#QUEDATEENCASA: “La mulatita que trabajaba en el bar de Constantino”
18-09-2020
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Proponemos escuchar y leer el cuento del escritor César Rosental, un cuento inédito, que comparte con nosotros. Lo escucharemos narrado por el locutor Eduardo Ferrari
LA MULATITA QUE TRABAJABA EN EL BAR DE CONSTANTINO
Clotilda Sarney era una mulatita desgarbada que trabajaba de puta en “el bar de Constantino”. El dueño era un hombre inmenso, de rasgos aindiados y trato brutal. Traía a su bar “guainitas” del campo y las hacía prostituirse durante largas y agotadoras jornadas. Desde hacía un año solo la tenía a ella.
Cataldo pagaba regularmente los veinte pesos por hacerle el amor de forma clásica y ella solía seguir amándolo después que se le acabara la plata (mitad por aburrimiento) y hasta que apareciera otro cliente que pagara la tarifa de su oficio.
Cataldo trabajaba de peón. Ahorraba metódicamente hasta juntar los veinte pesos de su felicidad y entonces se iba prolijo y bastante perfumado al bar de Constantino a esperar su turno para la mulata.
Ella lo recibía con profesional cortesía. Si no tenía muchos clientes que la esperaran afuera, se tomaba un tiempo mayor con el joven Cataldo para acariciarlo y susurrarle cosas al oído. Nos iremos juntos algún día, le mentía sinceramente.
Otra vez le preguntó, mientras él desbarrancaba desde el ápice del goce si ¿vos me vas a rescatar de acá? Tzsiii, balbuceó por respuesta. Y agregó unos segundos después: Claro que si…
Pero, la pregunta hecha sin malicia y como parte del guión de su oficio, inoculó en el amante una idea que empezó a parasitar. Así fue que en las primeras fantasías, Cataldo se soñaba rescatando a la princesa de la esclavitud. Pero luego, ya desde las costas firmes de la vigilia, concibió un plan.
El valiente caballero empezó a trabajar más horas y en sus ratos libres hacía changas a destajo para ahorrar dinero y efectivizar el rescate.
Finalmente, en una visita de domingo le dijo a Clotilda que faltaba poco para que él venga por ella y se la lleve de ese lugar para siempre. Estás loco… No seas bruto y ni se te ocurra hacer una pavada semejante, le contestó secamente. Pero el enamorado, como todo enamorado, entendió la respuesta como un coqueteo y no en la forma literal en la que había sido expresada. Cataldo se fue muy rápidamente del lecho ese domingo, no por el rechazo de la Eurídice a su Orfeo y ni siquiera porque había otros clientes en espera. Lo apuró el entusiasmo por lo que él creía una habilitación en vez de una clausura lisa y llana.
Pasaron algunos meses y Cataldo, a fuerza de trabajo y mala alimentación, ya había ahorrado lo que consideraba suficiente para el rescate de la cautiva.
Ajustó el pequeño plan e hizo la elemental estrategia. Hasta se consiguió un revolver calibre treinta y dos largo para enfatizar su decisión.
El día veintitrés, después de cobrar fue a salvar a “la colombina” coraje en mano.
En lo de Constantino pagó la tarifa para no generar sospechas y esperó en el pasillo junto a otros clientes.
En un bolsillo llevaba toda su platita y en una bolsa de nylon un poco de ropa (toda su ropa en rigor). También dentro de la bolsa, envuelto en un papel de diarios estaba el revólver con solo cuatro balas de las seis que entraban en el tambor (no le había alcanzado para completar todas las balas).
