( Por Arturo Zamudo Barrios, para momarandu.com). La velocidad en las cosas del mundo ha ido haciéndonos contemporáneos de casi todo, especialmente del principio de apogeo, decadencia y crisis de quienes, en nuestra infancia nomás, creímos fortalezas inamovibles.
¿Quién hubiera supuesto en la época de nuestras lecturas juveniles, cuando veíamos las Súper Fortalezas Volantes volar por sobre la convulsa Europa y el automóvil comenzaba a rodar en multitud por pequeñas y grandes ciudades, que la ciudad del automóvil iba a ser, precisamente, como el símbolo de la degradación estadounidense? Porque la regresión de Detroit, sobre los Grandes Lagos, es la imagen misma de la rapidez con que se puede pasar en escaso tiempo del esplendor reluciente a la estrechez más absoluta: en 1950, con crecimiento acelerado desde los primeros años del siglo XX, la ciudad alcanza los 2 millones de habitantes, salidos, como quien dice, de la nada. Pero treinta años más tarde, cuando más automóviles se vendían en el mundo, la cifra se reduce a la mitad, y, en la actualidad, no supera en habitantes a la capital correntina. Mientras tanto, las empresas como Ford, Chrysler, Packard, que habían alimentado el orgullo de Michigan y hecho que tuviese pomposos centros de cultura, como el Central Teatre, se han trasladado a otros puntos del mapa donde pagan salarios bajísimos. Grandes edificios, pues, de esa Manaos de los Grandes Lagos, son incendiados por los habitantes que quedan e intentan combatir el hambre, plantando maíz en las manzanas vacías.
¿Cuánto durará, por ende, la hegemonía de Estados Unidos cuyo siglo, el Veinte, concluyó con aquel aspecto de confort generalizado llamado en su apogeo “el sueño americano”? No parece tener para mucho. Pero lo curioso es que el derrumbe del heredero acentúa el del padre, aquel Imperio británico, que de colonizador del Norte de América y su expoliador, ha pasado a ser una especie de subordinado o de socio menor en las desventuras que el hijo, Norteamérica, desata en todas partes del globo, destruyendo y matando, desesperado porque el petróleo se agota. Pero lo gracioso estriba –si es que algo de gracia tiene- en que la decadencia ofrece también una suerte de historiografía y repite una y otra vez la misma debilidad.
Cuando a España le arrebataban el laurel cesáreo del inmenso Imperio, Pedro Mata, por ejemplo, durante una reunión en el Ateneo de Madrid de 1861, confió en que si bien la grandeza se perdía irremisiblemente, quedaba al hispano el idioma, cuya difusión en el mundo podía permitirle ser la lengua universal. Unamuno, tiempo después, se reirá de un tal Bachofen que, al parecer, predicó lo mismo: lo perdido en colonias, en extensión de influencias y en predicamento sobre la vida de los hombres, podía recuperarse mediante el habla dominante en tantos lugares.
Por su parte, Francia, cuya hegemonía en materia ideológica, cultural, literaria y lingüística no vaciló en mostrarse afín a la apropiación de lo ajeno y consiguió no poco del mundo despedazado –Asia, África y América Latina- por las grandes potencias europeas en el siglo XIX, al llegar el eclipse también confiará en su lengua, tan hablada y leída en todas partes. Y si el país se revelaba débil frente a una eternidad que no existe entre los seres concretos, la antigua “langue d’Oc” podía resarcirlo del notorio entumecimiento que arrastra consigo la muerte. La realidad, en cambio, mostró que la tradición francesa constituye sólo una entre las tradiciones a tener en cuenta en cualquier investigación, lejos ya de aquella cumbre de la fascinación intelectual que rodeaba a la París de ayer.
En la actualidad, con el descalabro en auge de los Estados Unidos y apenas la memoria de lo que ha sido, alguna vez, Inglaterra, la vieja pretensión del idioma inmortal reaparece. Y Gordon Browm, ex Primer Ministro, remeda a aquel Bachofen ridiculizado por Unamuno: “El inglés, asegura, es algo más que una lengua, es un puente por encima de las fronteras…” (Edwin Chitrow: “Rebelión, 21/07/13). Llegada, apogeo y decadencia, resume Chitrow, las tres etapas de una potencia y, en las condiciones actuales, se pregunta: ¿Estamos asistiendo a la caída de la civilización occidental? Una civilización, si se quiere, cuya superioridad tal vez resida en el grado en que ha impulsado al mundo a lo que llamamos modernidad, con todas sus implicancias y descubrimientos, aunque no por ello gozosa de la eternidad que algunos presumen. Por otra parte, ninguna de sus grandes conquistas hubiese existido sin darse antes y en etapas a veces remotas, aquellos aportes que la historia poseía ya cuando todavía la península oeste de Eurasia no brillaba precisamente por el resplandor de sus grandes ingenios.
Pero Chitrow se pregunta, además, si ha llegado el momento de algún idioma oriental (y ya sabemos que el Oriente de Europa es el Occidente de América, por ahora harina de otro costal): ¿asistimos por ende a un ciclo en el que poco a poco el idioma más hablado deje de ser el inglés para generalizarse el chino? Claro, como a todo buen europeo, o asiático o gente ligada a una época cuya hegemonía descansaba en ciertas entidades más o menos conocidas, le resultaría quizás imposible a Chitrow pensar que el español de los americanos, en virtud de sus experiencias de nuestros días, deja de ser de enorme importancia.
Mientras tanto es indudable que los dilemas más complejos de un cambio de época, han empezado a resolverse mejor en esta parte del mundo cuya dinámica ha engrosado el Unasur, el CELAJ y el Alba, donde el objetivo unificado reside en dar, por medio de instancias pacíficas, con un orden alternativo para el mundo entero. Así que en ese marco hay que ubicar la cuestión del idioma: ¿superaremos, como esperaba Pedro Mata, la etapa babilónica de lenguas y hablas dispersas para dar con una que nos permita entendernos en cualquier parte del planeta tierra, hogar común al fin y al cabo de todos los hombres?
Por ahora, claro está, sólo cabe aceptar ciertos runrunes de la decadencia: el inglés será, por un tiempo, puente por sobre las fronteras, y el francés, patrimonio, como aseguraba Proudhon, de todos en todas partes dado el nivel que la reflexión francesa ha alcanzado en sus épocas de esplendor. Más aún, creo que haremos en todas partes y especialmente los americanos, lo que los chinos para sorpresa reciente de una comitiva italiana: construir una Florencia similar a aquella pequeña aldea de 60 mil habitantes que concentró lo más granado del arte y el pensamiento del Ciclo humanista. Idealmente habremos de reconstruir la Londres isabelina, la Alemania de la ciencia anterior a las guerras, la España del Siglo de Oro, el Estados Unidos de su mejor tradición… Lo del idioma único quedará librado al futuro, pero lo que entre nosotros, americanos empecinados en mostrar que la paz es el mejor remedio a la crisis urge, es la relectura de toda una cultura. Mas… una lectura diferente de cuantas hemos hecho hasta aquí, es decir, una lectura capaz de mostrar que somos capaces de hallar la ruta, cuando el mundo exterior parece encapotado y a punto de reventar bajo alguna tormenta. Ya no para imitar y seguir las huellas de otros, sino para que los otros, a la inversa, encuentren en las nuestras, soluciones para la conmoción que en este momento sufren.