( Por Alejandro Bovino Maciel, para momarandu.com). En estos tiempos de confusiones suele sonar asiduamente la palabra libertad en boca de ciertos monigotes políticos que aparecen, como las malas visiones, cuando la mente está oscurecida. La sociedad en Latinoamérica y el mundo navega en aguas turbias. Y esas sombras del desconcierto social suelen ser el almácigo donde siembran sus confusiones estos profetas y sibilas que repiten como mantras “libertad” y “república” como si solamente ellos supieran definir, defender y luchar por esas ideas.
La gente joven es la primera víctima. ¿Qué persona joven no se sentiría hipnotizada por la palabra “libertad”?
Es un verdadero canto de sirenas hecho para encantar incautos e incautas.
Uno piensa “bueno, eso significa que este señor que me repite como hipo la palabra “libertad” me promete que a partir de su dominio podré hacer lo que se me dé la gana sin que nada impida mis deseos”. Debo decirles queridos jóvenes que esa libertad personal sin la cual no podemos ser personas (lo escribió Aristóteles hace 2500 años) ya está garantizada en la Constitución Argentina. Lo que aviesamente llaman “libertad” estos nuevos sirenos libertarios es el libre mercado, simplemente. Esto significa que piensan anteponer los negocios a las personas.
El Liberalismo es una vieja doctrina económica y política que en su nacimiento fue renovadora. Europa, que es donde nació, venía de las monarquías absolutas que limitaban las libertades de los súbditos para mantener el control del poder en pocas manos. La gente no tenía libertad de opinar, ni de publicar sus ideas, ni de proponer reformas sociales. El liberalismo clásico vino a revolucionar esta situación opresiva que desencadenó la Revolución francesa de 1789 donde esas nuevas ideas se fueron transformando en una nueva realidad.
El Liberalismo cruzó todo el siglo XVIII y XIX y permitió avances en lo social, lo político y lo económico, pero en ese largo camino se fue pervirtiendo (como sucede con todas las doctrinas) hasta recalar en la pasada década de los ’80 del siglo XX cuando se convirtió en neoliberalismo. De aquella doctrina que proponía limitar la acción del Estado sobre el individuo devino una nueva doctrina que proponía directamente atarle las manos al Estado para que no pudiese impedir en lo más mínimos los negocios privados, la producción de las empresas privadas y la regulación de la oferta y la demanda de los productos indispensables para sobrevivir. El Estado, atado, solo se podía limitar a observar cómo la sociedad humana se fue convirtiendo en eso que Hobbes magníficamente describió en su “Leviatán” cuando dijo que el hombre es el lobo del hombre (y la mujer).
Con un Estado paralizado sucede lo que cualquiera se puede imaginar en una sociedad competitiva: los peces grandes se devoran a los más pequeños e indefensos. El tiburón tiene toda la libertad de comerse a quien se le antoje, y las sardinas tienen toda la libertad de ser comidas cuando se encuentran con los tiburones. Esa es la regla maestra que rige el neoliberalismo: cada cual arréglese como pueda. Si cae en manos de un tiburón, lo lamento, no tiene escapatoria alguna a menos que usted mismo se transforme en un tiburón y empiece a devorar a los demás. Esto es lo que se llama darwinismo social: los liberales dicen que es la lucha natural de los más aptos para sobrevivir. Los que desconfiamos decimos que es la imperiosa necesidad que tienen los poderosos para volver a instalar el feudalismo con iphones en la sociedad del siglo XXI.
Nadie en su sano juicio repudiaría la libertad. Pero cuando alguien en su discurso reitere incansablemente las palabras libertad y república, si usted puede, si le dejan hablar, por favor pregúntele: ¿me está hablando del libre mercado? Y cuéntele o pregunte a los mayores cómo nos fue con el libre mercado de Martínez de Hoz en la inolvidable década de los ’70 en Argentina. O más cerca, con los ocho interminables años de Menem, que fue el rufián de la política criolla de los también inolvidables ’90. Ese cuento del libre mercado es más viejo que el de Caperucita Roja. Los lobos están esperando que usted lleve solidariamente su canasta a su abuelita por el bosque. Ellos acechan. No creen en la solidaridad. Los lobos de la política son lo que ya nos dijo el finado Hobbes: devoran personas, sociedades y países.
BUENOS AIRES, diciembre 2022
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