Corrientes, sábado 04 de abril de 2026

Cultura Corrientes
DÍA DEL VETERANO Y DE LOS CAÍDOS EN LA GUERRA DE LAS MALVINAS

#QUEDATENCASA: un cuento por Malvinas

02-04-2020
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La escritora chaqueña Alicia Rossi comparte con nuestros lectores un cuento de su autoría: “El abrazo”. Alicia nos lee el texto que, también, podemos leer aquí:




EL ABRAZO
de Alicia Marina Rossi

Una cuadrilla de obreros remodelaba el edificio Libertador de la ciudad de Buenos Aires, a la altura del piso 14.

Parado sobre el andamio, el albañil, al que decían el Gordo, martillaba y así enterraba uno a uno los nombres, letra por letra, para dejarlos grabados en las paredes de mármol y arena calcárea que revisten el Ministerio de Guerra.

Mientras el andamio se bamboleaba como la panza del Gordo por encima de un cinto de cuero trenzado, el tambor de cemento giraba ruidoso y no dejaba de escupir polvos de sílice, y el obrero de escupir bronca: no tienen que olvidarlos, antes eran héroes de guerra y se llenaban la boca nombrándolos, añamemgui, esta Argentina que los mató por nada, una guerra al reverendo pedo, dijo entre dientes, con el aliento cortado por los mazazos que daban sus manos cuarteadas, contra la obra levantada al mejor estilo del Renacimiento francés. No me puedo sacar este entripado de adentro, me persiguen como moscas los ojos de todos los que cayeron y para pior esa soldadora que le prende fuego a mi bronca. Bufó hasta que no aguantó y le gritó al jefe que soldaba dos metros más arriba:

—Parala, loco, terminala con esa ráfaga.
—Tranquilo, falta poco, ya nos vamos— contestó el jefe González.

Falta poco, falta poco decía el coronel escondido en la oficina, total los estallidos caían sobre nosotros tumbados panza a la nieve y culo al cielo, y angá el gringuito de Rafaela que les creyó que estábamos ganando, justo a él le fueron a dar, y sí pué, si era un blanco fácil, pobre pibe, guerra de 74 días para la gilada encerrada en una isla.

—Gordo, escuchá esto de Gilda, de tu pueblo, te paso la radio, agarrá la soga chamigo, a ver si cambiás la cara, nadie va a cambiar lo que pasó—gritaba el jefe González mientras le daba volumen a la radio que cantaba: “…a todos los vuelvo loco, mamá, con mi pollera amarilla... “ y descendía la portátil por el aire hasta las manos del correntino.
—Vo’ nomá sabé’, los porteños son pura jeta, esa no es de mi Corrientes porá, si ésta es Gilda ¡yo soy Sandro! —contestó el Gordo, Jacinto Maciel, nacido en Curuzú Cuatiá, venido de gurí con su familia a La Capital como tantos provincianos emigrados que buscaban el oro de la ciudad porteña. Su familia había dejado lo poco que tenía y a él lo separaron de José, de su mejor amigo. Pero la chamameceada nunca paró, sapucay y zapateos se escuchaban los domingos en la barriada pobre de Monserrat donde vivían.

Jacinto Maciel se sentó sobre el andamio, se sacó el casco y pegó la radio a su oreja, trataba de tapar las bombas que seguían explotando en su cabeza. Miró el reloj, faltaba poco para que finalice el turno, giró el dial y quedó escuchando radio Mitre que pasaba el noticiero de las 18: “En noticias de último momento ampliamos el informe, la canoa hallada en el Tigre con fotos de la guerra de Malvinas, una guitarra y una carta dirigida a la madre, pertenecían a un masculino, al excombatiente José Rivero, oriundo de Corrientes, cuyo cuerpo fue encontrado varios kilómetros al sur. Se investiga la causa de su muerte”.

Las alpargatas del Gordo comenzaron a oscilar, las piernas colgantes pataleaban cada vez más enérgicas, quería alejarse de la noticia que le entraba como veneno de yarará.

Los recuerdos se le removieron y se le vino a la memoria aquella vez que viajó a Corrientes para visitar a José, a Riverito, a su amigo de la infancia y del batallón. Fueron a nadar al Paraná y compitieron como acostumbraban. Te alcanzo José, contra la corriente te alcanzo igual, había desafiado Jacinto Maciel. No ha’de, éste es mi río y le conozco todos los remansos, contestó José antes de sumergirse y reaparecer en medio del Paraná, en segundos, como si volara debajo del agua.
El Gordo sabía de sobra que Riverito no le tenía miedo a los remolinos ni a nada, que le ponía el pecho a las balas, a lo que sea, que en la trinchera quedó solo con una ametralladora y con Tupá disparando contra cientos de ingleses para que otros escaparan, muchos se salvaron por él. Investigar la causa de la muerte, dice la radio, si creen que el Tigre lo va a ahogar a José Rivero la están pifiando, están ofendiendo al correntino.

El Gordo maldecía mientras recordaba aquella tarde cuando fueron con José a pescar al banco de arena; él se había entusiasmado con el “dorado” que tenía enganchado y se fue metiendo en el agua, no sintió que el fondo comenzó a chuparlo y para cuando quiso volver a la orilla, el barro le tenía atado los pies. Fue José el que se sumergió bien abajo y lo desenterró, él solo, y un Maciel nunca olvida a los héroes. Tiempos de valientes y ya nadie podía ordenarle que no se imaginara sentado en la orilla del Paraná viendo a su amigo José nadando como anguila.
El Gordo se sacó las alpargatas y las tiró por el aire a la costa de arena que solo él veía, revoleó el mazo y la radio. Tenía que alcanzar a su amigo que se le alejaba.

—Che, infeliz ¿qué hacés con mi radio? estás re-pirado vos, me pagás una nueva—chilló el jefe González mientras veía cómo su portátil caía a pique hacia la calle Azopardo.
Pero Jacinto Maciel no lo escuchaba, se desvestía y gritaba: “Te voy a alcanzar José, porque naciste arriba de una canoa no me vas a ganar, esperá chamigo me quedo en bolas y te alcanzo”.
—Tarado, parala. Ramón, mirá, el Gordo se desnuda y no es joda, si lo ven nos echan a todos, hay que pararlo— rugía el jefe González desencajado, mientras advertía que era el más cercano de la cuadrilla, el único que podía hacer algo.
Apagó la soldadora, corrió como pudo sobre la tarima angosta haciendo equilibrio y bajó para llegar al peón que sin pantalones ni camisa, desde el piso 14, miraba el delta gris que dibujan las calles de Buenos Aires.

Cuando estaba a un metro para detenerlo, escuchó decir al Gordo, “Ahora te agarro chamigo” y vio cómo se largó de cabeza y pataleó dentro de un remolino de aire hasta que chocó contra el río cementado de la ciudad porteña.

Dicen que en la cara de Jacinto Maciel quedó dibujaba una sonrisa, y que cuando alcanzó a su amigo José y llegaron a la otra orilla, le dijo: “este es un abrazo de machos y no de generales engaú que hicieron esa guerra asesina”.