensarlo así…Y Sarmiento, en “Argirópolis”, pese a la ninguna simpatía que las Provincias de Norte le ofrecían, nos da una pista al contraponer Corrientes y Buenos Aires, cuya tensión ha sido bastante más larga que se piensa. Porque… ¿de qué se valió la Provincia para enfrentar durante medio siglo a la poderosa ciudad del puerto y del respaldo inglés?
Sin duda, no solamente del vacilante apoyo francés (tras el Congreso de Río Hondo, la mora de Martigny en mover sus barcos, determinó prácticamente el destino de Lavalle en 1840), sino a un conjunto de medidas no fáciles de resumir en pocas líneas.
Sigamos, por lo tanto, con el hilo de la población, cuyas cifras en 1820 eran escasísimas (27.000 habitantes), pero, como cuenta Ferré a D’Orbigny, ya a los diez años se duplicaban. Y esta política de incorporación de habitantes le vale –añade Chiaramonte- mostrar la tasa de crecimiento demográfico más alta en el Litoral argentino de entonces. Así que en 1853, está tres veces más poblada Corrientes que en 1820, y estas mismas cifras, hacia fines de aquel siglo, se triplicarán.
Ahora bien,… ¿de dónde salen estos pobladores? Sin duda, de Europa y vienen por vías distintas: gracias al control insuficiente de Buenos Aires sobre la isla Martín García y el río Paraná, mediante la navegación sarda cuyas huellas pueden advertirse en dos tipicidades: el abordaje temprano del acordeón –fabricado en 1826, en Italia, ya tiene presencia en la Corrientes de 1841- y la carrera de sortija, juego sardo, cuya popularidad fuera muy grande en la segunda mitad del siglo XIX. Pero esta inmigración viene sobre todo por el Uruguay o Rio Grande do Sul, con quienes Corrientes había establecido una sólida alianza ya antes del 40. Pues no son de hoy los caros sentimientos de hermandad entre el sur brasileño, los uruguayos y los correntinos: basta con ver la genealogía de algunos apellidos para percibirlo.
Franceses e italianos, y algunos otros, son, pues, el origen de ciertas cualidades que la Provincia está obligada a adquirir a fin de resistir como resistió, la hostilidad de la poderosa Buenos Aires. Es francés y ex-soldado de Napoleón, el artillero instructor de Berón de Astrada que junto a él muere en la batalla de Pago Largo. O sea que entramos en otro aspecto que el análisis habitual soslaya, como si el hombre se moviera sobre el mundo sin llevarse al mismo tiempo lo pensado y sufrido en su existencia. El “documentalismo” al uso no lo suele tomar en cuenta.
¿Tienen relación con los inmigrantes que llegan, los libros que se leen y editan, o las ideas que divulga la prensa, hacia 1853, cuando se conforma la entonces llamada Confederación Argentina, cuya “barbarie”, por supuesto, proclama Sarmiento hacia todos los vientos?
Desde ya; de origen italiano es el interés en, por ejemplo, el “mazzinismo”, cuyas miras se parecen en mucho a las cultivadas por los protagonistas de la Confederación: liberación respecto de un sistema opresivo, basada en la lucha popular, y federalismo pleno, con igualdad y respeto para todos sus miembros, como sostenía Mazzini en sus escritos. Recordemos que por esos días se había producido en Francia lo que hasta se dio a considerar Primera Revolución Socialista, la cual propone la iniciativa de cambiar el predominio absoluto del patrón individual por la asociación colectiva bautizada “taller nacional”. La prensa correntina abunda en la publicación de sus teóricos de aquel tiempo, y de las prensas del Estado salen los dos primeros volúmenes de “Los Misterios de París”, de Eugenio Sue, a quien Gramsci habrá de considerar uno de los más grandes difusores de las ideas avanzadas de la segunda mitad del siglo, mientras el diario “La Opinión” publica el diálogo entre el director de Le Monde y Girardin, muy popular por sus convicciones socialistas.
Es que los barcos de la navegación sarda no sólo traen pobladores; también, publicaciones. Todas las semanas aborda nuestras costas “Le Siécle”, periódico del socialismo francés, y muchas de sus ideas podrían rastrearse entre las medidas que la provincia aplica para enfrentar una guerra con enemigos nada desdeñables –a Buenos Aires respaldaban los comerciantes ingleses beneficiados por el “Trato Favorecido”, afín –dirá Ferré- a la “refactorización de América”-, y se introduce en el territorio provincial el papel moneda, según el modelo de los “asignados de la Revolución Francesa”.
¿No se explica el desdén que por Corrientes alienta Sarmiento, defensor de “la Civilización a la Inglesa”, cuyos fundamentos habría de extraer de Spencer, aunque reescribiéndolos en la hermosa prosa española de “Civilización y Barbarie”? Ya le habían caído mal el “mazzinismo” y el Socialismo Utópico –Saint Simon y Enfantin- de Echeverría: ¿cómo iba a aceptar las publicaciones poco civilizadas de los correntinos de entonces? Y de Marcelino Pareja a Pablo Cousseau, o de Francisco Bilbao a Luis Pucciarello, se extiende un vasto análisis de momentos ajenos a la habitual historiografía, urgida de revisión hoy dados los estertores de la crisis y la necesidad de alternativas institucionales. Pareja no solamente dirige el correntino “La Revolución” sino que escribe y publica en Montevideo, una conferencia extensa sobre Economía Política.
Quizás la primera en ver la luz en estas latitudes; y algo cuya validez surge de la misma etapa que vivimos, cuyas soluciones políticas tampoco son dables de resolver con sólo la visión del economista, porque el mundo a la vista es ahora mucho más denso y grave que el de ayer. Mucho más… y abarca no sólo la disponibilidad de bienes, exigidos de otra distribución, ya no ganancial, sino universal y humana, dirigidos a la supervivencia de hombres acotada por un orden de cosas cuya capacidad creativa se ha agotado hace tiempo. Por lo que aquellos escritos, casi desconocidos en el país, tienen el mérito de adelantarse a peripecias cuya hondura constituye el principio dramático de las perspectivas para nada gratas que habremos de enfrentar con el desastre ecológico en nuestros días.