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Por Alejandro Bovino Maciel para momarandu.com) Adolfo Bioy Casares publicó en 1969 la novela “Diario de la guerra del cerdo”, obra que, para algunos, es una sátira, para otros, una obra de ciencia ficción sin Ovnis, sin máquinas anticipadas ni cuartas dimensiones.
Hay quienes la incluyen dentro del género negro, como una versión muy particular, ya que no abundan los detectives ni las comisarías ni la división forense de la Policía Federal rastreando asesinos.
Yo creo, sin embargo, que la obra propone un maltusianismo al revés. Si el economista y demógrafo Malthus alarmó acerca del crecimiento desmesurado de la población mundial sugiriendo limitar los nacimientos, alguien, en la novela de Bioy Casares propone la solución contraria: asesinar a los viejos que estorban en un mundo en el que la producción justifica la vida humana. Recientemente la señora exdirectora gerente del Fondo Monetario Internacional, la siempre imponderable Christine Lagarde acusó a los ancianos de ser causa de los déficits fiscales de cada nación por “sobrevivir demasiado”. Ella misma incurrió en ese delito, pero como los funcionarios de estos organismos internacionales se consideran semidioses, olvidó que ya hace casi un siglo cumplió los quince años.
En la novela, el autor nos instala en la vida de un jubilado llamado Isidoro Vidal que vive en una especie de conventillo, uno de los tantos que abundaban en Buenos Aires en la década del ’40.
Hordas de muchachones armados recorren las noches porteñas en busca de ancianos para molerlos a golpes, hasta matarlos. Las pandillas, por lo que sabe Isidoro Vidal por trascendidos y chismes que le llegan, tienen alguna lógica que justifica esas matanzas. “Era un peso para la familia y fue eliminado por dos nietas, de seis y ocho años”, apareció en los titulares de un diario según Arévalo, otro de los personajes, amigo de Vidal y socio de un club de bochas donde se reúnen para sus juegos que consisten en matar el tiempo, que amenaza matarlos. Toda la novela tiene una tonalidad oscura, como si fuese la escenografía de una obra que permanecerá en penumbras durante toda la acción. Esa luz es el pesimismo y tiñe la desesperanzada sordidez con la que el autor vislumbró la vida de los viejos. Nada parece tener ninguna felicidad. El mundo anciano de Bioy Casares está absolutamente exento de ternura, gracia, honestidad y candor. Todos los valores altruistas se han desvanecido, tanto dentro del mundo frágil de los viejos desgastados por la rutina y la enfermedad, como fuera, donde acechan las turbas de jóvenes vengativos y furiosos que los quieren exterminar en forma clandestina, atacándolos sin piedad en los callejones que la noche abandona a las sombras.
Quizás el siglo XXI que nos deslumbra y nos decepciona con la misma rapidez solicite otra lectura adicional de esta guerra senil. Quizás Bioy Casares nos esté diciendo que en un mundo en el que los seres humanos fuimos abandonando los valores como si fuesen ropas viejas pasadas de moda, todo lo que no cotice económicamente, se convierte en superfluo. Los viejos ya no son capaces de generar ganancias. Entonces, sobran.
Madame Christine Lagarde lo dijo con todas las letras. Y eso no es ciencia ficción.