(Por José Miguel Bonet) Los problemas que Ortega y Gasset denunciaba en 1922,en uno de sus libros más célebres siguen presentes en el momento actual y en Argentina.
Se cumple por estas fechas el centenario de una de las obras más famosas de José Ortega y Gasset, España invertebrada, que apareció como libro en mayo de 1922, pero que antes había sido publicada en El Sol como dos series de artículos. La primera titulada Particularismo y acción directa empezó a publicarse el 16 de diciembre de 1920 y concluyó el 9 de febrero de 1921. La segunda, con el título Patología nacional, se publicó entre el 4 de febrero y el 5 de abril de 1922. Un siglo después podemos preguntarnos nuevamente si España está vertebrada.
En su libro, Ortega señalaba tres problemas principales de la sociedad española que impedían la vertebración de la nación. Estos problemas eran el “particularismo”, la “acción directa” y la “selección inversa” o “aristofobia”. Según el filósofo, en España se había preferido históricamente para cargos de responsabilidad a personas de peor condición que a gentes de mayor valía, porque había fobia a la virtud, al mérito, y los poderosos no querían que sus subordinados les hiciesen sombra en el poder político o social. Además, los distintos grupos (monarquía, aristocracia, iglesia, universidad, empresarios, partidos, sindicatos, etc.) y territorios vivían encerrados en sí mismos, en “compartimentos estancos” sin querer escuchar a los otros, pendientes sólo de sus preocupaciones y ajenos a las de los demás. A esto se había sumado “el imperio de las masas”, que querían imponer sus ideas mediante la “presión social” que ejerce la mayoría del número sobre las minorías, saltándose los derechos de éstas y de cada persona concreta para conseguir sus objetivos. No les importaba, llegado el caso, recurrir, frente a los modos usuales del parlamentarismo y de la democracia, frente a las garantías jurídicas de los derechos y libertades fundamentales, a la “acción directa” y, en último término, a la violencia como un arma más del argumentario político. En conclusión, España estaba invertebrada porque faltaba un “proyecto sugestivo de Hemos vuelto a los “compartimentos estancos”, al particularismo, y no sólo en el ámbito territorial. Cada vez es más difícil que la discusión política entre los que piensan de forma distinta transcurra por cauces, ya no racionales, sino simplemente educados dentro de las instituciones democráticas que nos hemos dado para resolver los problemas e idear proyectos.
A la violencia verbal de los discursos políticos va sumándose de manera preocupante la violencia física en las calles, como hemos visto en algunas manifestaciones que supuestamente defendían la libertad de expresión con métodos fascistas mientras acusaban de fascistas a los poderes públicos. La acción directa va volviendo a tener una presencia notable en la vida política. Es un riesgo. No olvidemos el carácter performativo del lenguaje: su capacidad de transformación de la realidad. Se empiezan a emplear las palabras como puños y, al final, éstos se convierten en un arma más de la vida política. Ya lo hemos vivido muchas veces como tragedia en nuestra historia como para no haber aprendido nada de los traumas que provocan las ideologías que pretenden alzarse como única voz del pueblo y ahogan la diversidad de éste.
La mediocridad de nuestra vida política es alarmante. Hay excepciones. Vemos cabezas brillantes que de vez en cuando muestran su desazón ante lo que viven en el día a día de la política, pero el panorama es cada vez más bochornoso. La simpleza de los argumentos contrasta con la complejidad de los problemas. Se ha renunciado a razonar y sólo se lanzan eslóganes a los que los fieles deben adherirse. Se ha renunciado a proponer. La mayor parte del discurso político en las instituciones y en los medios se dedica a zaherir al contrario. Se hace política anti, contra. No hay apenas propuestas, más allá de unos cuantos fogonazos en periodo electoral. Faltan proyectos y sobran soberbia, engreimiento, suficiencia. Detrás de esta fachada teatral cada vez más esperpéntica, hay gentes que trabajan y sacan adelante la administración, parlamentarios que impulsan propuestas legislativas, aunque el recurso al decreto es preocupante y un síntoma de la ausencia no sólo de diálogo entre las fuerzas políticas sino de debate dentro de los propios partidos.
