( Por Alejandro Bovino Maciel).). En este mundo que día a día nos sorprende hay un inmenso rebaño humano de más de siete mil millones de almas con algunas pocas personas imprescindibles.
Pensar en Monte Caseros fue, para mí, pensar en Nincha Galantini. Ella era imprescindible. Hoy me avisan que falleció. Ya, desde la muerte de su hijo Eduardo hace unos dos años, Nincha no volvió a ser la misma. El dolor la fue envolviendo en esa pátina de la desgracia cuando se nos hace carne lentamente, y corroe el alma. Eduardo falleció en forma repentina y Nincha, quien fuera su puntal de fortaleza, cayó vencida con él. Nunca se recuperó, aun cuando fue una mujer valiente que hizo de la lucha un principio para la defensa de sus ideales de justicia, armonía y educación.
Nincha fue rectora del Colecio Nacional Ramón J. Cárcano hasta que se jubiló, y desde su puesto, difundió la más alta educación y el ejemplo de civismo que le cupo cuando, durante la dictadura, soportó con entereza las humillaciones a las que quisieron someterla los militares en nombre de la fuerza brutal, que era la única insignia que ostentaban los coroneles. No olvidemos que Monte Caseros es una ciudad altamente militarizada, sede del Regimiento de Infantería Mecanizada Nº 4 “Coronel Fraga” de triste actuación durante la asonada militar de Aldo Rico y sus secuaces. La citaban y la dejaban esperando horas en una sala, para decirle después que “el superior que la había citado, se había retirado”. Esas pequeñas miserias humanas que suele exhibir el poder cuando proviene de una cadena de mandos en las que todos obedecen y nadie piensa. Esas actitudes mezquinas que Nincha aprendió a mirar casi con condescendencia.
Con paciencia y bonhomía Nincha lo supo soportar todo. Los hijos detenidos por el pecado de ser peronistas o, más recientemente, por ser de izquierda. Allí estaba la madre asistiendo a sus hijos cuando la necesitaron. Sin pedir nada. Sin exigir nada. Con su presencia.
Enseñó a través del ejemplo, que es la pizarra preferida por cualquier alumnado en cualquier sitio del mundo: la coherencia entre lo que se dice, lo que se piensa y lo que se hace. Algo siempre muy difícil de conseguir pero que a Nincha le era connatural.
Todos y todas cometemos errores, eso es parte del destino humano. Pero no todas y todos tenemos el valor de plantarnos frente a nuestros errores, razonar y reconocer públicamente que el otro tenía razón. Que uno era el equivocado. Eso le vi hacer a Nincha durante el desarrollo de la Feria del Libro de la Triple Frontera en su querida ciudad de Monte Caseros.
Era un placer salir con ella por Monte Caseros: amaba cada árbol, cada sitio, cada recuerdo de esa ciudad que en las noches de verano parece bostezar con la brisa a la orilla del río. Todos y todas la reconocían de inmediato. Se le acercaban, la saludaban con una mezcla de cariño y respeto. Nadie se gana masivamente cariño y respeto en forma gratuita.
Por eso digo que su muerte es de un hondo pesar. Se extrañará la presencia casi silenciosa de esta mujer delgada, alta y que desconocía la soberbia, a pesar de haber sido autoridad máxima de una institución pública, que suele nublar fácilmente las mentes mediocres. Cuando circunstancialmente me alojé en su casa (cosa que hizo desinteresadamente y por el solo hecho de apoyar una iniciativa cultural) me atendía mejor que en mi propia casa. Nunca olvido estos gestos de la generosidad.
Le digo adiós a esta queridísima señora que me hizo el honor de ser mi amiga.
Hasta siempre, mi querida Nincha Galantini.
Buenos Aires, 28 de junio 2022.