Corrientes, martes 12 de mayo de 2026

Sociedad Corrientes
SUBSIDIO PARA PENSAR LA IDENTIDAD CORRENTINA

Segunda y última parte: La música complemento de la religiosidad

28-10-2019
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(Por Mons. Andrés Stanovnik*) Pasemos ahora a la música, que como dijimos, está indisolublemente unida a la religiosidad. Cuando decimos música, estamos incluyendo las demás expresiones vinculadas ella, como son el canto, la poesía, el baile.

Como podemos intuir, todas esas expresiones van más allá del pensamiento lógico, e intentan expresar mediante la comunicación simbólica las realidades más hondas y últimas de la existencia del hombre.

El saber científico, mediante la investigación y la aplicación del conocimiento, abarca un área importante de la realidad, pero es insuficiente para abordar los interrogantes más profundos de la existencia del hombre: la pregunta por su origen, su destino; por qué el sufrimiento, el mal, etc., etc. Esos interrogantes son propios de la religión y de la ética. El lenguaje más apropiado para intentar expresar esas realidades últimas en palabras es la poesía, que luego se convierte en canto, en música, en baile y en otras expresiones artísticas. Por eso, con razón se dice que la oración es la expresión más bella y más profunda del ser humano. En ella se manifiesta la totalidad de la persona: cuerpo y espíritu, inteligencia y corazón.

Aquello que no se puede definir, medir y calcular, está más allá de la razón, pero no necesariamente en contra de ella. Hay realidades profundas de la existencia humana que no se dejan aprisionar por los estrechos límites que brindan los conceptos. Estos no logran dar una respuesta suficiente y satisfactoria a los aspectos más hondos de la vida del ser humano. Sin embargo, el ser humano necesita poner nombre a esas realidades, aun cuando solo alcance a hacerlo de un modo aproximado mediante un lenguaje simbólico. Este lenguaje abre ventanas, descorre velos, señala horizontes. Es el lenguaje del amor, de la reciprocidad y de la alteridad. La religiosidad se expresa a través de este lenguaje. De allí nacen las oraciones, los cantos, los bailes, los poemas religiosos, y otras expresiones artísticas, como la arquitectura, la pintura, el teatro.

Díganme si es posible describir La Piedad de Miguel Ángel. Ante esa asombrosa escultura, uno queda como transportado, sobrecogido, no atina a pronunciar palabra, porque percibe que no alcanzaría a expresar en palabras el impacto estético que produce la obra. Ante esa prodigiosa obra, sólo cabe el silencio, pero no un silencio desierto y vacío, sino un silencio poblado de presencia acogedora. Ante una obra de arte, el hombre reacciona contemplando y contemplar es, podríamos decir, una experiencia de reciprocidad donde la obra impacta al punto de dejar sobrecogido al espectador, a quien convierte en un verdadero interlocutor.

La experiencia religiosa tiene mucho en común con la experiencia artística. Para comprobarlo basta ver la vasta creación poética, musical, teatral y arquitectónica que produjeron las religiones a lo largo de la historia. En todas las culturas y en todas las épocas el hombre tuvo necesidad de materializar, es decir, de representar las dimensiones más profundas de la existencia y esa representación fue conformando la cultura de los pueblos.

Por ejemplo, el fenómeno de la Navidad se puede abordar desde el pensamiento y entonces tenemos una cosmovisión cristiana de la vida con su jerarquía de valores; esa misma realidad se expresa también mediante la poesía, el canto, la teatralización y en la representación artística de los pesebres. Con ello tenemos un ejemplo sencillo y claro sobre cómo se necesitan y se complementan la religiosidad y la música. En ambos están en juego, con toda su potencialidad tanto la razón como la fe.

II. RELIGIOSIDAD Y MÚSICA: SABIDURÍA DE LOS PUEBLOS
En realidad, que dos más dos sean cuatro o que el bosón de Higgs nos revele el instante en el que se origina la materia, refleja en el fondo la capacidad que tiene la inteligencia del hombre de investigar y descubrir las maravillas del universo. Por eso, el increíble adelanto que significó para el ser humano el manejo del fuego, el invento de la rueda, más tarde la pólvora y la imprenta, y más recientemente la impresionante revolución tecnológica en el orden de la comunicación y la bioteconología, no cambia sustancialmente el mandato vocacional que Dios confió al hombre en el momento de la creación: cuidar y perfeccionar la obra del Creador, otorgándole para ello el don de la inteligencia y también la sensibilidad del corazón.

Para conducirse sabiamente en la vida, el ser humano necesita algo más que la capacidad de razonar. Necesita, sobre todas las cosas, aprender a vincularse, a encauzar sus potencialidades de tal manera que lo beneficien a él y a sus semejantes y, sobre todo, que le ayuden a cultivar su relación con Dios. Para ello, el ser humano debe valerse de la cabeza y del corazón, para utilizar dos imágenes clásicas que sirven para representar la razón y la fe.

El hecho de reconocer que la razón humana tiene límites, no la descalifica, al contrario, le abre a la inteligencia sus verdaderas potencialidades. Los límites no son elementos castradores de las capacidades del hombre. La inteligencia es un don extraordinario que posee el ser humano, pero como todo poder, también la inteligencia necesita orientación. La pregunta que cabe hacerse es quién puede darle esa orientación.

