Corrientes, domingo 09 de mayo de 2021

Opinión Corrientes

¿Es legítimo el nuevo encierro?, por Francisco Tomás González Cabañas

17-04-2021
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Lo que verdaderamente se trata de comprender, es el hecho de que las buenas leyes de por sí no son capaces de hacer mejores al estado ni a los ciudadanos. De otro modo sería muy fácil infundir con la letra de la ley el espíritu de un estado a todos los demás. Sin embargo, ya en Platón veíamos que se había abierto paso la conciencia de que las leyes como tales no sirven de nada si el espíritu, el ethos del estado no es bueno de por sí, pues el ethos individual de una sociedad es el que determina la educación de los ciudadanos, el que forma el carácter de cada uno a su imagen y semejanza” (de Werner Jaeger, Paideia).


Por tanto lo que observamos en este brillante pasaje es básicamente de infundir a la ciudad, o polis para los griegos, de un buen ethos o espíritu y no de dotarla de un mayor número de leyes especiales para cada campo de la vida. Son incluso más explícitos y sorprendentes los testimonios de los grandes hombres griegos cuando se refieren a la falta de justicia y lo que ello provoca. “ Movidos por la avaricia, los caudillos del pueblo se enriquecen injustamente; no ahorran los bienes del estado ni los del templo ni guardan los venerables fundamentos de la justicia, que contempla silenciosa el pasado y el presente todo y acaba infaliblemente por castigar. El castigo divino no consiste ya, en las malas cosechas o la peste, sino que se realiza de un modo inmanente por el desorden en el organismo social que origina toda violación de la justicia. En semejante estado, surgen disensiones de partido y guerras civiles, los hombres se reúnen en pandillas que sólo conocen la violencia y la injusticia, grandes bandadas de indigentes se ven obligados a abandonar su patria y a peregrinar servidumbre”. Asombrosamente actual es la descripción de esta Grecia del Siglo VI a.c, que ha perdido la justicia social y padece los señalados sufrimientos. Claro que los Griegos entendían esta problemática como de índole política, pero inserta en la faz del comportamiento espiritual del pueblo, por tanto encontraban las soluciones dentro de la educación moral, dentro de los ideales y de los valores de la sociedad. Como anteriormente se hizo referencia no generaban una burda e ineficaz acumulación de leyes, simplemente buscaban el punto neurálgico dentro del comportamiento humano del pueblo. No es casualidad que las palabras transcriptas de los pensadores griegos, resuenen hoy como muy cercanas, hasta casi proféticas, pese al paso de más de 2.500 años, las situaciones gráficas son casi similares de lo que padecía aquel lejano pueblo, pero a la vez cercano, con el nuestro hoy en día.
La legitimidad, surge como producto, como resultante, entre el juego, perversamente natural del encantamiento (concepto tomado de la catedrática de la Sorbona Florencia Di Rocco en su texto académico "Las manzanas doradas del jardín de las Hespérides", en donde se deduce esta necesidad consustancial de encantar, seducir, convencer, de la que necesariamente parten algunos políticos o la política, independientemente que luego esto se reconvierta o se transforme en otra cosa) con la incertidumbre (la razón o principio del mal, como revisión significativa de la ausencia del bien o lo contrario de lo bueno) de tal coerción, la legitimidad se nutre, es hija de la necesidad de que todo un pueblo crea lo imposible de que un gobernante le pueda dar la tranquilidad de que habite una comunidad en donde todos los problemas estén resueltos o ni siquiera se presenten.
Tampoco es casualidad que casi nadie, en nuestra actualidad, se dedique a bucear seriamente en la historia de las grandes culturas como para encontrar similitudes que puedan darnos idea de alguna solución social de fondo. Por tanto es de suma necesidad, seguir hablando y tratar de reconocer la esencia espiritual de nuestro pueblo.
Ninguna cuestión coyuntural por más contagiosa y dramática que fuese, puede torcer los pilares básicos de una comunidad que se asienta en su institucionalidad democrática que es la salud pública, la educación esencial y la vacuna más eficaz contra los autoritarismos o los gobiernos que pierden su legitimidad que siempre es circunstancial y a expensas de garantizar los derechos básicos e indispensables a los ciudadanos de libertad y formación.