(Por Alejandro Bovino Maciel para momarandu.com) No es fácil rastrear a un escritor correntino ya fallecido. Buscando información para una página de “Literatura de Corrientes” uno tropieza con dificultades insalvables cuando las autoridades del área de cultura (que cobran jugosos sueldos para ello) jamás se ocuparon de tener un mínimo archivo
O relevamiento de los autores y autoras que escribieron y publicaron en Corrientes de apenas dos o tres décadas atrás. Ni pensar entonces en ninguna forma de nómina “oficial”, hemos de hurgar en archivos periodísticos, en recuerdos de amigos, en cartas personales como si aún viviésemos en el siglo XVII.
Efraín Maidana, a quien tuve el enorme gusto de conocer y tratar cuando yo aún vivía en Corrientes, había nacido en Goya en 1921. Tiempo después se radicó en Buenos Aires. La década del ’40 y el fervor musical, que circulaba como un aire en esa Buenos Aires que se polarizaba políticamente, lo atrajeron iniciándose como cantor. Varias orquestas de aquellos tiempos lo conocieron. Efraín amaba la música. Alguna vez me dijo, o me escribió (los recuerdos tienen la mala costumbre de no ser fieles) que la música era casi lo único que podía apartarlo de las amarguras que a todos nos dispensa la vida. Después, tentado por la soledad, empezó a escribir letras de canciones que él mismo hubiese querido escuchar. Ser público o lector es el mejor modo de ser autor, muchas veces. Cuando apoyaba la mano en el papel buscando escribir la letra de, por ejemplo, un tango, la mano lo traicionaba y terminaba regresando a la infancia, el paraíso perdido de todos los artistas.
“En la noche plateada vengo a ver
si es que hay dentro de tu pecho un corazón,
y al cantarte me conmueve la emoción,
porque es tuyo mi querer.
Tras la reja está escondido algún desdén
y el olvido en que me tienes sin razón,
no es verdad lo que te dice el sinsabor
ni las penas del ayer.
Saladeña, vuelve a mí,
aquí estoy para dejar
la amargura que te di...”
Las letras apretadas brotaban como de un manantial, todo volvía a Corrientes, como estos versos de “Mi Saladeña”, el chamamé al que el guitarrista y compositor Tomás Alarcón puso una música tan preciosa que ha pasado a integrar el repertorio habitual. Únicamente de este modo se puede conseguir ese prodigio en el que la música diga lo mismo que las palabras o, lo que es lo mismo, que las palabras se conviertan en música. Ambos, el autor y el músico deben saber qué quieren decir. Por eso desconfío visceralmente de otras triquiñuelas, como aquellas de agregar letras a un tema que nació siendo puramente instrumental, como “La Calandria”, todos los intentos se hundirán por la fuerza de la propia música que rechaza esos postizos.
Como cuentista, Efraín Maidana publicó “Narrador de la noche” en 1981. Guillermo Ara, uno de los críticos más prestigiosos de la UBA colocó esta obra en línea con la “mejor tradición narrativa argentina”. Después publicó un segundo libro “El Décimo y otros cuentos”. El cuento que da título a la serie, lo recuerdo brumosamente, se desarrolla en el desastroso día de la derrota de Pago Largo, cuando los carniceros de Urquiza y Pascual Echague deciden “dar una lección” a los rebeldes vencidos por la espantosa tiranía rosista, poniéndolos en fila y entresacando al décimo de cada línea para degollarlo frente a sus compañeros. El cuento transita por todos esos calambres espirituales que sacuden a las filas, sabiendo que el azar decidirá quiénes serán los sacrificados, pero ignorando a quién le tocará la pena que ven consumarse frente a sus ojos.
Efraín Maidana falleció en Corrientes, en 1992.