Corrientes, lunes 11 de mayo de 2026

Sociedad Corrientes

Educaciones, por José Miguel Bonet

29-12-2019
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( Por José Miguel Bonet desde Mburucuyá, para momarandu.com) La educación entendida como el proceso de aprendizaje para el desarrollo humano donde se forman los conocimientos para la competencia pero ¿dónde está la educación moral fundamental para el desarrollo y convivencia social?. Ante la problemática actual no solo en el tema de la desigualdad sino también, cabe señalar, que la inseguridad, la apatía, el conformismo y la corrupción son consecuencias de la cultura actual donde prevalece el interés individual a la responsabilidad social.

La educación en la ética, por lo tanto, partiendo del conocimiento de la persona hacia su entorno social resolvería la crisis existencial y de valores morales de nuestra sociedad. Sin embargo, estamos viviendo una situación inversa, ante la problemática social, el individuo fundamenta su criterio en base a sus propias creencias, muchas veces forjadas en una sociedad superflua y materialista. De esta manera nos convertimos en un entorno social donde las personas luchan por la supervivencia en un mundo cada vez más complicado donde prevalece la ley del más fuerte pero con clara ausencia de colaboración y de liderazgos.

El origen de la ley moral es una de las interrogantes que se han hecho en la historia de la humanidad, la misma que tiene que ser resuelta urgentemente por la condición lamentable a la que está llegando la calidad de vida del ser humano. Todos los males sociales que hoy agobian al mundo, son precisamente porque casi toda la sociedad no conoce su importancia.

El mundo de la globalización se encuentra en el proceso de unificarse
 y está caracterizado por cambios rápidos. Incapaces de responder ante estos nuevos desafíos, las estructuras que de antaño servían como fuentes de estabilidad y guía en la sociedad, tales como la familia, la iglesia y las estructuras gubernamentales, han perdido en gran parte tanto su influencia como su capacidad de dirigir a las personas. Nos estamos convirtiendo en una sociedad relativista donde la movilización prevalece por intereses personales, de grupo incluso por ignorancia y donde la critica supera a la propuesta. Necesaria es recuperar la figura de las instituciones por su importancia en la formación y educación de la sociedad.

La moral se funda en la dignidad de la persona humana y ello hay
 que demostrarlo. No sólo eso, también hay que demostrar que la moral no sólo no perjudica la libertad verdadera, sino que, por el contrario, es precisamente lo que la fomenta. Da la respuesta al existencialismo humano y orienta hacia la felicidad en la autorrealización y el logro del bien común de la sociedad. La educación moral, amplia los horizontes del pensamiento a la vez que plasma el carácter en niveles superiores, contribuyendo así a una saludable convivencia en sociedad. Fomenta el desarrollo de valores que sugiere sociedades organizadas que convivan armónicamente entre sí, los diferentes seres humanos que las componen a pesar de la diversidad.

La educación moral está en decadencia, estas son sus consecuencias, el desaforado consumo individual y colectivo, esa orgía de gasto que conduce a la extinción de recursos  pero también a la esclavitud de quienes producen para satisfacer una demanda casi patológica: los trabajadores del textil en Asia, por esa moda pronta que incita a derrochar sin freno, o los niños que excavan las minas de cobalto en África para alimentar incesantes dispositivos móviles.

La tormenta perfecta suele darse cuando coinciden varios agravantes: el expolio de materias primas, tan sujetas a la volatilidad de los mercados y por eso tan ambicionadas La China neocolonialista; la contaminación por prácticas abusivas en la minería o la agricultura, el desalojo de población autóctona por la construcción de un embalse o la plantación de transgénicos, o en fin —pero no a la postre—, la privación de derechos que deberían ser inalienables como el acceso al agua y a la tierra. Porque el problema de buena parte de la humanidad —opacado por las cuitas consumistas y de seguridad de Occidente— sigue siendo la inseguridad alimentaria.

Pero el colmo de la iniquidad acontece cuando los recursos se utilizan como arma arrojadiza, como casus belli. Sucede con activos estratégicos: el petróleo de Libia o Irak, o las inmensas reservas de litio de Bolivia, detrás de las que algunos ven otra de las razones para el desalojo del poder de Evo Morales, que además contribuyo con una clara actitud antirrepublicana y que se ubican en una región que durante siglos ha visto cómo la extracción de las riquezas de su subsuelo siempre beneficiaba a otros: el clásico ejemplo de riqueza sin desarrollo (o sin redistribución, como en Chile).

Otro tanto supone la nueva ley de hidrocarburos de Argelia, aprobada casi a hurtadillas, que no solo no beneficiará a la mayoría de la población, los millones de jóvenes empujados a emigrar a Europa, sino que pretende apuntalar un régimen caduco y que además torturará el subsuelo mediante el fracking, no precisamente inocuo desde el punto de vista ambiental.

Una tierra soliviantada por la avaricia solo devolverá calamidades: fenómenos extremos cada vez más debidos a la intervención del hombre, y cada vez más letales, con su creciente estela de refugiados ambientales, los nuevos condenados de la tierra. Las protestas de hoy pueden ser una revolución y ya en Navidad recordar a Jesús y sus ejemplos.

Jesús era un buen israelí que practicaba la ley de Moisés, pero aún dentro de su fe fue un iconoclasta ya que arremetía contra preceptos claves del judaísmo como el respeto al sábado. Jesús les decía que el hombre y sus necesidades están por encima de todas las leyes. Y les provocaba a los discípulos a quebrar el precepto del sábado si se trataba de salvar una vida o de alimentarse cuando se estaba con hambre, que bueno estaría imitarlo.