Corrientes, jueves 05 de marzo de 2026

Opinión Corrientes

El Imperio donde no se pone el sol

05-10-2019
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(Por Alejandro Bovino Maciel, para momarandu.com).  Después del Congreso de Psiquiatría de Lisboa, en agosto pasado, viajé por tierra acercándome progresivamente a Madrid donde tenía fijado el vuelo de regreso. Conocí varias ciudades de Extremadura que es la región que se encuentra al sur de España, entre Castilla y Portugal. Me interesaba especialmente conocer Yuste porque estoy escribiendo sobre Carlos V que murió allí, en un monasterio donde se retiró en 1553. También estuve Cáceres, Mérida (con un magnífico teatro romano del siglo I), Plasencia y Talavera, ciudades que fueron desfilando para arribar finalmente a Madrid.

En todo el trayecto atendía los modos de expresión de la gente. Habré oído unas setenta veces la palabra “venga” tanto para decir: está bien, de acuerdo, ya le traigo, muchas gracias, ¿qué más?, y varias otras funciones semánticas dentro del discurso. “Venga” se convirtió en equivalente de una palabra comodín que podría querer decir todo simplemente diciendo “venga”.

Esto me llevó a pensar que la vastedad del dominio del idioma español al mismo tiempo que su fortaleza, es su debilidad.

Sucede con esa asombrosa extensión geográfica que abarca el idioma español lo mismo que sucedió con el Imperio de Carlos V y Felipe II, que al ser tan extenso y con sitios tan remotos para la administración, terminó perjudicando su gobierno y se fue desmembrando lentamente, perdiendo acá una provincia, allá un país, más allá un continente. Hasta que perdió todo.

Muchas de las expresiones coloquiales de los madrileños y extremeños me resultaron desconocidas y no podía traducirlas mentalmente para saber qué me decían. Anoté una novela que venía leyendo, obra de un autor español que en el habla coloquial de los personajes inserta frases como estas:

-Dirá que es una chaladura, porque ni ella ni yo meamos agua bendita.

-Beber vino blanco en copas verdes es una hortelada.

-Esa clase catalana, cebona y aculada.

-A ver cómo vivían tus canacos, con sus costumbres charnegas.

-Siga así, si no le van a tomar por el pito del sereno.

-Vosotros estáis hechos unos pasotas.

-Luego las he pasado canutas.

-No me interesa el dinero, es por el puntillo.

-Un tabardo de ante acolchado.

-Ipaguirre era un perlotari vasco.

-Usted, como buen guripa, desconoce a la clase obrera.

El autor es Manuel Vázquez Montalbán. La novela se llama “Los mares del Sur” y si no fuera, una vez más, una novela policial, diría que es extraordinaria. Pero últimamente parece haber epidemia de novelas y series de TV de detectives en busca de asesinos, y es deber de la Policía Federal investigar todos los crímenes, ya que ese es su trabajo. Yo prefiero seguir leyendo novelas con otros temas menos forenses. Sin embargo creo que con esos ejemplos queda claro la ubicuidad del idioma español como así también su tremenda complejidad que va generando sociolectos que suenan muy familiares en su zona, pero que a otros hispanohablantes nos cuesta un poco comprender. Algo similar me sucedió el año pasado cuando conocí México. Tanto “chingado oficial, pinche boleto, meros carros de carrera” y otras expresiones que para ellos suena corriente pero yo no terminaba de comprender una cuando me lanzaban otra. Además, México es un sitio tan especial que no sé si habrá otro en el planeta donde llaman “pan” a una medialuna y “torta” al pan. Eso, y la manía de querer ponerle ajíes hasta al desayuno de frutas, me creó algunas complicaciones para entenderme con la gente en el trato cotidiano. Pero al mismo tiempo me llamó a pensar con detenimiento el inmenso continente de la lengua que adoro por sobre todos los idiomas de la Tierra.

Aunque no se me pierde que esa desmesurada extensión geográfica es también una de las formas de su fragilidad. El Imperio que no conocía el ocaso terminó eclipsado en el siglo XIX como si España, con todo el oro y la plata de la Conquista, hubiese comprado también su miseria y decadencia.