Vivimos tiempos de crispación social. Pero no seamos tan optimistas, no es un problema argentino exclusivamente, la cosa está muy generalizada. Algún día se estudiará a fondo las consecuencias de la hipercomunicabilidad de las redes sociales, la facilidad con que cualquiera hoy por hoy puede lanzar acusaciones, calumnias y toda forma de difamación en una vidriera sin control como son las redes sociales.
He leído todo tipo de dicterios, insultos, burlas y acusaciones que empezaron lloviendo sobre personajes del mundo de la política, el espectáculo y el deporte. Yo mismo incurrí algunas veces en ese error que está colindando con el delito. Se ha masificado el linchamiento y cualquier persona hoy por hoy puede convertirse en juez y fiscal del prójimo basándose en simples trascendidos anónimos como fuente de datos para incoar un proceso socio-legal. Todo esto, por suerte, no pasa de ser una de las formas del entretenimiento individual, pero creo que perjudica seriamente el ámbito social, donde se levanta la sospecha como método sistemático.
Las noticias serias, las verdaderas noticias, suelen circular con respaldo, vale decir, una fuente fiable o un documento que al menos nos remita al origen de la información para poder verificar la autenticidad o falsedad de la misma. Pero el 98% de la información que circula en las redes suele ser inventada, falsa y sospechosa. La mayoría de las veces, nacida de intereses politiqueros y tendenciosos que buscan inclinar la voluntad de los demás hacia una “causa” política y social. El único respaldo que tienen estas noticias falsas, es lo que los psiquiatras llamamos “catatimia”, vale decir, el odio o amor que nos inspira una persona o grupo.
Lo grave es cuando vemos tanto en redes sociales como en los medios, especialmente en la inefable televisión, a personas que piden a gritos la pena de muerte como solución para resolver la criminalidad e inseguridad.
Empezaron pidiendo pena de muerte para crímenes atroces (alguien que asesina a un niño, por ejemplo, que nos ocasiona una fuerte repulsión a todos), después ya pidieron para robos y corrupción (el famoso que los ahorquen en la plaza) y últimamente ya piden hasta por la falta de urbanidad al no ceder el asiento en un colectivo a una mujer embarazada. Cuando uno confronta a los pedigüeños de pena de muerte y pregunta para qué serviría esta medida extrema, invariablemente responden que como ejemplo y disuasivo. Supongo que en su inmensa mayoría estos fanáticos de la justicia ignoran las estadísticas. En EEUU, como todos sabrán, hay pena de muerte en algunos Estados y en otros, no. Pueden consultar todos los estudios y seguimientos que deseen y terminarán comprobando que no hay diferencias de indicadores en cuanto a la criminalidad entre los Estados que tienen y los que no tienen pena de muerte. Ergo, la teoría “disuasiva” se derrumba al toque, como dice mi sobrina. Otros fanáticos de la justicia pretextan que la pena de muerte es la verdadera justicia para un asesino: vida por vida, es su razonamiento. Juristas de todo el orbe los refutan. Si un asesino mata a una persona de menor edad (supongamos un asesino de 40 años que mata a un transeúnte de 20) ambos tienen una expectativa de vida de 70 años, de manera que nuestra justicia terminó premiando al asesino. El criminal tenía solo 30 años más de vida, pero la víctima aún tenía (estadísticamente) 50 años de vida por delante. Esto reduce nuestro concepto de justicia a una inequidad. Aun así, nuestros solicitantes de pena capital suelen argumentar que mejor matar al asesino para evitar que siga cometiendo crímenes, es decir, quieren resolver el efecto sin mirar la causa. De nada valdría ahorcar a un asesino diariamente atacando el efecto si las causas de la delincuencia (pobreza, marginación, analfabetismo, miseria, desocupación) siguen vigentes. Por un asesino que liquidemos, mañana nacerán diez.
Pero por encima de todos estos argumentos, pedir la pena capital es igual a otorgar al Estado patente de corso para decidir sobre mi vida, que es lo único que tengo. El día de mañana puede que yo, que no soy muy simpático, no le caiga en gracia a un gobernante, éste decidiera envolverme en un complot, o involucrarme en un acto de terrorismo (tiene a su disposición todo el aparato judicial y policial del Estado) y terminara rebanándome el cuello en nombre de la justicia.
Siempre recomiendo a mis amigos que antes de repetir tonterías, piensen un momento. Por alguna razón la naturaleza colocó nuestro cerebro arriba de la lengua. Es para que usemos ambos elementos en ese orden.