(Por Alejandro Bovino Maciel, para momarandu.com) .Hace unos cuarenta años los psiquiatras y psicólogos comenzaron a detectar signos y síntomas que configuraron un nuevo tipo de personalidad. La personalidad es el conjunto de características de conducta que exhibimos en forma constante y sostenida a través del tiempo. Es el modo de ser. Lo que nos hace ser característicos y únicos a cada uno de nosotros.
Ese nuevo perfil que descubrieron parecía estar en la frontera entre las personalidades más o menos normales (con alguna base neurótica) y las personalidades altamente alteradas de las psicosis. Como estaba justo en la franja entre lo “normal” y lo patológico, la denominaron Border o Fronteriza.
Usted dirá, ¿cómo se puede estar en medio de dos polos opuestos? Pues bien, las personalidades fronterizas actúan y viven normalmente como si fuesen algún tipo de neurosis, un poco histérica, un poco fóbica, un poco obsesiva, un poco dependientes. Pero estas personalidades fronterizas que viven en condiciones normales una vida más o menos adaptada, cuando son sometidas a fuertes condiciones de estrés, actúan como lo haría un psicótico: deliran, tienen impulsividad enferma, se desestructuran y pierden el juicio de realidad que es la función que nos permite diferenciar lo que imaginamos de lo que es real.
Se podría decir que las personalidades fronterizas son “bifásicas” (no bipolares, que es otra cosa). Habitualmente se comportan como personas “normales”, pero ante situaciones de extrema angustia, enloquecen y hacen cosas que no haría una persona “normal”. Siempre entrecomillo la palabra normal cuando me estoy refiriendo a salud mental. La normalidad mental es apenas un parámetro estadístico, es el modo en el que se comporta la mayoría de la población, pero esas conductas generales van variando con el tiempo, las distintas culturas, los usos y costumbres.
No obstante, cualquier persona puede detectar fácilmente una locura porque está ajena al ambiente cotidiano. Siempre llama la atención, escapa a lo que tenemos acostumbrado.
Estas personalidades fronterizas además tienen otras características que nos ayudan a detectarlas en la clínica: son fácilmente propensas a todo tipo de adicciones desde el juego, el alcohol, las drogas, los psicofármacos, gastos compulsivos, comidas, el cigarrillo. Tienen una ansiedad continua que nunca reposa, suelen preferir los deportes peligrosos para sí y para terceros, por ejemplo, las picadas de autos, los deportes extremos, las situaciones de riesgo físico. Nada parece calmar jamás esa ansiedad de base que los lleva de un sitio a otro siguiendo su impulsividad natural. Se apegan fácilmente a los demás y buscan el modo de retener a las personas que quieren porque en el fondo padecen el miedo de ser abandonados. Las relaciones con otras personas son inestables, por esta misma razón. Pasan fácilmente de idealizar a alguien (es lo mejor, el más correcto, el más amoroso, etc.) a ser lo peor y el enemigo jurado. Hay un sentimiento de vacío de sentidos que inunda toda la vida del fronterizo.
Se comprenderá que, bajo estas condiciones, la vida del paciente fronterizo no es un lecho de rosas. Viven con un motor interno que los impulsa a buscar el modo de calmar la ansiedad imparable. Sufren a la menor señal de ser abandonados, pero al mismo tiempo hacen todo lo posible por buscar, sin quererlo, el rechazo de los demás. Cuando la ruptura se vuelve real, la angustia se hace tan intensa que cruzan la frontera y hacen locuras que no hacen sino empeorar siempre las cosas. Y no aprenden. Las frustraciones no les enseñan nada. Tropiezan de nuevo con la misma piedra una y otra vez. Son personas difíciles.
¿No sienten que nuestra sociedad del Tercer milenio se está fronterizando?
La gente parece vivir constantemente crispada. El menos estímulo nos hace saltar con furia y hostilidad. En el ámbito público se prefieren (Trump, Bolsonaro, Berlusconi, Boris Johnson y otros) los líderes exaltados, con discursos violentos y promesas mesiánicas antes que a la gente racional que propone políticas que suenan a realidad. En el orden de las artes, especialmente la música, la banalización del discurso sonoro y el mensaje de fondo hacen que dudemos muchas veces si llamar o no “música” a eso que escuchamos.
Ensayo una conjetura: creo que los gigantescos avances en Internet han cambiado para siempre la vida humana. Inicialmente nos sentimos desconcertados, como si un estallido hubiese llenado de polvo de escombros el panorama. Cuando se va disipando la polvareda, descubrimos que el mundo ya no es el mismo. Y que la multiplicidad de canales de comunicación humana produjo esta nueva Babel en la que el tráfico de símbolos ha vuelto insignificantes a todos los signos. El avance en la tecnología no arrastró el mismo camino para la ética, y la moral del empresariado ha prevalecido con sus lucros y ganancias a cualquier precio.
Ya pasará.
Nada dura eternamente en este mundo tan movedizo.
Buenos Aires, 13 de junio 2022.