En 1992, Neal Stephenson, en su novela de ciencia ficción Snow Crash, habló de una vida virtual paralela a la que conocemos como vida real y la llamó metaverso.
En 1992, Neal Stephenson, en su novela de ciencia ficción Snow Crash, habló de una vida virtual paralela a la que conocemos como vida real y la llamó metaverso. Dentro de este ciberespacio convirtió a los protagonistas en avatares, creando su propia identidad. Desde entonces, la aparición de metaversos y avatares en la cultura han sido muy recurrentes, tanto en libros, películas y series como en juegos.
Más allá de la ficción, en nuestra vida, la tecnología también avanza a pasos agigantados: ni siquiera da tregua a una adaptación progresiva de la sociedad. De nuevo nos encontramos con la realidad superando a la ficción cuando Mark Zuckerberg comunica el cambio de Facebook a Meta. ¿Casualidad? No. La relación del nombre con los metaversos es directa e intencional. Entonces, ¿la tan conocida red social de repente se torna en una gran desconocida? No podemos saber lo que pasará en un futuro con total seguridad ni tampoco entender todo lo que está sucediendo en el mundo, y esto puede convertirse en una fuente de frustración y alimentar una importante sensación de no pertenencia. Es importante informarse para elegir lo que nos interesa y considerar si tomar una decisión frente a un fenómeno de actualidad e involucrarse en él.
Queremos convertirnos en una humanidad simulada? Metaverso nos expone a esta cuestión sin que sus artífices nos consulten nada. Claro que tampoco se lo preguntan la mayoría de las personas, las empresas y, lo que es peor, los gobiernos que acceden y empiezan a utilizar esta herramienta sin plantearse el inquietante trasfondo filosófico que late detrás de ella. Estamos dando pasos que pueden conducirnos a una simulación colectiva parecida a la que plasmaron cinematográficamente Lana y Lilly Wachowski en Matrix, y todo discurre sin debate ni polémicas. Tampoco en las redes sociales.
Metaverso va más allá de todas ellas. Nos introduce en lo que David J. Chalmers ha denominado “Realiy+”. Se trata de una simulación digital que subsume y mejora las experiencias de realidad aumentada e inmersiva conocidas. Disloca la comunicación natural del cuerpo con la mente y permite que esta última salga fuera de las dimensiones del mundo físico. Un fenómeno que hace que la personalidad psíquica del ser humano se realoje dentro de un mundo virtual paralelo. La realidad plus se consigue mediante interfaces cerebro-máquina que, ahora, son diademas, pero que, mañana, podrán ser implantes cerebrales. Con ellas se activa una réplica virtual de nosotros mismos que sustituye nuestra corporeidad y al conjunto del mundo físico. Se trata de una infraestructura tecnológica de migración en tiempo real de nuestras capacidades cognitivas mediante una codificación datificada de las mismas que se deposita en una nube propiedad de la corporación que produce técnicamente el simulacro, así como su soporte computacional.
Corremos el riesgo de que irrumpa por la vía de los hechos una política privada que hegemonicen las empresas que son dueñas de las aplicaciones de Metaverso. Una política que desmaterialice la democracia y la neutralice al difundirse masivamente la simulación de las experiencias humanas que hacen posible la ciudadanía y la cultura de los derechos. Desprovistos de cualquier capacidad crítica de emancipación frente a quien es propietario de la infraestructura y la nube que hacen factibles la experiencia de simulación, los usuarios de Metaverso estarían expuestos a un simulacro de identidad en manos de terceros. Estaríamos, por tanto, ante la plasmación política del reverso de la hipótesis cartesiana del genio maligno que, según el autor de las Meditaciones metafísicas, podría engañarnos sistemáticamente al hacernos creer que existimos cuando somos un sueño suyo. De este modo, en Metaverso no habría capacidad emancipatoria frente a la duda metódica de la que nos hablaba René Descartes. Pensar dejaría de ser garantía de existir, con lo que la herramienta del cogito ergo sum colapsaría. El problema es que, con ella, desaparecería también el soporte de la conciencia moderna de la que todavía somos herederos.
Transformarnos en una humanidad simulada no debe quedar en manos de un modelo de negocio. Como tampoco contribuir a ello con nuestra pasividad cívica debido a la inacción de los gobiernos democráticos. Es urgente reaccionar críticamente frente al riesgo de que se instaure una opolítica empresarial que ponga en jaque o, mejor dicho, en jaque mate a la democracia. Si no queremos convertirnos, siguiendo a Jean Baudrillard, en un simulacro digital de la existencia humana que finalmente sustituya a esta, hay que exigir políticamente una regulación que contenga una ética vigilante que identifique las posibilidades negativas que comportan iniciativas como Metaverso y priorizarlas en el debate social. De lo contrario, se adoptarán sin evaluación debido a la seductora visibilidad de las posibilidades positivas que tienen indudablemente. ¿Pasaremos de distopía a realidad?
Bibliografia articulos varios.
*José Miguel Bonet, desde Mburucuyá