Corrientes, martes 12 de mayo de 2026

Sociedad Corrientes
LA RELIGIOSIDAD Y LA MÚSICA

Primera parte: Subsidio para pensar la identidad correntina

26-10-2019
COMPARTIR     
(Por Mons. Andrés Stanovnik*) La Religiosidad y la Música son dos componentes esenciales de la identidad del pueblo correntino, que le otorgan un modo propio y distinto de ser con los otros y de estar en el mundo.

La estrecha correspondencia entre esos dos rasgos nos está indicando que ambos tienen mucho en común. Pero empecemos preguntándonos de qué estamos hablando cuando nos referimos a la religiosidad y a la música, y por qué nos resulta tan espontáneo y familiar colocarlas juntas.

I. RELIGIOSIDAD Y MÚSICA: UN BINOMIO INSEPARABLE
Detengámonos primero en la ‘religiosidad’. El término viene de religión, vocablo que está compuesto de dos expresiones: ‘re’ y ‘ligar’, es decir ‘religar’ que significa –de acuerdo con el diccionario de la RAE– volver a atar, ceñir más estrechamente. Se trata de unir dos partes. Las dos partes que se vinculan en este caso son Dios y el hombre. Y en esa dinámica relacional aparecen una serie de realidades como son el culto, las oraciones, las verdades, los dogmas, etc. Por consiguiente, religión, como lo indica la composición etimológica del término, significa ‘re-ligación’ o simplemente ‘relación’.

Esto nos permite afirmar de entrada que la religión nada tiene que ver con el individualismo o el aislamiento. Todo lo contrario, estamos ante un concepto que básicamente implica realidades como comunión, vínculo, pertenencia.

Vayamos ahora a la música y veamos qué nos dice el diccionario de la RAE sobre ese término: la primera acepción que se consigna allí es ‘melodía, ritmo y armonía combinados’; también significa ‘concierto de instrumentos o voces, o de ambas cosas a la vez.

Esto nos lleva a un escenario de significados que se presentan semejantes tanto para la religiosidad como para la música. Ambas son el resultado de una concertación de realidades que se vinculan en armonía, cuyas expresiones se materializan en forma de poesía, de oración, de canto, de danza y de culto.

LA PERSONA: ARMONÍA Y RELACIÓN
La música y la religiosidad son realidades producidas por el hombre, se presentan como una extensión de su naturaleza y de su modo de ser y de estar en el mundo. En todas las épocas y en todas las culturas, el ser humano produjo, si así podemos expresarnos, religiosidad y música.

Entonces, para comprender mejor el ‘producto’, detengámonos un momento en el autor que lo produce. Nos referimos obviamente a la persona. Lo primero que observamos en ella es que se trata de un ser en relación, es decir, esencialmente vinculado a otro. Y como nadie se da la vida a sí mismo, es espontánea la conclusión, estamos vinculados a Otro con mayúscula, a Aquel que nos ha creado.

El ser humano, como alguien esencialmente vinculado a otro, tiende necesariamente a comunicarse. Lo realiza mediante el lenguaje que se materializa en palabras y gestos. La persona tiene una estructura, que podríamos llamar, sacramental. Es decir que para comunicarse a sí misma necesita visibilizar su interioridad mediante signos. Los géneros de mayor perfección para visibilizar y comunicar el alma de una persona o de un pueblo, son la poesía, el canto y la danza. Estos elementos están presenten en todas las culturas y en todas las religiones.

La misma estructura ‘sacramental’ que utilizamos para comunicarnos con los otros, la empleamos para comunicarnos con Dios. El ser humano está hecho para el encuentro con el otro, y esta esencial dimensión vincular que lo caracteriza no se agota en el encuentro que podríamos llamar horizontal, sino que clama por la dimensión vertical, que lo abre a la trascendencia.

Esta dinámica de reciprocidad se realiza de un modo especial en el vínculo que el ser humano establece con su Creador. Pero aquí es necesario que hagamos un paréntesis, y nos detengamos un momento en la ‘religión’, es decir, en la relación del hombre con Dios.

Un librepensador dirá que la que religiosidad es el modo en que cada persona siente y piensa su relación con la realidad transcendente. Es una respuesta atrayente, porque aparentemente deja al individuo la libertad de elegir su propia manera de vivir la religión. En esto hay algo de verdad, porque todo vínculo humano para ser auténtico debe ser libre y personal.

Sin embargo, si decimos que religiosidad es reciprocidad, debemos admitir que ese vínculo pase por la confrontación con el otro. El otro no es alguien meramente funcional a mis sentimientos, sino que es precisamente otro y debe ser tratado como tal. Si esto es verdad en las relaciones interpersonales, mucho más lo es en el vínculo que estamos llamados a establecer con Dios.

Si el hombre es esencialmente un ser vinculado, significa que el Creador dejó plasmado en la creatura el sello de su identidad. El Creador debería ser, entonces, también un ser esencialmente relacional y deseoso de comunicarse. Pero nada podríamos decir de ese Creador si él mismo no se hubiese manifestado del tal modo que el hombre pudiese, de algún modo, verlo, tocarlo y oírlo.

