SEGUNDA PARTE (Por José Miguel Bonet para momarandu.com) Lo que nadie esperaba era que Isidro Velázquez apareciera justo allí, donde habían matado a su hermano. En 1964 se asomó en Zapallar, más descarnado, dispuesto a todo y con la compañía de Vicente Gauna.
Dio un golpe certero y ambicioso y se ganó el mote de "El Vengador": secuestró a los hacendados Carlos y Gabino Zimmerman, cobró un jugoso rescate y regresó a la espesura.
Los paisanos y los indígenas preferían separar la imagen de Isidro de los hechos de violencia más brutales y gratuitos. La leyenda discrimina, rigurosamente, la actitud de Isidro cuando asaltó el almacén de Camps y prefirió arriesgar la vida antes de responder el ataque del que fuera su amigo. Existía un punto en el que la violencia perdía legitimidad ante los ojos del pueblo, algo que quizá no pudieron discernir con claridad quienes más tarde reconstruyeron esa historia. Los que sí cargaban las tintas eran sus perseguidores que le achacaban la mayoría de los crímenes y violaciones que se cometieron en la zona durante esa época.
La diferenciación entre Isidro y sus lugartenientes es más marcada desde que aparece Vicente Gauna. Isidro había sido un hombre honesto hasta después de los treinta años y fue empujado por la injusticia fuera de la ley. Gauna cargaba con una carrera delictiva iniciada en la adolescencia y poseía un carácter violento e irracional.
EL ÚLTIMO SAPUCAY
La muerte apagó la risa
del sol que duerme ardiendo en el Chaco,
porque Machagai se ha vuelto
un llanto triste de sangre y barro.
Ya no está Isidro Velázquez,
la brigada lo ha alcanzado,
y junto a Vicente Gauna,
hay dos sueños sepultados.
Camino de Pampa Bandera,
lo esperan en una emboscada,
y en una descarga certera,
ruge en la noche la metrallada.
Isidro Velázquez ha muerto,
enancao a un sapucay,
pidiéndole rescate al viento,
que lo vino a delatar,
pidiéndole rescate al viento,
que lo vino a delatar.
La muerte apagó la risa,
de los machetes en los quebrachos,
la pólvora entre los huesos,
se hizo ceniza en dos pechos bravos.
Sin una vela encendida,
sin una flor a su lado,
sin una cruz en la tierra,
hay dos sueños sepultados.
Camino de Pampa Bandera,
lo esperan en una emboscada,
y en una descarga certera,
ruge en la noche la metrallada.
Isidro Velázquez ha muerto,
enancao a un sapucay,
pidiéndole rescate al viento,
que lo vino a delatar.
Pidiéndole rescate al viento,
que lo vino a delatar.
En sus relatos los pobladores ponían especial énfasis en destacar que la intervención de Isidro ante su hermano Claudio o ante Vicente Gauna había evitado violencias innecesarias y salvado vidas.
La presencia de bandidos alzados contra la ley, como Zamacola, Bairoleto y Mate Cosido fue común y popular en los '30 y '40 en el Chaco. Velázquez le daba continuidad a estas figuras míticas en un país distinto, que creía imaginar haber encontrado el regazo protector de la tecnología y el modernismo. Sus aventuras, contadas en Buenos Aires por La Razón, Crónica, Así o Gente, colisionaban con una sociedad que se deslumbraba con los happenings del Instituto Di Tella. Dos países paralelos en vísperas del golpe de Estado de Juan Carlos Onganía y el Cordobazo.
EL PAYÉ DE LOS ESTEROS
En 1965, la fama de Velázquez y Gauna se extendía por todo el Litoral. El "payé", la magia de los dioses ancestrales de la selva y los esteros, protegía a Isidro, y las puntas de su pañuelo lo orientaban entre los montes y los pantanos, y señalaban el lugar donde se ocultaban sus enemigos.
Por entonces la población los cree invencibles; el sapucay de Isidro Velázquez detiene a quien lo enfrenta, su mirada paraliza. Cierta vez Isidro venía huyendo por el monte y sus perseguidores, guiados por un baqueano conocedor, organizaron la emboscada donde suponían que abandonaría la espesura. El destino quiso que el proscripto se encontrara frente a frente con el baqueano a quien se le trabó el arma o no atinó a disparar. Recriminado por sus superiores, el hombre balbuceó atragantado que Isidro le había hecho mal de ojo y que se había quedado duro como una estaca.
