( Por Jose Miguel Bonet *). Puede que Hollywood intente alimentarnos con películas románticas dominadas por constantes tonos color pastel, pero la realidad es mucho más fea y amarga que la mayoría de los idílicos finales que nos proporciona: la muerte ya no es lo que separa a la mayoría de las parejas.
En la actualidad, una parte considerable de las relaciones –incluso aquellas aparentemente consolidadas por el matrimonio– terminan siendo simples víctimas del consumismo propio del siglo XXI. El amor, hoy, se concibe en parte como un nuevo producto d«Pero el amor, esa palabra…» escribía Julio Cortázar en el comienzo del capítulo 93 de la eterna Rayuela. En él, como en el resto de la novela, un atropellado Horacio aborda uno de los temas que más han preocupado al ser humano desde el principio de los tiempos: el amor. Aunque se ha usado como excusa para cometer barbaridades injustificadas, atroces y que poco tienen que ver con él, es quizá el sentimiento humano por naturaleza. Al igual que la muerte, el amor nos iguala a todos, a los ricos y a los pobres, parafraseando al Dalái Lama. En tiempos de cuestionamiento del llamado amor romántico, bajo cuyo paraguas se han cobijado actitudes, cuando menos, peligrosas –recordemos, antes de usarlos como ejemplo amoroso, que la historia de Romeo y Julieta duró tres días y causó el doble de muertos–, nuestro comportamiento a la hora de enamorarnos y desenamorarnos también ha cambiado.
Si consiguiéramos una máquina del tiempo que trajese a nuestros días a una pareja de tortolitos de la Edad Media o, sin irnos tan lejos, de los años cincuenta del pasado siglo, probablemente no sabrían qué hacer para mostrar su interés sentimental por el otro. Ahora no hay cartas manuscritas y fogosas, ni trovas de amor bajo la ventana (salvo que seas aficionado a la tuna), peticiones de mano rimbombantes al padre de la novia ni demás tradiciones amorosas que pervivieron durante siglos. Sin embargo, la tecnología nos ha dado una poderosa herramienta para el cortejo moderno: las redes sociales.de usar y tirar.
Esta visión acerca de las pobres conexiones interpersonales la recogió con especial precisión el filósofo polaco Zygmunt Bauman bajo el concepto de «modernidad líquida», una perspectiva sociológica que señala la volatilidad de prácticamente todos los aspectos sociales, lo que incluye la cultura, pero también el trabajo o el amor. Algunos datos parecen avalar su teoría: según Eurostat, la tasa de matrimonios en la Unión Europea ha disminuido en cuatro puntos entre 1964 y 2019; la tasa de divorcio, mientras tanto, ha doblado su cifra original en el mismo periodo de tiempo.
Las tesis de Bauman sugerían que vivimos en un mundo líquido y volátil. En este, la falta de arraigo y personalidad habría creado una sociedad superficial preocupada exclusivamente por las apariencias y la búsqueda del placer inmediato.
El amor, hoy, se concibe en parte como un nuevo producto de usar y tirar
No son pocas las personas que hoy creen que la perfección existe –y que es alcanzable– gracias a las redes sociales: viajes perfectos, casas perfectas, familias perfectas, parejas perfectas y cuerpos y caras perfectas desfilan ante nosotros día tras día.
Estos factores, combinados con la íntima vulnerabilidad que a veces ocultamos, la necesidad de validación, el natural deseo de pertenencia y la comparación con los individuos más jóvenes provoca, en palabras de la psicóloga Donna Wick, «una tormenta perfecta de baja autoestima»; lo que es lo mismo: uno de los defectos que más deteriora las relaciones interpersonales.
En estas condiciones, por tanto, el ser humano tiende a buscar relaciones amorosas o eróticas donde el compromiso sea lo más nulo posible. No obstante, más allá del enamoramiento freudiano –un estado psicológico temporal que nos lleva a la divinización del ser amado– y de la liquidez de nuestra realidad, que nos obliga a ofrecer un amor volátil, existe el amor sólido. Pero ¿tendremos entonces que deshacernos del consumismo más duro, ese que ha convertido el afecto en poco más que un producto? Puede que la llave para nuestra estabilidad la encontrarnos, en realidad, en nuestro yo más profundo, el mismo que nos hace entender qué deseamos, pero también qué necesitamos. Tal como defendía el poeta inglés Thomas Traherne, «si no nos amásemos a nosotros mismos en absoluto, nunca podríamos amar nada. El amor propio es la base de todo amor». Aunque, en los efímeros tiempos de la cólera digital,que hace que nada sea duradero, parezca que para reconstruir un corazón maltrecho sea suficiente con dar un par de toques en la pantalla, los sentimientos universales y eternos como el amor o el sufrimiento no cambian tan rápido como la sociedad líquida que habitamos. Y –quizá precisamente por eso– sabemos que la realidad está ahí fuera: si levantamos la vista del móvil, encontraremos mil razones para que el de verdad vuelva a latir.
* Desde Mburucuya