(Por José Miguel Bonet para momarandu.com) Nínive, la capital del antiguo Imperio asirio. Cuando la ciudad estaba en pleno auge, un profeta predijo que Dios haría “de Nínive un yermo desolado”. Nínive era conocida como “la ciudad de derramamiento de sangre”, y Dios la castigó para que sirviera de ejemplo.
Como demuestran sus ruinas, es muy difícil definir la violencia en una época como la nuestra, que está bautizada con los nombres de Auschwitz y de Hiroshima, y más difícil aún en esta década, en la cual sabemos que todos los años mueren de hambre entre 30 y 40 millones de personas.
Decir que la violencia consiste en «utilizar la fuerza para obligar a alguien a proceder contra su voluntad» —como dicen los códigos comunes—, es reducir el problema a términos primarios, característicos de sociedades de relaciones directas. Sin menospreciar ni los aspectos éticos ni los penales, propios de las conductas delictivas que actúan con violencia, el verdadero problema hay que enfocarlo desde el ángulo de las condiciones de vida que crean quienes dominan en la sociedad industrial y tecnológica.
Hoy leemos y vemos protestas, se degradan, a puntos en que lo único visible es la rabia, la ira de los marchantes de cualquier nacionalidad.
En Barcelona, en Hong Kong, en Ecuador y en Colombia, en París, Chile, México, Bolivia. Todos protestan. Lugares disímiles, realidades más que diversas, pero muchos aspectos comunes que tienen que ver con el bolsillo de los ciudadanos, la identidad y la ira y la incapacidad para contenerlas desde los diversos gobiernos.
En el París de los chalecos amarillos, cientos de miles le hicieron ver a Emmanuel Macron, después de 200 detenidos y 80 heridos, que el alza de impuestos y el aumento de los combustibles no iba a aceptarse. Le había ocurrido a François Holland con los gorros rojos de su época, también indignados con el impuesto a los camiones. La razón: dinero, el aumento en los costos de lo que se consume a diario y afecta las finanzas del ciudadano. La protesta fue violenta. Duró 11 días. Se vio el arco del triunfo en llamas, los mismos carros volcados y el miedo. Los manifestantes, de todas las vertientes. Resultado: Macron inicia un proceso de consultas por todo el país. Un gran diálogo nacional.
En Hong Kong, jóvenes y estudiantes, opositores, docentes, abogados con la cara cubierta y la cabeza protegida por sombrillas le reclaman a Carrie Lam contra un proyecto de extradición en el que quedarían bajo una justicia china que incluye torturas. La razón: identidad. Piden más democracia y mantener su autonomía de China, sus derechos, su legislación, su economía y su libertad de expresión, a pesar de ser una región administrativa especial desde que dejó de ser colonia británica en 1997. La protesta se inició en marzo con la participación del librero Causeway Bay, detenido. Luego vino la marcha silenciosa de mil abogados, y hace poco una marcha de un millón. Empezaron los choques y los bloqueos y las autoridades llamaron terroristas o violento grupo de separatistas a los manifestantes enmascarados. Resultado: se teme ahora una intervención militar tipo Tiananmen o lo deseable, concertación.
En Ecuador, el gobierno de Lenin Moreno retira el subsidio a la gasolina como parte de las medidas que debía tomar para reactivar la economía, según receta del Fondo Monetario Internacional y debido al enorme endeudamiento heredado de su antecesor, Rafael Correa. A la protesta de transportistas e indígenas que se tomaron las calles se le sumaron colectivos sindicales y de oposición, incluso cultivadores de hoja de coca que se alimentan de subsidios en las fronteras con Colombia. La razón: el bolsillo, el costo de vida, salarios que podrían verse afectados, días de vacaciones recortados y otros más de fondo político. Eran los mismos que en otras protestas tumbaron los gobiernos de Lucio Gutiérrez y Abdalá Bucaram. Lenín Moreno trasladó el gobierno a Guayaquil y luego regresó, decretó el estado de excepción. El olor a llantas quemadas, una ciudad destruida, inusitadas imágenes llenas de ira contra iglesias e instituciones sin distingo. Resultado: entró la ONU, proceso de negociación y a concertar la gradualidad de las medidas.
En Barcelona las cosas tienen otra cara. Pero también hechos comunes, sobre todo en la forma como se transforma la protesta. La razón: la condena de los independentistas catalanes, incluyendo a uno de los líderes de la Generalitat, Oriol Junteras, por sedición, en el proceso de referéndum de 2017. Esta zona de España tiene su propio gobierno. El movimiento separatista ha reaccionado a la decisión judicial con bloqueos que incluyen la necesidad de cancelar más de un centenar de vuelos, e incluso el clásico Barcelona-Real Madrid, incendios en edificaciones de estudiantes. Desde Madrid Pedro Sánchez pide tranquilidad y dice que actuará con contundencia. Otros le piden tomar el control de Cataluña. Resultado: Incierto.