La cosa venía demorada porque había muchos clientes y Clotilda se tardaba más de lo normal en despachar a cada uno. La paciencia de Cataldo llegaba a límites de rompimiento cuando vio aparecer a Constantino por el inicio del pasillo a grandes pasos en dirección a la precaria habitación donde atendía la morocha con la que tendría una vida dentro de pocas horas, luego de rescatarla a sangre y fuego si era necesario porque coraje no me falta y toda mi vida me estuve preparando para este momento porque yo la amo y ella a mí y me dijo que la rescatara y vamos a vivir como esposos y yo voy a trabajar de peón y ella va a estar en nuestra casa porque tendremos una casa que yo voy a construir con mis propias manos y va a cuidar de nuestros hijos porque tendremos hijos todos los hijos que ella quiera y mientras hago una nueva habitación porque va a venir otro hijo ella va a cebarme mates y vamos a tomar mates con torta frita que ella va a preparar en nuestra cocina porque vamos a tener una cocina a leña y la detonación de un disparo cortó el aire que se había tensado con la irrupción del inmenso Constantino, cuyo veloz paso hacia la habitación de la pupila generó una brisa en el hacinado y oscuro pasillo donde las sombras aguardaban su turno.
Un disparo congeló todo por unos instantes… Y el tiro venía de la pieza porque vi el fogonazo debajo de la puerta, dijo uno.
Lo mataron… susurraron varios.
La mató, pensó Cataldo bajo el galope de su corazón. Me la mataron, pensó exactamente. Justo ahora que nosotros…
Y la puerta se abrió y salió el Goliat de los Toba que regenteaba el lugar con un tipo horrorizado, agarrado por el cuello y por el fondillo de los pantalones; llevaba los pies colgados en el aire. Tenía puesto un solo zapato y una camisa rota. Constantino lo llevaba alzado como a una bolsa de consorcio, cuando se la saca llena de basura a la calle. Caminaba otra vez dando grandes zancadas, así que al pasar, ahora en sentido contrario, hizo de nuevo vientito en el pasillo, pero esta vez la brisa traía olor a pólvora.
Nadie más salió de la habitación.
Los clientes se miraron e iniciaron maniobras de retirada enfilando para la salida en el mismo sentido en el que pasó Constantino con el desdichado cliente.
Así, como al pasar, Cataldo pudo escuchar: otro que vino a rescatar a la mestiza. Y varios hicieron como que sí con la cabeza.
El pasillo quedó vacío. Solo Cataldo seguía sentado en el piso.
Transcurrido un tiempo infinito, se levantó apenas y se apoyó para no caerse. Una pesadez de otro lugar solo le permitía dar pasos pequeños, siempre que se afirmara contra la pared.
Nadie más salió de la habitación.
El pasillo, desolado, ahora estaba muy oscuro. Como si hubiera anochecido.
Caminó lento hacia la habitación, apoyado contra la pared y sin aquella alegría que lo motivara en las ocasiones anteriores, porque ahora sentía un pesar premonitorio.
Alcanzó a llegar a la puerta y desde ahí la vio tirada en el piso, bocarriba. Estaba con los ojos muy abiertos en medio del charco de sangre. La cara lívida contrastaba brutalmente con la roja sangre. Una de las piernas estaba girada hacia atrás como si le hubieran sacado una foto bailando Charleston. Desnuda, tenía entre el estómago y el pecho un gran agujero color gris del que ya no salía sangre.
Al ver la cruenta escena le sobrevino una incontenible nausea. Terminó vomitando sobre la pálida Clotilda y, en ese vómito, se le fue su futuro y su razón de ser. Se vació de porvenires. Porque hasta ese instante toda su vida tuvo sentido y dirección, pero ahora esa razón yacía en el mugriento piso de cemento alisado en un charco de sangre y cubierta por su vómito hecho de mate y torta fritas mal digeridas.
Así que Cataldo dio la vuelta y desandó como pudo el pasillo hacia la salida donde lo esperaba el aturdidor mundo vacío de sentido.
Cataldo Sosa, 26 años, quien hasta esa mañana lo tenía todo, ahora no tenía nada más que su revolver treinta y dos largo cargado con cuatro balas. Aunque solo precisaría una.