¿Cómo podría el ser humano establecer una relación con Dios, si éste no se hubiese acercado a él en una forma tal que pudiese ser reconocido, acogido y celebrado? ¿Es posible una verdadera reciprocidad y comunión con alguien a quien nadie ha visto jamás? ¿Es posible algún tipo de vínculo humano con una especie de energía universal aun en el caso de que se la considere una energía positiva?

La fe cristiana es mucho más que una filosofía de vida o un sistema de valores. La fe cristiana es, ante todo, una experiencia de encuentro. Y no es posible un verdadero encuentro si no es entre personas. Benedicto XVI lo dijo magistralmente: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (1).

El ser humano es relación y eso lo sabe muy bien Aquel que lo creó, por eso, Él mismo se manifestó al hombre como relación, es decir, como persona. Viene al caso recordar que la palabra ‘persona’ significa ‘máscara’ (prósopon), es decir, representación, hacer visible a través de signos la propia interioridad, poder expresarse. En esa experiencia de salir de sí mismo y establecer vínculos con los otros, se fundamenta una cultura del encuentro. Esa cultura se expresa poéticamente y de un modo privilegiado en el canto y la danza de nuestros valseados, rasguidos dobles y chamamés.

LA RELIGIOSIDAD: POESÍA, MÚSICA Y DANZA
La expresión religiosa estuvo siempre estrechamente vinculada a la música y al baile, a la poesía y al arte en general. La pregunta que nos podemos hacer ahora es a qué se debe la interconexión que se produce entre la religiosidad y la música. Una primera respuesta que podríamos ensayar es ésta: la religiosidad exterioriza la realidad más honda de la existencia humana y la música, junto con otras expresiones artísticas, le proporcionan los instrumentos más adecuados para poner de manifiesto esa realidad, la que no es posible definir, ni codificar totalmente mediante el lenguaje conceptual.

Como ilustración, veamos algunos ejemplos que nos ofrece la Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento, donde queda patente la correspondencia que hay entre religiosidad y música.

“David y toda la casa de Israel hacían grandes festejos en honor del Señor, cantando al son de cítaras, arpas, tamboriles, címbalos y platillos” (2Sam 6,5).

“Entonces la joven danzará alegremente, los jóvenes y los viejos se regocijarán; yo cambiaré su duelo en alegría, los alegraré y los consolaré de su aflicción” (Jer 31,13).

“Los que tocaban las trompetas y los cantores hacían oír sus voces al unísono, para alabar y celebrar al Señor. Y cuando ellos elevaban la voz al son de las trompetas, de los címbalos y de los instrumentos musicales, para alabar al Señor «porque es bueno, porque es eterno su amor, una nube llenó el Templo, la Casa del Señor»” (2Cr 6,13).

El Nuevo Testamento es más sobrio en este aspecto, sin embargo, también ofrece referencias a la música, al canto y al baile. Por ejemplo, en: Lc 15,25: “El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, cuando se acercaba a la casa, oyó la orquesta y el baile”; 1Cor 26: “¿Qué podemos concluir, hermanos? Cuando ustedes se reúnen, cada uno puede participar con un canto, una enseñanza…”; Ef 5,19: “Que el Señor pueda oír el canto y la música de sus corazones”; Ap 19,1: “Después oí en el cielo algo como el canto de un inmenso gentío, que decía: ¡Aleluya!”.

Además de esas referencias ilustrativas sobre la relación entre religiosidad y música, encontramos en la Biblia un libro completo dedicado al canto y a la música, que conocemos como el Libro de los Salmos o Salterio, que originariamente significaba un instrumento de cuerdas. Estos datos son suficientes para darnos una idea de la inseparable unión que existe entre la religiosidad y la música.

Demos un salto histórico y asomémonos a la literatura de la poesía y la danza en Corrientes. Solo como una muestra, señalamos la variedad de letra, música y danza, dedicadas a la Tupasy Itatí, la Virgencita morena, la Virgen Guaraní, La Morenita, Señora de Itatí, La Pura y Limpia, La Itatí, Virgencita de Itatí, Correntinita Madre de Dios, Chsy de los ava, Tierra sin mal, Madre peregrina, Mamá-Ama de Itatí, Tiernísima Madre de Dios y de los hombres. Entre los autores de letra, música e intérpretes, que compusieron y cantaron a María de Itatí, están el P. Esteba Bajac (1873-1947); Pocho Roch; Gregorio Molina y Tránsito Cocomarola; el P. Julián Zini; Mario Bofill y muchos más.


(1) – BENEDICTO XVI, Carta encíclica, Deus Caritas Est, n. 1


*Conferencia en el cuarto ciclo de la cátedra libre del Chamamé de la UNNE – 2015 - Gentileza: José Miguel Bonet