( Por Arturo Zamudio Barrios, para momarandu). Ya a fines del siglo en cuyo promediar nos conocimos con Marily, la muchacha delgada que escribía, pintaba y esculpía con singular estilo, como escribió acerca de ella David Martínez, estuvo programado mi viaje a España, pese a la ringlera de desconcertantes fracasos.
Y Marily misma me lo habría de decir después de uno de ellos: se había planteado el Congreso de la Diferencia Posible en su segunda versión, en Madrid, y como yo, mediante la revista Debate me había ocupado de hacerlo conocer en Buenos Aires, también tenía que ser de la partida. Sin contar, claro, con los sinsabores que la vida contemporánea interpone, y uno de éstos habría de aparecer, frustrando la segunda versión del Congreso. Veamos ahora el siguiente tropiezo: Ricardo Llopeza, Presidente del Instituto de Estudios Modernistas de Valencia, programa, con motivo de cumplirse cien años de publicarse Los Raros, estandarte literario del Modernismo, en la Capital argentina, un Congreso sobre aquella parte de la tradición latinoamericana que tanto impacto tuvo sobre múltiples aspectos de la vida en los países de habla española. Naturalmente, yo, que entonces vivía en Buenos Aires, tenía que hablar sobre “Los Raros”, y Marily, mediadora y partícipe de cuanto
emprendimiento cultural y literario hubiese, creo que es, entonces, cuando al fallar de nuevo la iniciativa, me escribe para asegurarme: “Vendrás a España, Arturo. Tenlo por cierto.”
Corren de nuevo años, y yo, otra vez en Corrientes, acabo de publicar “La Crisis de las Naciones”, con prólogo del querido Gregorio Morales Villena, quien me quería en Granada para hablar sobre “El Castellano en el Siglo XXI”. Y ¿a quién sino a Marily se le podía ocurrir hacer un encuentro en Valencia de escritores correntinos y valencianos, bajo la advocación de Blasco Ibáñez, cuyo nombre está tan ligado a nosotros en descendientes y anécdotas. Stella Maris Folguerá, por ejemplo, cuenta en Arroz Viudo y Papas Pobres” –Ed.Laxara, Valencia, 1997- que un día, andando por la capital valenciana, alguien pregunta a Blasco: “Dime… ¿Qué es esa Corrientes de la que hablas tanto...?
“Pues…-contesta Blasco, haciendo un gesto con la mano- es una albufera (es decir, paisaje de huerta, AZB) pero del tamaño de toda España”. Así que el Encuentro iba a unirnos y lograr que el vaticinio de Marily a su viejo amigo se cumpliera. Estoy, por ende, bajando de un avión en la explanada del Aeropuerto, y al primer taxi que se acerca, pregunto por el sitio en la ciudad a donde voy. El hombre, no muy convencido, inquiere: “Hay una Avenida Russafa, ¿será allí?”. Supongo, contesto, tampoco yo muy seguro del lugar al que iba por primera vez. Y he ahí el
dislate que el siguiente taxista que tome, habrá de considerar ofensivo para quien reciba a un visitante en esa acogedora ciudad. Por desconcierto del taxista tengo que bajarme con un portafolios y buscar al tanteo la dirección, pregunta va, pregunta viene, hasta dar con el pequeño Teatro emplazado por Marily Morales Segovia, junto a su casa en Vivons 12, en cuya puerta, mi sonriente amiga de tantos años aguardaba, contenta de saber que había llegado a esa quijotesca reunión de escritores correntinos y valencianos que sólo ella pudo haber tramado, y además, volverlo asequible. Pues la Generalitat valenciana respaldaba nuestra presencia allí.
Pedro José Moreno Rubio, días más tarde, escribiría en una solapa: “Al fin habéis llegado…Os esperábamos y aquí estáis… Y para ese entonces, ya ocupábamos el interior del Teatrillo, el Dr. Grimberg, Luis Alarcón, Gustavo Ojeda, Marcelo Fernández, Gustavo S. Mariño, Enrique Gamarra, yo, mientras las mujeres, la esposa de Luis Alarcón y Toni Monzón, de “Ojedita”, ocupaban sitiales en los pisos altos del edificio donde vivía la familia de Morales Segovia, junto a Jesús Organista, cuya ropa me vendría bien en los primeros días al conducir Iberia mi valija con prendas de vestir hacia Praga. Por eso, la visita a la casa del Cid Campeador, ubicada no muy lejos, hube de hacerlo con ropa prestada.
Así dimos comienzo al Encuentro entre escritores de dos regiones cuya identidad –o parentesco- pasa por el doble
idioma que aqueja a cada una de ellas, o sea que la declaración posterior acerca del idioma alternativo en la correntina vino de la mano con los resultados de aquel Encuentro y del empeño de Marily, cuyo interés en la lengua vernácula estuvo siempre activo. Mayor vigencia tenía ya por cierto el valenciano, usado por los medios de comunicación, mientras el guaraní nuestro no pasaba de las escuelas rurales.
Pero no era la única preocupación que Marily dejó tras su larga carrera. A Corrientes se ligan su poesía, algunas piezas dramáticas y expresiones del folclore, como los temas dedicados a su Concepción amada, cuya música y ejecución pertenecen a Aldy Balestra. Verdaderas joyitas.
Pero los cambios no suelen importar abandono sino la añadidura de nuevas definiciones. Lo que ocurre con Marily cuando se instala en Valencia, y no mucho después me escribe contándome la alegría que le produce ponerse frente al Ordenador -la Computadora, para nosotros- y dibujar figuras extraídas de un tiempo que volvía, de tal manera, a ser nuestro. Comenzaba su itinerario la narradora, actividad de Marily tan valenciana como la mitad de su existencia pasada en Europa. Y sé que hay cuentos –premiados muchos de ellos- cuya recopilación es imprescindible para el arqueo de una tan vasta labor. Yo, su lector empedernido, he preferido siempre la novela “Mujer sin Pareja”, editada por Moglia Editores, no sólo intríngulis de una mujer sola –lo que ella tal vez haya sido- sino homenaje de quien visita Grecia para dialogar con las figuras míticas que allí rondan.
Por eso, pienso en aquel viaje y aquel regreso a América, pasando por el Barrio o Cuartel donde Marily vivió, y su denominación, La Russafa, que dejaron los árabes, convertido ya el antiguo Jardín -Russafa quiere decir eso- en Loja, o sea mercado de especies, carrieres que se combinan en perjuicio del caminante y una gran Avenida donde habré de tomar el taxi con destino al Aeropuerto. Pero antes la anécdota que muestra el orgullo y la generosidad del valenciano, al contar al taxista que me trae de regreso que quien me llevó, me había dejado con un Portafolios en la ciudad todavía extraña librado a mi habilidad de viajero. “Compañero… me dijo, parando el auto. Quién fue el chófer capaz de semejante cosa… y tuve que convencerlo que dos meses y medio más tarde era ya inútil intentar encontrarlo entre los choferes de la ciudad.
Su enojo entonces fue la despedida, sin saber que algo más que la albufera de Blasco nos unía a correntinos y valencianos. Pues…con la escasa distancia de quince años, a principios del siglo XIX, ambas ciudades alzaron una bandera única cuyos colores: blanco, azul y rojo, todavía demandan libertad plena en España y América. En aquella época ellos la llamaron bandera de la Libertad; hoy, nosotros, mediante el artiguismo de la tradición cor rentina, habremos de llamarla del Hermanamiento