Hoy compartimos en momarandu.com algunos textos del escritor del NOA, Rogelio Ramos Signes. Acercamos aquí algunos microrrelatos y poemas de este, además, novelista, ensayista, periodista literario y difusor cultural, que también podremos escuchar leídos en la voz de Facundo Sagardoy
ACERCA DEL AUTOR
Rogelio Ramos Signes nació en La Rioja a fines de 1949, pasó toda su infancia en San Juan, su adolescencia en Rosario (provincia de Santa Fe) y vive en Tucumán desde 1972.
Es periodista literario y difusor cultural; publicó un libro de cuentos: “Las escamas del señor Crisolaras”; cinco novelas: “Diario del tiempo en la nieve”, “En los límites del aire, de Heraldo Cuevas” (Premio MÁS ALLÁ a la Mejor Novela Argentina de Ciencia Ficción,1986), “En busca de los vestuarios” (Premio ALIJA, 2005), “Por amor a Bulgaria” (Primer Premio Luis de Tejeda, 2008) y “La sobrina de Úrsula”; tres libros de ensayos: “Polvo de ladrillos”, “El ombligo de piedra” y “Un erizo en el andamio”; tres libros de poesía: “Soledad del mono en compañía”, “La casa de té” y “El décimo verso”; y un libro de microrrelatos: “Todo dicho que camina”.
Colabora con publicaciones nacionales y del exterior. Dirige desde 1982 la revista “A y C” (Arquitectura y Construcción). Dicta talleres literarios y de expresión escrita. Parte de su poesía y de su narrativa ha sido traducida y publicada en francés, portugués, rumano, inglés e italiano.
Es miembro fundador de la Asociación Literaria “Dr. David Lagmanovich”.
LEAMOS A RAMOS SIGNES MICRORRELATOS
MNEMOTECNIA ARITMÉTICA
Sólo tenía La Biblia a mano cuando ella le dejo su número telefónico.
No quiso anotarlo en el margen de la página del evangelio de Juan que estaba leyendo, por respeto a su contenido. Y lo memorizó.
Por eso, cada vez que alguien menciona el versículo donde Pedro niega haber estado en el huerto con Jesús, un gallo virtual suena en su memoria y él se repite 4-24-87-03.
RUTINA
Listo para el funeral, abrocho el botón superior de mi camisa, ajusto el nudo de la corbata, compruebo que haya salido la mancha del chaleco, guardo el rosario en el bolsillo y salgo a la calle.
Algunas veces me olvido de entrar en el cajón. Ni hablar de meterme en el pozo.
EN LA PENSIÓN
Era joven para tener esas manías, pero las tenía. Cada mañana al levantarse, y luego de lavarse la cara, frotaba su pelo con alpiste.
Nunca nos animamos a preguntarle los motivos de su tempranera ceremonia; cada uno hacía lo que quería en aquella pensión, mientras no molestase a los demás. Por eso no llegamos a saber los motivos que lo llevaban a hacer eso, pero sí a comprender por qué siempre tenía "la cabeza llena de pajaritos".
A PIE DE PÁGINA
Durante el auge de las zapatillas deportivas, Cenicienta vuelve a probarse el zapatito de cristal. Ha crecido en años y en peso, y ya no le calza.
El príncipe, con la realeza en baja, trabaja en un lavadero de autos. Allí usan botas de goma.
Su madre, la casi centenaria reina, anda todo el día en ojotas de plástico; y su hermana, pobre ya pero siempre a la moda, usa unas plataformas con aspiraciones de zancos.
Esta es la desabrida historia de gente que tuvo el mundo a sus pies.
POEMAS
TEXTO ACERCA DEL ADIÓS
¿Cuántos libros bienqueridos ya no volveré a abrir?
Ni siquiera recuerdo algunos de los que están en el último anaquel,
el superior, el de más arriba,
al que sólo llego con mucho esfuerzo o desde una escalera.
¿Cuándo los puse allí?
¿Cuándo dejé de interesarme en los temas que ellos me proponían?
¿Volveré a necesitarlos?
¿Los abriré con ansiedad?
¿Seré capaz de pedirles disculpas por el tiempo que los tuve olvidados?
¿Qué extraños recuerdos volverán a la superficie,
obligándome a hojearlos con algo de temor,
deteniéndome en un párrafo que alguna vez puso algo de luz en mi bruma,
en una lámina de estilo encantadoramente envejecido,
en una tipografía ya fuera de uso?
¿De cuánto momento amable, de cuánta enseñanza lejana, de cuánta emoción pretérita
olvidaré despedirme?
FESTEJO PARROQUIAL
Cuando san Cristóbal salga del río,
cuando san Cristóbal pueda llegar a la orilla
comenzará la fiesta.
El gigante no sabe bailar.
El gigante no tiene gracia para moverse.
“Pero trae al niño” dice la gitana
que agita sus castañuelas frente a mi cara.
Y así es: lleva al niño sentado en sus hombros.
El gigante tiene cara de perro, y se lo dicen.
“Cara de Perro. Cara de Perro”.
Es un apodo cariñoso y el gigante se ríe.
Los encuadernadores lo incluyen en sus portadas
a todo color.
Los jardineros ensanchan los caminos
por donde alguna vez habrá de pasar.
Los carpinteros fabricarán una mesa
con el árbol que el gigante lleva en una mano.
San Cristóbal, que todavía no es santo
pero sí gigante con cara de perro
y que no tiene gracia para el baile
llega a la orilla, deja al niño en la playa
y comienza la fiesta.
VIEJOS OFICIOS
Cosía trajes de novia que otras lucían.
Cosía como si suturara una herida.
Cosía con la minuciosidad de un alquimista.
A su manera escribía en cada costura
la historia que no había podido vivir,
el traje que no había logrado vestir,
el amor por un hombre y por los hijos.
Canturreaba melodías que nadie compuso
y hablaba de telas, como si fuesen personas,
mi madre.