(Por Arturo Zamudio, para momarandu.com). Arturo Zamudio Barrios
Gabriel Boric, actual Presidente de Chile, al asumir recordó las palabras de la despedida de Allende, cuando arrojó a la cara del golpismo criminal que se había alzado en su contra: “Vendrán fuerzas juveniles a animar las Alamedas para desplazar a quienes hoy intentan afirmarse sobre la traición…”
Naturalmente, esa voz iba a resonar en América y Europa, poniendo de relieve, como lo hace en estos días Carlos Fernández Liria en (“Gramsci y Althusser”, EDDAP, Barcelona, 2015) que la contradicción entre Democracia y Socialismo no existe, sino la que brota de la defensa que efectúa el Capitalismo, a cualquier costo, de todo aquello sobre que se apoya, desde el Sentido Común establecido por sus instituciones hasta los órdenes militar y policiales que monta en su beneficio. Uno de ellos, el Golpe de Estado, como el que asesinó a Allende, para entronizar al régimen de Pinochet, y su larga secuela en ambos mundos.
Pero el ejemplo de la experiencia aparentemente derrotada ha comenzado a mostrar aristas cuya aparición hace medio siglo quizás eran impensables. Ya el bolivarismo, dos años atrás, puso en acción no solamente, una enorme movilización social sino, además, una milicia popular –semejante a la española de 1936- de un millón y medio de hombres armados, contra la cual se estrelló la tentativa financiada por el Golpismo del Norte. Y la identidad del proceso iniciado por Chávez y el de Allende en la nación trasandina, ha sido refirmada una y otra vez.
Una entrevista con la revista Jacobin – el acontecimiento literario y periodístico de Estados Unidos- efectuada por los representantes de Democracy Now –Democracia Ya…- que conduce Amy Goodman, pone de relieve el cambio a la vista en el Chile actual y el significado que puede alcanzar en América Latina la elección constitucional del 4 de septiembre.
Como se sabe, en 2019, casi al unísono con la agitación aparecida en la Argentina y cuya cima del 2001, lamentablemente no dejó resultados, la enorme revuelta chilena, en cambio, produjo situaciones nuevas todavía en evaluación. El eje de todas ellas, la nueva Constitución en reemplazo del engendro pinochetista que hoy rige del otro lado de la Cordillera, y cuya redacción ha surgido de una deliberación popular genuina, realizada en cada centro urbano, vecindarios, ciudades y comarcas, y no solamente en el ámbito oligárquico, como suele ser común en las Legislaturas de Latinoamérica. Pues bien, desde el 2019, todos los temas de la vida chilena han aparecido sobre el tapete de esta discusión participativa, cuya presidencia estuvo, no pocas veces, en boca mapuche. La nueva constitución, explica desde Jacobin Pablo Abufon Silva, “incluirá los derechos reproductivos en su articulado, hará efectiva la gratuidad de la educación, establecerá la igualdad de género en el Gobierno e inplementará políticas de mitigación del cambio climático”.
Tras esta nueva Carta Magna, además, Chile, en la senda de Bolivia y, de concretarse el programa de Castillo, también en Perú, pasaría a constituirse en Estado multinacional, cuya limitación única persiste al coartar la separación estatal sostenida en la definición de “Chile, Estado único e indivisible”. Boric ha celebrado, a pesar de ello, los derechos reproductivos que suponen el Derecho a la Vivienda, a la Alimentación y al Cuidado en la Vejez, cuya labor suele estar en manos de personal contratado por los hijos adultos, no siempre muy eficaz.
Como reza en su artículo 1, la Nueva Constitución a proclamar el 4 de septiembre: Chile es un Estado social y democrático de Derecho. Es plurinacional, intercultural y ecológico. Cuando es probable, también, la victoria en Colombia de una formula democrática, pese al candidato Hernández y su misoginia admiradora de Hitler, cuadra pensar por eso que con lo de Chile, nuevos días rondan por Latinoamérica, casi en la aseveración de Gramsci al advertirnos que “lo nuevo a veces quiere nacer, mientras lo viejo todavía no muere del todo…”