Corrientes, sábado 04 de abril de 2026

Cultura Corrientes
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#QUEDATE EN CASA: aquellos días de calor…

30-07-2020
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Desde La Cruz, Corrientes, Claudio Alejandro Álvarez nos comparte uno de sus cuentos, aún inédito: La Cambireca. Para contactar al autor: alevidela179@gmail.com


LA CAMBIRECA

Hacía calor, es que el verano en Corrientes no da tregua. Luego de escuchar las amenazas de encierro perpetuo de mi madre si nos volvíamos a escapar al arroyo, terminamos todos debajo del paraíso.
Valentín agitaba entre sus manos las semillas del durazno que con mucho cuidado había elegido luego de comer el postre ese día. César y yo simplemente dibujábamos en el suelo.

Nos acostamos en el suelo como lo hacíamos siempre, cabeza con cabeza, para poder hablar en voz baja y no interrumpir la siesta de mis padres.

Era inevitable una que otra risa estridente, recordando la semana en la escuela o las travesuras que hacíamos en el piquete cada vez que nos mandaban a soltar el petiso del abuelo.

En el corredor, el loro se deslizaba lentamente en el aro hacia la esquina del alero buscando la brisa proveniente del río.

Así estuvimos no sé cuánto tiempo, hablando y poniéndonos sobrenombres para burlarnos por turnos; buscamos figuras en las nubes, fantaseamos con tener una escopeta y derribar las garzas que pasaban en bandadas hacia la costa hasta que, aunque ninguno quería decirlo, en la mente solo estaba la idea fija de sofocar el calor en el arroyo.

De tanto en tanto la frase “¡che, que calor!” surgía como una mecha encendida en la conversación, pero nadie se atrevía a tener la iniciativa de correr entre la picada, saltar algunos vados, sortear las matas con espinas y llegar a lo que nosotros llamábamos “los tubos”.

Era un pequeño espejo de agua de no más de cuatro metros de largo, en cuya orilla yacían abandonados unos tubos de cemento que tal vez en algún tiempo habrían servido para encauzar el arroyo, con una profundidad suficiente como para poder nadar de lado a lado, zambullirnos y volver a la superficie con algún camalote sobre la cabeza.
Valentín arrojó los carozos hacia arriba soltando una carcajada y levantándose como si tuviera un resorte, y César, de inmediato y con una mirada cómplice, me invitó a iniciar la persecución del bromista. Corrimos sin parar, incluso olvidando los toritos y rosetas que solían tapizar el suelo de la calle. Aquel pillo, con mucha destreza, esquivó el alambrado y con la habilidad de siempre se deshizo de toda la ropa para llegar al primer tubo, dar un salto, sujetar sus piernas entre sus brazos y hundirse en el arroyo como una piedra lanzada con fuerza. Inmediatamente detrás caímos nosotros y luego de arrastrarlo un par de veces hacia el fondo, lo dejamos respirar para reírnos de su cara de susto.

Normalmente eso duraba unos segundos, pero esta vez además de su cara percibimos como intentaba alejarse hacia la otra orilla con el rostro desencajado, casi blanco, con la palidez que anuncia un suceso inverosímil.

Continuamos riendo hasta que percibimos un bramido y con cuánta sorpresa sobre la piedra semihundida un extraño ser con pelo ceniciento hundía sus patas como de perro en el agua; no dejaba ver su rostro, pero el cuerpo, a veces lo pienso por las noches, era sin duda el de una perra que estaba amantando. Gemía como adolorida y aunque no se movía, parecía dispuesta a atacar.

Nunca volví a sentir aquello, ese instante en que el cuerpo experimenta contracciones y el frío hiela todo. César atinó a gritar, pero la voz se negaba a salir. Por momentos concebía la idea de que el animal se había lanzado en el arroyo y nos perseguía para llevarnos a quién sabe qué inframundo. Todo habrá durado unos minutos, una eternidad para nosotros. Corrimos hasta sentir los talones golpear nuestros cuerpos, incluso ignoramos a los hombres del silo a los que cuando volvíamos del arroyo azotábamos con limones de la chacra de doña Nena.

Franqueamos volando el portón del costado y luego de pasar la traba, con la manguera de la huerta, nos enjuagamos el barro mutuamente: aún llorábamos.

Escuchamos a mamá en la cocina y sentimos ese alivio que apacigua todo, un olor dulzón salía por la ventana, acordamos mantener el secreto al menos hasta que alguien más fuese sorprendido por el animal; algo que nunca sucedió. A veces me pregunto si nuestra imaginación decidió divertirse ese día o si tantas amenazas de mi madre diciendo “la palabra tiene poder”, al final de cada frase, habían surtido efecto.

Nunca revelamos la historia a nuestros padres, pero ahora cada verano que el sol calcina las calles de La Cruz, me gusta ver el rostro entretenido de mis nietos escuchando los pormenores de aquel suceso.