Corrientes, viernes 03 de abril de 2026

Cultura Corrientes
#LEAMOS A NUESTROS ESCRITORES

#QUEDATEENCASA: detengámonos unos pocos minutos: disfrutemos del cuento “Almacén de barrio”

03-09-2020
COMPARTIR     
Hoy acercamos, del escritor César Rosental, el cuento “Almacén de barrio” que pertenece a su libro “Árbol silbador”, y en esta oportunidad no sólo invitamos a leerlo sino a escuchar la lectura que realiza el acto Manuel Callau.



Les contamos que “Almacén de barrio” obtuvo una mención en la Categoría No Afiliados del Certamen Nacional de Literatura Osvaldo Bayer 2019, fue por resolución unánime del jurado, integrado por Gabriela Cabezón Cámara, Guillermo Saccomanno y Juan Form. Fue seleccionado entre más de 700 obras y se publicará un libro con los premiados.

César participó en la categoría No Afiliados bajo el seudónimo “Pepe Curdeles” (“abogado, jurisconsulto y manya papeles”…vamos a ver quién recuerda a Pepe Biondi…quienes no, búsquenlo en YouTube...vale la pena…)

LEAMOS “ALMACÉN DE BARRIO” DE CÉSAR ROSENTAL

En un almacén de barrio hay cuatro personas.

Están el almacenero detrás del mostrador y tres clientes. Echado en un rincón, sobre una caja llena de enlatados de puré de tomates Cica, hay un perro negro. El almacenero es un hombre de edad mediana, quizás de unos cincuenta años. Los clientes son más viejos. El perro, que ahora se rasca la oreja con la pata trasera, también es viejo. Se rasca y gime como si le doliera algo al rascarse. La pata o el oído. Tal vez le duele la cadera porque es un perro viejo.

-El fiambre es de la misma calidad de siempre, Don Hilario…- le dice el fiambrero a Don Hilario. Porque es de buen comerciante saberse el nombre de los clientes, piensa el hombre tras el mostrador y no puede evitar que se le hinche un poco el pecho, mitad por orgullo. Ya van cortados doscientos gramos de fiambre, jamón cocido de la misma calidad de la que siempre se vende en la despensa, cuando alguno de los clientes, no Don Hilario, sino alguno de los otros dos dice: Murió Julián. ¿Sabían? Recién se había jubilado, después de trabajar toda su vida... Y agrega: en el barrio ya casi no quedan hombres, solo viudas. Y ante este comentario hilarante, los cuatro hombres ríen mientras el perro acompaña la ocurrencia con otro gemido. –Y medio de pan- agrega Hilario en tono de despedida. Agarra su bolsita con doscientos cincuenta gramos de jamón cocido, calidad habitual y medio de pan, paga pero no se va. Queda Don Hilario, bolsita en mano, en un rincón del tablero cuyo enroque permitió a Don Gómez ganar estratégicamente la proximidad del mostrador. –¿Y usté Don Gómez?- pregunta el almacenero y no puede evitar que se le hinche un poco el pecho. -¿Qué va a llevar? Usté si que tiene para rato… no como el Julián…- “Ehhhhsi” contesta Gómez. Y sin pronunciar más palabra, señala con el índice algo del estante. El almacenero se lo alcanza. -¿Algo más Don Gómez?- Y Gómez, con el mismo dedo índice que ha tenido la precaución de no bajar, lo mueve ahora como diciendo “no”. Gómez paga pero se va efectivamente. Y se va sin saludar. Los tres hombres se miran y sin pronunciar palabra coinciden en que el viejo Gómez es un viudo osco y maleducado.

El último cliente, que además es el más viejo o al menos eso aparenta, se acerca y pide queso, harina y había algo más que no se acuerda… –Ah sí, salsa de tomates- dice y respira un poco agitado y un poco aliviado porque eran tres cosas y viejo pelotudo te pido tres cosas y no te acordás… Y es ahí cuando entra al local un chico joven. “Buenas noches” dice el muchacho y los tres hombres se miran entre sí y coinciden sin expresarlo en que: este chico es muy educado y que se nota cuando hay valores en una casa. No obstante, solo el almacenero lo saluda con un lacónico “mmhhhhachee” o tal vez ese sonido lo hizo el perro que se queja porque le duele la pata, el oído o la cadera. Pero el perro duerme así que el gemido provino del almacenero quien se habrá visto en la obligación protocolar de saludar y que en la inercia agrega: qué queré pibe. A cuya pregunta el pibe contesta: dame toda la guita hijoeputa o te quemo, acompañando la afirmación con el acto de sacar una pistola calibre nueve milímetros con numeración limada. El pibe insiste en estos términos: ¡la guita o te quemo, gil! Como el almacenero se demora para recoger el dinero de la registradora el muchacho se impacienta y dispara un tiro hacia el piso. El estruendo hace que el almacenero y los dos clientes agachen la cabeza. El pibe agarra el dinero y dice: andá a laconcha´etumadre almacenero hijodeputa. Sale y se sube a la moto del que lo esperaba en la vereda. Se van haciendo Willi, de contramano y gritando.

Mientras el viejo olvidadizo sale a la puerta a verificar la huída y el almacenero y Don Hilario se miran en silencio como diciendo “Qué barbaridad” ó “¿a vos te parece?”, dos latas de tomate Cica se desangran junto al perro negro que ya no emite quejidos.