El 7 de setiembre de 1967, la revista Gente entrevistaba a uno de los policías que se aprestaba a salir tras Velázquez.
"¿Ustedes creen que lo van a apresar?" pregunta el periodista.
"No, es imposible -contesta el agente-. Estoy seguro de que por más que le tiremos, las balas no van a entrar. Ustedes saben que el agente Mieres vació su pistola y no hubo caso. Después, Velázquez, con un solo tiro, le atravesó el corazón".
"Entonces ¿está convencido que, si se topa con ellos, usted es hombre muerto?".
"No sé si me va a liquidar. Él les saca dinero a los ricos para repartirlo con un pobre. Y yo gano catorce mil pesos por mes... Si llego a toparme con ellos en el monte, creo que les diría que maten a un hacendado, no a mí, justamente."
LA "OPERACIÓN FRACASO"
A mediados de 1966, los fugitivos merodeaban en la zona de Selvas del Río de Oro. Asaltaron el pueblo de Laguna Limpia, y Gauna mató al alcalde Antonio Ponzardi después de robarle. A principios de 1967. secuestraron a los estancieros Agustín Guissano primero y a Antonio Persoglia después. Cobraron tres millones de pesos por el rescate de cada uno.
Persoglia, de ochenta años, permaneció un día y medio en poder de los proscriptos. Una vez libre declaró que había hablado largamente con Isidro Velázquez y que tenía de él "muy buena impresión". El anciano preguntó a su secuestrador por qué no abandonaba esa "azarosa vida", Velázquez respondió que "no le gustaba matar" pero que "ya era tarde", estaba "jugado" y contaba con "el poderoso aliado de los montes para sobrevivir".
Los miembros de la Sociedad Rural chaqueña se impacientaban; las andanzas de Velázquez y Gauna y la popularidad que tenían entre los paisanos ponían en peligro sus vidas y la paz social. Los estancieros ofrecieron entonces una recompensa de dos millones de pesos "a toda persona que entregue a estos delincuentes de cualquier forma o suministre información concreta que permita su detención". Pegaron carteles con esa leyenda y con sus fotos que aparecían en las paredes de los poblados, en los troncos de los árboles, en pulperías, almacenes y prostíbulos. Para ser más convincentes se pregonaba que Velázquez y Gauna habían violado "a las hijas menores de Villordo de Tacuruzal; Genes en Selvas del Río de Oro; Maciel en Laguna Blanca; Aguirre en Laguna Limpia". Aunque en el prontuario policial no figuraba ninguna de las acusaciones que denunciaba el cartel.
El flamante jefe de la policía provincial, capitán (RE) Aurelio Acuña, se puso a la cabeza de una movilización sin antecedentes: ochocientos policías bien armados y con perros salieron en persecución de los fugitivos; cortaron caminos, tomaron poblados, rastrillaron picadas y pajonales. Luego de cobrar el rescate de Persoglia, fueron localizados en General Obligado. El pequeño ejército se dirigió prontamente hacia ese lugar. Velázquez y Gauna emboscaron a una de las patrullas y dieron muerte al agente Juan Ramón Mieres, pero quedaron rodeados durante quince días por el cerco policial. Sin embargo, el terreno cubierto era demasiado amplio y desconocido para las patrullas; otra vez el "payé" de los esteros metió la cola, y Velázquez y Gauna consiguieron infiltrarse entre las líneas de sus perseguidores, dirigiéndose hacia el norte, el terreno que mejor conocían, hacia Makallé, La Verde, La Escondida y Lapachito donde sostuvieron un nuevo tiroteo.
El 8 de julio el Poder Ejecutivo destinó 99 millones de pesos a la provincia para equipar a la policía. Era tarde: Velázquez y Gauna habían ganado el monte y se movían entre los suyos. El 16 de julio, La Razón titulaba: "Mediante ayuda, los delincuentes Velázquez y Gauna habrían eludido el cerco policial". La operación más grande de la policía del Chaco había fracasado y se disolvió, vergonzosamente, en la espesura de los esteros. Pero la historia de los fugitivos se aproximaba a su fin.
