(Por Arturo Zamudio Barriospara momarandu.com). Un núcleo de los que Víctor Hugo llamaba indignado “miserables”, con un pan y una lata de fríjoles donados por entidades solidarias, en la mano, enfrentaba en las calles neoyorkinas a los “irregulares de Trump” (traficantes, supremacistas, matones, sionistas y otras lindezas), mientras les gritaban: “luchando, creando Poder Popular”.
Mientras tanto la Corte, resignada, dejaba sin efecto el reclamo del Ex Presidente y ponía en su lugar a Joe Widen. Sin embargo el aspecto honorable en la cima del Capitalismo comenzaba a desteñirse, mientras crecía la idea entre obreros y trabajadores de que la solución no pasa por la colaboración de los magnates de Wall Street, cuyo lugar suele estar a la diestra del mandatario, sino por el relevo de clase dominante que ha ostentado desde la fundación del País del Norte.
Entretanto –prosigue en su análisis, Jacobin- el sistema social y de salud inglés, se apresta a dejar en la calle a otros dos millones de indigentes -en Estados Unidos el desalojo y la pobreza caracterizan el Sur como en sus mejores tiempos y la gente que puede vive en sus autos, tras haber perdido el domicilio-, cuando, al mismo tiempo, las empresas han conseguido vender a los Estados cantidades exiguas de vacuna: un 30 por ciento en Estados Unidos, un 40 en Gran Bretaña, bastante lejos de lo que supone una vacunación universal. Así, por supuesto, la OMS recrudece en sus dudas sobre un fin a corto plazo de la Pandemia, si China y Rusia no reúnen condiciones materiales para cubrir los claros. Venga pues a bien tanto la decisión argentina de impulsar la circulación y fabricación del Sputnik y la acción conjunta de las naciones del Alba, encabezadas hoy por un diplomático boliviano, derrotado que fue, sin ambages, el Golpe de Estado que propiciara Estados Unidos.
Por otra parte, como escribe Marc Vanderpitte, en “La Haine”, la incertidumbre, salvo en China o Vietnam, respecto del futuro a sobrevenir tras la Pandemia abruma a un buen puñado de Estados (los de Europa Occidental) con retracción en salarios y un visible retraso de las mujeres en el mercado de trabajo. Pues, como se sabe, salvo China, sin cifras de pobreza extrema, las condiciones de vida reinantes son extremadamente sensibles a la caída permanente del consumo –remata Vanderpitte – ante la presión sobre él de los salarios en baja. En Estados Unidos, “el Estado de Bienestar más generoso de una poco generosa historia”, según los Congresistas, gracias a dineros otorgados contra la Pandemia, se dispone a dejar sin fondos a unos 16 millones de desempleados más, en ese fin de año, sin contar los que ya no lo recibían.
Pero el humano no puede ser expulsado de la naturaleza, aunque se lo llame hoy “migrante”, a menos que medie el capitalismo y por eso, como consecuencia proliferan visitantes (bacilos, virus y pestes) cuyo impacto no anda lejos de conducir a la desaparición misma de la especie. Ya lo advirtió Fidel en la cumbre de la Tierra: el hombre mismo está en peligro si no logramos una solución valedera a una crisis que no es sólo la Pandemia, sino la del factor -el orden social y político- que la ha creado.
Porque el capitalismo dista mucho del delirio aquél entronizado por los monopolios – y su sociología y sus “ciencias” económicas- cuando, al vencer el ciclo soviético, desgastado por el sectarismo, la burocracia y la guerra, inventó el cántico del “Fin de la Historia” y la perpetuidad de “la economía de Mercado”. Y con ello no solamente eternizaba un modo de
producción y cambio sino que alteraba sus fundamentos de “relación social”, para convertirlo en cuaderno contable. Mientras tanto, la transformación de medio de producción de bienes a otro de simple enriquecimiento, crecía en perjuicio de las “ciudades rurales” (“Jacobin”), los emporios industriales (Detroit, Flint) y la ocupación, casi plena en el pasado (cerca de la mitad de trabajadores de cada diez –decía Bernie Sanders- se encuentra desocupada), haciendo estragos en la mayor concentración obrera del llamado Occidente.
Pues el capitalismo es una relación social fundada en la expropiación del trabajo de los más por un núcleo cada vez más restringido de personas. Y esa labor de expropiación del historial capitalista –unos tres siglos aproximadamente-, debido a sus propias características, no sólo fue un baño de sangre, sino que agigantó día tras día las formas de ejecución (las guerras se convirtieron en millonarias, la rapiña de países y pueblos enteros abarcó la extensión total del planeta, forjando, al pasar, lo que llamamos “mundo moderno”, en tanto el trabajo individual se desplegaba ya no en espacios semivacíos o pequeñas aldeas, sino en grandes talleres capaces de producir tanto que el vínculo entre países crepitaba de motivos bélicos).
Por eso, la tentativa inspirada por algunos Nóbeles como Stiglitz –resonante en el Keysenismo de nuestras playas- puede resumirse en mero anacronismo si no se tienen presente otros factores. Por ejemplo, caer en “el cántico de los Monopolios que nos espían”, como escribe Jacobin, y que trata de ver el capitalismo en todo: las inversiones son siempre movimientos de capital dinero venido de fuera, como lo pinta el neoliberalismo, y el conflicto de hoy se reduce a la disputa de China y Estados Unidos en el mercado mundial. Por supuesto que en China hay inversiones, pero no ha salido siempre triunfante el capitalismo del llamado por el gigante asiático: un desarrollo y dos sistemas. Cruzando una bahía a poco de dejar Hong Kong, una pedanía hace medio siglo, de apenas 40 mil habitantes, se ha convertido hoy en ciudad de 20 millones, cuyos carruajes ruedan, desde el automóvil al tren, eléctricamente, y predomina en todas partes la propiedad colectiva (obreros asociados, cooperativas) atenta al equilibrio entre el hombre en su labor y la naturaleza en su torno. La famosa Huavei, que ha sacudido las esferas informáticas de Europa y Estados Unidos, es una empresa –enorme, claro está- regenteada y administrada por los trabajadores.
¿Se puede, pues, livianamente creer que en la batalla de nuestros días el capitalismo se ha remozado para derrotar a sus enemigos? Por supuesto, como escribe David Sirota en la revista norteamericana tantas veces citada, a ratos parece tan difícil hallar una solución al tema de la remoción del capitalismo –pese a su concentración cada vez más inhumana- que no falta quien piense más vale en la destrucción del planeta y todo cuanto él contenga. Pero no siempre la solución resulta tan desesperante: Dinamarca acaba en poner en acción un método para devolver al productor lo que el capitalismo le conculcó: impulsa empresas de producción colectiva gracias a subsidios especiales del Estado, y con un llamado a combatir la guerra, y bregar por un modo de vida diferente, respondió mundialmente Jeremy Corbyn a la prédica sionista y a los éxitos que en su contra obtuvo aquélla mediante el giro a la Derecha del laborismo.
No está por ende todo perdido y es posibe tovaía salvar a los hombres acosados por la Pandemia y sus beneficiados