¿Puede el hombre solo por sí mismo darse la dirección adecuada a su vida y a la convivencia con sus semejantes? Si respondemos afirmativamente, entonces cabe preguntarse quién o quiénes estarían autorizados a dar esa dirección: ¿algún individuo superdotado? ¿Un partido político? ¿Algún organismo internacional? ¿Una autoridad mundial? Por otra parte, también se podría considerar que cada individuo se diera a sí mismo una orientación que esté de acuerdo con sus preferencias personales. ¿Y si esas preferencias no coincidieran con las de otra persona o grupo? Inevitablemente estaríamos en convivencias paralelas, en grupos aislados unos de otros, lo cual tarde o temprano estallaría en confrontaciones y aniquilaciones mutuas.

Como se puede notar, de fondo a estas reflexiones está la gran pregunta de todos los tiempos y es ésta: ¿puede el ser humano acceder a la verdad? ¿Existe la verdad? Si existiera la verdad, ¿quién sería el depositario de ella? Y si no existiera, ¿habría tantas verdades cuantas personas o grupos humanos existen en el mundo? De la respuesta que demos sobre la verdad, va a depender la orientación que le imprimamos a nuestra vida individual y colectiva. Y, en consecuencia, de ello dependerá también el contenido de nuestras poesías, los acordes de nuestra música y los pasos de nuestras danzas. ¿O acaso no sentimos que cuando bailamos un valseado o un chamamé, estamos, por así decir, haciendo algo verdadero?

Y ahora preguntémonos ¿por qué sentimos que hay verdad en el chamamé? ¿Acaso no percibimos que el chamamé es una experiencia de libertad? Y si en nuestra danza hay verdad y libertad, allí seguramente también hay justicia. Justicia en el sentido genuino del término: darle al otro lo que le pertenece. En nuestra música y en nuestro baile los pasos y los gestos revelan reciprocidad, atención al otro, donación y encuentro. Nada tienen que ver con la dominación, el sometimiento o la explotación de la otra persona. Pero demos un paso más y hagámonos una última pregunta: ¿Hay amor en la danza correntina? ¿Alguien se animaría a negarlo? A esta altura hemos arribado a identificar cuatro valores fundamentales del cristianismo: la verdad, la libertad, la justicia y el amor. Esto es algo bueno y bello. Y todo lo que es verdadero,

bueno y bello procede de Dios, revela su presencia entre los hombres, y nos conduce al encuentro con Él y con nuestros semejantes.

III. RELIGIOSIDAD Y MÚSICA: LA GRAVEDAD DEL CONTENIDO
Tal vez puede sorprender que a la religiosidad y a la música las vinculemos a un concepto como la gravedad. Opuesto a gravedad es levedad. La insoportable levedad del ser es un libro famoso de Milan Kundera. Levedad es algo que tiene poca consistencia, flota en el aire como una pluma, es sinónimo de ligereza, tenuidad, suavidad, informalidad. Es decir, todo lo contrario, a gravedad, que es algo que tiene peso, consistencia, solidez, fuerza, y también formalidad. Descarto otros sinónimos que para el caso no interesan. Como la religiosidad y la música son realidades íntimamente ligadas a la comunicación y reciprocidad entre las personas y de éstas con Dios, es importante que ese vínculo se construya sobre bases sólidas, se constituya como un vínculo estable, duradero, y se caracterice por la fidelidad. La fidelidad en el tiempo hace que los vínculos entre las personas maduren, echen raíces hondas y duren en el tiempo.

Sin embargo, nos encontramos en una época en que la levedad, la liquidez y el descarte, caracterizan los vínculos humanos. Esos vínculos se conectan y desconectan con extrema facilidad. Parece que “invertir sentimientos profundos en la relación y jurar fidelidad implica correr un enorme riesgo: eso lo convierte a usted en alguien dependiente de su pareja (aunque señalemos que la dependencia –que rápidamente ha cobrado un matiz peyorativo– es la base de la responsabilidad moral hacia el Otro)”2.

El pensamiento constructivista que domina el pensamiento de esta época, afirma que el individuo se construye a sí mismo desde sí mismo. Por consiguiente, ese pensamiento no parte de la experiencia originaria de comunión, sino de aislamiento. Si la experiencia originaria del ser humano es la de ser un individuo aislado, es muy difícil esperar que durante el proceso alcance por sí mismo una experiencia de comunión y de encuentro, porque la lógica de la razón indica que no se puede alcanzar aquello que no se visualiza y experimenta de algún modo anticipadamente.

El canto correntino, en todas sus variables, favorece una cultura del encuentro, basada en el respeto por la dignidad del otro; reconoce, valora, corteja y se alegra por la diferencia y complementariedad entre el varón y la mujer, canta a la belleza de la mujer y al coraje del varón; la mujer además de ser la compañera fiel, es madre y es abuela; aparece con frecuencia el cuidado y la protección de la propia familia, donde siempre cabe uno más; se exalta la fraternidad, la hospitalidad y la solidaridad; se valora la sobriedad de vida y el trabajo para el sustento; se promueve la justicia que se le debe al pobre; y se cultiva un especial e intenso sentido de fiesta, lo cual pone de manifiesto un corazón agradecido y alegre, aun en medio de las penurias por las que

se atraviesa cotidianamente. Todo esto le da peso, gravedad, consistencia, en una palabra, identidad propia, a la religiosidad y música del pueblo correntino.

Por eso, celebro que la UNNE tenga una cátedra en la que se estudie, investigue y promueva la cultura del chamamé, como el lenguaje más apropiado para expresar aquellas realidades profundas de la vida que sólo la poesía, el canto y la danza alcanzan a delinear, tal como sucede en el ámbito de la expresión religiosa, donde la poesía se convierte en oración y canto, y la danza en rito y culto.

*Conferencia en el cuarto ciclo de la cátedra libre del Chamamé de la UNNE (2015) – Gentileza: José Miguel Bonet