Argentina hoy, Nuestro país está en crisis. El clima se enrarece. Los comentarios y análisis periodísticos están teñidos de escepticismo.
En la segunda mitad del siglo XIX hubo conducción eficaz en nuestro país: Alberdi redactó la Constitución; Vélez Sarsfield, el Código Civil; Joaquín V. González, un Código de Trabajo; Sarmiento enseñó y estimuló la cultura; Mitre, Avellaneda, Pellegrini, Estrada y muchos más hicieron lo suyo, diseñaron un país, organizaron la sociedad argentina, pusieron en marcha una nación. Se podrá coincidir o no con su estilo o sus ideas, pero el resultado fue óptimo. Hoy buscamos algunos así o parecidos. La dirigencia brilla por su vacilante conducción política y no atina a poner de pie a un pueblo descreído que es más lo que rechaza que lo que apoya.
Las causas vienen de lejos; nuestra adolescente sociedad tiene cada día menos anticuerpos y su debilidad se acentúa. Están manifestándose los efectos de un conjunto de antecedentes más o menos lejanos: el fraude electoral reemplazó antaño la incapacidad administrativa; la dictadura personal, el desdén por la libertad y el resentimiento clasista desdibujaron la justicia social; el prejuicio ideológico abatió los intentos de desarrollar al país; el militarismo politizado desvirtuó el honor militar; el nacionalismo, atraído por los regímenes europeos del "nuevo orden", crítico de la democracia, fue más propenso a promover una gran nación que un gran pueblo; la legítima aspiración de poder político cayó en el deseo inmoderado de perpetuarse en él a cualquier costo; la crisis contagió a la Justicia; los altos estudios registran el 40 por ciento de frustración; la investigación básica está casi abandonada para ser reemplazada por el interés predominante en la ciencia aplicada; la turbulencia ideológica desató la violencia y el terrorismo; los medios anteponen el rating a la información objetiva y a la orientación responsable.
El panorama de nuestra sociedad es de una oprobiosa mediocridad. La prudencia política es la gran ausente. "La prudencia es la facultad de orientarse en la historia", dice Cornelius Castoriadis, citado por Octavio Paz. Esa prudencia de "los que mandan" es, desde hace tiempo, imprudencia. La soberbia argentina está arraigada y lleva a creer que siempre la culpa de lo que nos pasa es ajena, y esta nota de nuestro carácter anula el juicio autocrítico, ya que estamos convencidos de que nada tenemos que corregir.
La civilización ha producido un "lleno económico y político y, a la par, un vacío social y espiritual". La frase es de Arnold Toynbee, y la Argentina es una muestra de esta afirmación. En esta misma dirección se dice que la democracia persigue un objetivo que no es social, sino moral. Este retorno a la moral y a la conducta ética de los que mandan tiene extensión universal; nosotros, como suele ocurrir, llegamos con atraso e indecisos.
No podemos, pues, estar sorprendidos si la gravitación dominante de lo económico ha desplazado los valores que en definitiva son la base de la paz social y de la justicia y, además, de un genuino desarrollo. En pocos años, la correntada ética arrastró a varios líderes de esta región americana que se creían invulnerables en su autocrática conducta y en sus "sólidos" éxitos económicos
El reto de hoy, Frecuentemente hemos sido seducidos por mitos de corto alcance. Proclamas militares, programas claramente demagógicos, irracionales aventuras de evidente fracaso, expectativas de crecimiento sin esfuerzo. Todos estos hechos que semejan sueños ilusorios más que empresas realistas ya es hora de que terminen frente al ostensible retroceso de esta ilusa y soberbia Argentina, En este panorama inquietante, es impostergable asumir la apasionante tarea de buscar esa Argentina invisible que presentía Eduardo Mallea y que hoy asoma en numerosas conductas de solidaridad silenciosa, en grupos independientes convocados a salir de sus enclaustrados intereses para incorporarse en la reconstrucción ética y cultural,lo mas efectivo sigue siendo lo afectivo. Por este camino se debe promover el diálogo no sólo con los afines, sino también con los que buscan por otras vías respuesta a similares interrogantes.