Corrientes, jueves 05 de marzo de 2026

Opinión Corrientes

Para qué sirve la ética, por José Miguel Bonet

02-10-2019
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(Desde Mburucuya) Los expertos aseguran que la racionalidad humana es contraria a maximizar el beneficio sin tener en cuenta valores ni sentimientos. La realidad se encarga de demostrar otra cosa. Reflexiona sobre ello Adela Cortina en su ensayo “Para qué sirve realmente la Ética”, un libro que, de modo preventivo, deberían tener a su alcance políticos y la sociedad toda.

Efectivamente, esta época nos depara demasiados ejemplos de las consecuencias de la falta de ética en las conductas de muchas personas con responsabilidades políticas y sociales. Y es preciso recordar que la ética “sirve”, entre otras cosas, para abaratar costes en dinero y sufrimiento en aquello que está en nuestras manos lograr, en aquello que sí depende de nosotros. Y también para aprender, entre otras muchas cosas, que es más prudente cooperar que buscar el máximo beneficio individual, caiga quien caiga.

Ninguna sociedad puede funcionar si sus miembros no mantienen una actitud ética. Ni ningún país puede salir de la crisis si las conductas antiéticas de sus ciudadanos y políticos siguen proliferando con toda impunidad. Se subordina cualquier atisbo de equidad y sensibilidad a las llamadas soluciones eficaces que, con frecuencia, suelen ser dolorosas para los que ya están más baqueteados por la crisis.

El panorama de corrupción política es desolador. Cada día aparecen nuevos casos dónde los políticos utilizan el dinero de los ciudadanos que, previamente, han confiado en ellos, para su beneficio personal. Aparecen hasta guías para no perdernos en los casos de corrupción. Es preocupante.

No obstante, estoy preocupado porque la corrupción está muy extendida fuera de la clase política. Sin ir más lejos, un amigo me contaba el otro día cómo se había ahorrado algo más por pagar sin factura la última reparación de su auto. Lo que realmente me preocupa aquí es que ese mismo amigo se confiesa totalmente decepcionado por la corrupción política. Es decir, parece que estamos preocupados por la corrupción de los demás, pero no por la nuestra; la necesidad de echar la culpa de nuestros males a los demás nos lleva a no aceptar que la corrupción no es un problema político, sino de toda la sociedad. Simplemente quiero hacer ver que un país donde los ciudadanos se estafan entre sí no tiene futuro.

La mitad de los argentinos admite que participaría de un acto de corrupción si el beneficio económico fuera alto, según una encuesta del Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano. Además, el 55 por ciento votaría a "un político que mejore la economía o solucione los problemas del país y al mismo tiempo sea corrupto", y parece resignarse a aceptar la corrupción como un fenómeno irremediablemente extendido en la sociedad y en la administración pública. Prácticas corruptas o incompatibles con los deberes de funcionario, como el enriquecimiento patrimonial durante el ejercicio de un cargo, el nepotismo, el tráfico de influencias, las dádivas y los homenajes en vida, se suceden a la vista de todos sin suscitar demasiadas reacciones.

La corrupción en Argentina está naturalizada. Es una sociedad desintegrada, desorganizada, que atravesó represión, desaparición, inflación, deflación, el deterioro de la escuela pública y de los hospitales. “Lo único que no puede regir en una sociedad de sobrevivientes es la ley, y rige solamente la sobrevida", afirma Jorge Giacobbe, analista político y presidente de la consultora Giacobbe & Asociados.

Mientras no haya políticas públicas consistentes, que se plasmen en instituciones que no puedan ser fácilmente removidas por los gobiernos, va a ser muy difícil que la corrupción deje de ser un problema en Argentina.

La fractura social y la pobreza crecen mientras el poder solo prescribe austeridad para los que ya practican esa virtud. Los consejos son mucho más asumibles si quien se encarga de darlos los convierte en ejercicio obligado para sí mismo. De otra manera solo imitamos conductas de nuestros parientes más cercanos, los chimpancés, incapaces de entender comportamientos cooperativos. Ellos son —sobre el papel— mucho más propensos a actitudes injustas y prepotentes. Son incapaces de actuar con equidad, porque el individuo que tiene el poder y toma la iniciativa somete al resto del grupo a sus reglas, que, a su vez, las acepta sin rechistar. El norte que los guía es maximizar el beneficio propio sin tener en cuenta valores ni sentimientos. Una ética tan peculiar como triunfante.