EL PUENTE DE LA TRAICIÓN
Tras la "Operación Fracaso", como la bautizaron los paisanos, Velázquez y Gauna se instalaron en Quitilipi, cerca de una reserva toba cuya población los alimentaba y protegía. Desde allí comenzaron a preparar el asalto a la sucursal del Banco de la Nación en la localidad, de Machagai. Esta vez la policía se les adelantó; detectaron posibles contactos y convencieron a dos de ellos, una maestra y el cartero, para que entregasen a los fugitivos. Como explicaría, pomposamente, el capitán Acuña, "el procedimiento final con los resultados ya conocidos no fue, en absoluto, producto de improvisaciones o de la casualidad, sino la consecuencia lógica de un plan elaborado con inteligencia".
La maestra, Leonor Marinovich de Cejas, de 40 años, dijo que había decidido capturar a Velázquez para cobrar la recompensa junto con el cartero Ruperto Aguilar. Los pobladores de Machagai aseguraban que no había sido así, que la maestra era amiga de Velázquez desde mucho tiempo atrás y había colaborado con él en otras ocasiones. "Isidro nunca hubiera confiado en una desconocida", decían, y aseguraban que su traición obedeció a la presión policial.
Al anochecer del primero de diciembre de 1967, la señora de Cejas y Ruperto Aguilar debían trasladar en el Fiat 1500 de la maestra a Velázquez y Gauna desde Quitilipi hasta Machagai. Velázquez se ató un pañuelo a cuadros en el cuello, se calzó un cinturón con balas y salió en paz con su Winchester y una 38. Al llegar al puente de Pampa Bandera, la maestra simuló un desperfecto y detuvo el auto. Así lo había convenido con la policía. Treinta hombres, entre los que también había civiles armados hasta los dientes, aguardaban emboscados junto al camino.
El cartero y la maestra bajaron del auto y se desató un tiroteo infernal, más de quinientos balazos cruzaron el aire en pocos minutos. Gauna alcanzó a herir a Aguilar en una pierna y cayó fulminado. Pero Isidro ofreció resistencia con su Winchester. Hirió al cabo Santos Medina, se tiró del auto y se abrió camino a tiros casi trescientos metros en dirección al monte. La oscuridad cubrió al fugitivo, sus cazadores, desesperados, iluminaron el lugar con los faros de sus autos y vieron a Isidro empuñando su carabina, herido en una pierna y en un hombro y a punto de alcanzar la arboleda. Isidro dio vuelta la cara, deslumbrado, y cayó atravesado por la descarga cerrada de sus perseguidores.
Su hermana, que trabajaba en la estancia San Pedro, cerca del Paso Aguirre en Mburucuya, estaba lavando cuando le informan que lo habían matado a su hermano; ella solo distrajo por poco tiempo su tarea y preguntó: “¿Murió como un hombre?”, a lo que le respondieron que había muerto peleando, lo cual le llenó de orgullo, y dijo: “Entonces está bien”.
El capitán Acuña proclamó su victoria; el primero de diciembre fue declarado día de la policía del Chaco y el automóvil fue acondicionado como monumento provincial. Pero la población humilde lloró la muerte de Velázquez. Hombres y mujeres peregrinaron hasta el árbol junto al cual había caído y también marcharon hasta su tumba en Machagai donde depositaron ofrendas.
Las autoridades decidieron entonces quemar el árbol y borrar las señas de la tumba. El chámame lo registra: "Sin una vela encendida, sin una flor a su lado, sin una cruz en la tierra, hay dos sueños sepultados"; aun así, son muchos los paisanos que todavía, hoy, conservan, como reliquias, astillas del árbol de Pampa Bandera, y las tumbas NN de Machagai son, hasta hoy, objeto del culto popular. El chámame de Oscar Valles recorrió todo el país: "La muerte apagó la risa del sol que ardiente duerme en el Chaco, porque Machagai se ha vuelto un llanto triste de sangre y barro".
El gobierno de Onganía prohibió el chamamé, era el anticipo de lo que estaba por venir: habían desalojado del poder al presidente constitucional, honesto y humilde, don Arturo Illia. En ese momento, el sociólogo Roberto Carri se sentaba a escribir su libro, sin pensar que diez años más tarde, en 1977, sería secuestrado convirtiéndose en un desaparecido más de la dictadura. No fue el primer chamame proscripto, también “Cheruvicha” dedicado al general Filomeno Velasco, después de la Revolución Libertadora.
El chamame siguió cantándose en la clandestinidad, y ese sentido de pecaminoso lo hizo más popular y nacional. Nos recuerda Neruda: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”.