Colombia. No hay mes sin protesta. Casi todas estudiantiles. La razón: algunas, por presupuesto, para la Universidad Pública, otras contra la corrupción, más recientemente por una reforma laboral en ciernes.
Chile: brutal represión a la rebelión de la juventud contra el tarifazo en el metro. Las protestas convocadas como "evasión masiva" son protagonizadas por cientos de estudiantes que saltan los molinetes para no pagar el pasaje de metro, que aumentó hace dos semanas.
Y lo último, la crisis boliviana, un golpe gestionado por Evo y consumado por el ejército y la oposición.
Y está la más triste, México, moralmente derrotado el poder institucional perdió el control en todos los niveles sobre el narcotráfico y la narcopolítica y, durante horas, las redes colapsaron con reportes contradictorios y videos de civiles aterrorizados por el fuego y los disparos.
Por unas cosas y por todas. Y no han sido pacíficas. Como en otras naciones del mundo, ha ocurrido lo mismo: las protestas se degradan, a puntos en que lo único visible es la rabia, la ira de los marchantes de cualquier nacionalidad, entonces los gobiernos amenazan con reglamentar la protesta, los cuerpos antidisturbios se exceden y los procesos de concertación y diálogo aparecen como las únicas alternativas para recuperar la normalidad.
El antropólogo Bryan Hare se mete en ese mundo profundo y viejo de las raíces del odio en la humanidad, de las huellas de la violencia, para entendernos, encontrar salidas desde la comprensión y lo hace con un tema tan de nuestros días, el bullying, en el primer capítulo.
Mientras tanto, los analistas y profesores como David Runcinan, cuyo más reciente libro recomienda Eduardo Posada Carbó, plantea serias reflexiones sobre el mundo que vivimos y, como pareciera que estamos ante el derrumbe de las democracias, muy a pesar de las protestas y las movilizaciones, que son la prueba más contundente de la buena salud de las mismas.
Por ahora tenemos el diagnostico, ¿la respuesta? ¿Qué debemos hacer ante un acto de violencia? ¿Cómo no caer en la propaganda que alimenta el odio? ¿Cómo sembrar la capacidad de argumentar y respetar la diferencia? ¿Cómo nos defendemos de los que nos abusan sin abusar de los demás? ¿Cómo tumbamos a los gobiernos sin llevarnos por delante la vida de los otros?
La responsabilidad del fin de las democracias, si ese fin es una realidad, es de todos, gobernantes y ciudadanos por igual. Por ahora, lo que se ve es una democracia en llamas, esta realidad no es nueva. Las instituciones de una sociedad libre tienen por objeto protegerse de los que gobiernen, como dice Buchanan, "no para su país, sino para sí mismos, teniendo en cuenta no ya el interés público, sino su propio placer”, En la Inglaterra de Shakespeare no había libertad de expresión, ni en el escenario ni en ninguna otra parte. En 1597, la representación de una obra supuestamente sediciosa llamada La isla de los perros, dio lugar a la detención y al encarcelamiento de su autor, Ben Jonson, así como a la promulgación de una orden gubernamental —que por fortuna no llegó a ponerse en vigor— que preveía la demolición de todos los corrales de comedias de Londres. Los delatores acudían al teatro con el afán de pedir una recompensa por denunciar ante las autoridades cualquier cosa que pudiera ser interpretada como subversiva. Los intentos de exponer una reflexión crítica sobre los acontecimientos de la época o sobre los personajes más destacados del momento resultaban particularmente arriesgados. Sus obras dramáticas sugieren que la mejor manera que tenía de reconocer la verdad —de poseerla plenamente y no morir por ella— era a través del artificio de la ficción o por medio de la distancia histórica, ¿será esta una medicina para el mundo de hoy? De ahí la fascinación que sentía por el legendario caudillo romano Gayo Marcio Coriolano o por otro caudillo también romano, pero esta vez histórico, Julio César; de ahí el atractivo de personajes de las crónicas inglesas y escocesas tales como el duque de York, Jack Cade, el rey Lear y, sobre todo, la quintaesencia de los tiranos, Ricardo III y Macbeth. Y de ahí también el encanto de ciertos personajes completamente imaginarios: Saturnino, el emperador sádico de Tito Andrónico; Ángelo, el delegado corrupto de Medida por medida, o el paranoico rey Leontes de El cuento de invierno. ¿Será que la historia se repite?
*Desde Mburucuya