( Por Alejandro Bovino Maciel, para momarandu.com). La sociedad humana sobrevive gracias al esfuerzo silencioso y desinteresado de mucha gente. La organización de A.A. (Alcohólicos Anónimos) es un brillante ejemplo de esa acción mancomunada de asistencia al prójimo necesitado cuando pide ayuda.
A.A. funciona generalmente en parroquias o centros civiles, pero no tienen filiación religiosa alguna. En las reuniones están interdictos los temas que dividen a la gente: religión, política y deportes. Las reuniones de A. A. se basan en el fortalecimiento de vínculos humanos entre personas que han caído en la adicción a las bebidas alcohólicas, que son drogas permitidas y por eso parecen más inocentes que, por ejemplo, la cocaína. Pero no nos engañemos. Gente alcoholizada también roba, mata y comete miles de tropelías a las leyes como lo haría un drogadicto. Justamente, uno de los centros preferenciales de solidaridad de A. A. está en las cárceles.
En la población carcelaria el 90 % se reconoce como exalcohólico o aún alcohólico. De esa cifra, no menos de la mitad han cometido asesinatos y robos bajo efectos del alcohol. Un 20 % de ellos ni siquiera recuerda haber cometido el delito: empezó a tomar bebidas y “se le hizo una laguna mental” cuando reaccionó, ya estaba detenido o detenida. La cifra de mujeres alcohólicas fue aumentando a partir de los años ’70. Hoy por hoy hay paridad, igualan a las de los hombres adictos. Hay un modo particular de la mujer alcohólica: lo hace encerrada en su casa, en soledad y ocultado botellas por todos los rincones, alacenas, armarios, cajas fuertes, bajo mesadas. Saben o presienten que la bebida no está muy bien vista en las damas y recurren a trucos infantiles para tratar de ocultarlo.
En A.A. el servicio siempre es gratuito. No operan como las distintas iglesias que dicen que trabajan por vocación, pero siempre terminan cobrando por izquierda o por derecha sus servicios. No. En A.A. está absolutamente prohibido el manejo de dinero en cualquier forma. El intercambio financiero entre sus miembros se considera tráfico. Sepan que si piden ayuda a un centro de A.A. y les hablan de tarifas, los están estafando.
A. A. asiste a la población carcelaria sin presionar. No se puede enviar a alguien contra su voluntad a reunirse con otros enfermos de la adicción alcohólica. Debe ser la propia y firme voluntad del enfermo o la enferma quien determine la decisión de integrarse a un grupo. En las reuniones, no se habla sino de los problemas de la embriaguez: cómo fue afectando los vínculos familiares, el desempeño laboral, la vida social. El alcohol tan rápido como se incendia, se expande en la vida de las víctimas, afectando cada vez más y más la forma de ser de aquella persona que ya no puede controlar su modo de beber.
Después de asistir a un grupo de voluntarios (así se llaman todos los que colaboran con A.A.) que necesitaban el enfoque médico psiquiátrico para uno de sus programas, yo mismo implementé en la admisión de nuevos pacientes en el centro de salud mental donde trabajo las tres preguntas que muchas veces se pasan por alto: si fuma, qué cantidad y desde cuándo; si bebe, qué cantidad y desde cuándo; si usa drogas, qué cantidad y desde cuándo.
La sorpresa que me llevé después de tres meses de indagar estas cosas, fue tremenda. Hay muchos más alcohólicos que pasan por “bebedores sociales” de lo que esperaba encontrar. Alcohólico no es el que abusa de alcohol diariamente. Hay gente que durante 2 o 3 meses lleva una vida aparentemente normal pero un buen día comienzan a tomar y ya no se detienen hasta quedar dormidos o tirados en el piso.
Alcoholismo es no poder controlar la medida de bebidas una vez que empezamos la ronda.
Nuestro primer instinto es asistir a ese familiar, pero no es lo correcto. Existe una dependencia de A. A. que se llama ALANON y asiste a familiares del alcohólico. Porque una de las miserias más grandes que tiene esta enfermedad es que afecta a quienes más queremos: esposa, hijos, hermanos, padres. El alcoholismo jamás queda encerrado en una persona, las conductas de la gente que está borracha afecta a todo el ámbito familiar. Ocasiona vergüenza en los allegados quienes se convierten inconscientemente en cómplices tratando de ocultar a los demás, de la casa para afuera, esta anomalía en la conducta de un ser querido. Pero con esto, en lugar de ayudar al alcohólico, lo refuerza ya que se siente protegido y así continúa aliado a la botella.
La ayuda psicológica y psiquiátrica es necesaria pero no suficiente. El grupo de A. A. es la contención constante que puede ayudar a la víctima a dar los primeros pasos para librarse de esa plaga que es la adicción. Probablemente el enfermo tenga problemas para hallar a su psicólogo o psiquiatra un domingo por la tarde, pero ahí estará alguien del grupo para darle la mano y evitar una recaída. El grupo funciona como una cadena humana en la que todos son eslabones que refuerzan la solidaridad, que es la base de su acción. Siempre me resultaron sospechosas todas las iniciativas que nacen en EEUU, tierra de utilitaristas liberales que solamente ven la ventaja donde hay dinero. Cuando conocí la difusión que le dieron en EEUU a esta formidable fortaleza de ayuda que es A.A. (y Narcóticos Anónimos, para las drogas y ALANON y muchas otras entidades creadas para ayudar a víctimas de adicciones) reconocí que, en este punto, hasta en EEUU existe la solidaridad humana que es lo único que nos salvará del destierro de nosotros mismos como sociedades.
Si usted, afable lectora, atento lector está empezando a tener problemas para controlar la bebida, o tiene algún familiar o conocido a quien vea en este horrible tormento que es el alcoholismo, no dude. Busque la seccional de A. A. más cercana y únase a algún grupo. La gente que concurre tiene el mismo problema y están buscando desesperadamente salir de esa enfermedad de la adicción, que les resta libertad y está convirtiendo la vida familiar en una cárcel de encausados. No cuesta nada quererse un poco. Y A.A. no cuesta nada monetariamente.
*Alejandro Bovino Maciel, Buenos Aires, abril 2022. talomac@gmail.com