Corrientes, viernes 15 de mayo de 2026

Sociedad Corrientes
LAS LOMITAS

Momarandu con un sobreviviente de la Masacre de Rincón Bomba

05-07-2019
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A continuación, transcribimos la entrevista realizada en 2006 por momarandu.com al cacique sobreviviente de  la etnia pilagá, Alberto Navarrete:

(Por Amelia Presman, enviada a Formosa)  Momarandu.com entrevistó al cacique de la etnia pilagá Alberto Navarrete, sobreviviente de la llamada Masacre de Rincón Bomba, hecho ocurrido en 1947 y que volvió a la consideración pública luego de que la justicia federal ordenara exhumaciones en cercanías a Las Lomitas -Formosa

Según se cree, hay ahora firmes indicios de que en esa jurisdicción se encontrarían las tumbas comunes de más de 500 mujeres, niños, ancianos y hombres de la etnia pilagá, masacrados por tropas de la Gendarmería Nacional entre el 10 y el 30 de octubre de 1947.
Además de los muertos se estima hubieron más de 200 desaparecidos. Ello, sumado a los más de 50 muertos por intoxicación, hambre y falta de atención médica y la desaparición de un número indeterminado de niños, elevarían las bajas a más de 750.

El hecho permaneció oculto, al punto que en la propia ciudad de Las Lomitas, muchos ciudadanos consultados por momarandu.com desconocen el episodio. (Ver más adelante)



“NO ESTABAMOS ARMADOS”
La noche ya cayó sobre el campamento aborigen, cuando Navarrete recibe a momarandu.com. El lacerante canto de las ranas reverbera en los algarrobos y constituye el único sonido que prevalece en el ambiente, cargado de humedad y de miseria. Diecisiete familias en condiciones precarias viven en el campamento, bajo la autoridad de este hombre, el más anciano de la comunidad.

El cacique habita en el kilómetro 14 de la ruta provincial N° 28 de Formosa, en cercanías a la ciudad de Las Lomitas, que dista a unos 300 kilómetros de la Capital. Tiene 71 años asumidos aunque los integrantes de esa comunidad saben que su edad ronda los 80, por la edad aproximada que tenía cuando presenció la matanza.

El hombre habla en un castellano cerrado y al mismo tiempo emplea términos de su lengua nativa durante el transcurso de la conversación. Sin embargo, no es difícil comprender el sentido general de sus ideas.

Sin penachos ni ornamentaciones que lo destaquen por sobre el resto, el guía de los pilagás accede a sacar una silla de su casita de madera y abandona el fuego que ilumina tenuemente la habitación. Parece ciego: de los ojos se le desprende una humedad que a veces parecen lágrimas y a veces no.

Pero no ha perdido la visión. Cuentan en el poblado que los días de sol, Navarrete recorre ida y vuelta los 14 kilómetros que separan el caserío de la ciudad de a pie.

Recuerda que era pequeño cuando ocurrieron los hechos. El era uno más de los aborígenes cuyas familias regresaban de Salta despedidos del ingenio San Martín de El Tabacal por haber reclamado que se les abonara un prometido jornal de 6 pesos en la cosecha de caña de azúcar.

-¿Qué pasó aquel día de la matanza?
-Yo me estoy acordando del ´47. Gente amontonada en madrejón. Gendarmería disparó. Nosotros pudimos correr al monte. Yo visto eso. Yo declaré eso. Era 6 de la tarde. No teníamos armas nosotros. Correr nomás. Ellos tenían ametralladoras.

-¿Usted recuerda haber visto a gendarmes dispararles?

-Yo escuché ametralladoras. Al monte nosotros en plena noche. No sabemos que pasó con todos, con las tolderías...Antes ya habían muerto envenenados. Yo visto eso. Nos fuimos a Campo del Cielo (un poblado a 35 km de Lomitas). Muchos visto tirados, no se si los enterraron. Nosotros queremos saber.

-¿Sienten que el Estado Nacional intentó deshacerse de ustedes?
-Nos trataron muy mal. Gendarmería nos corrió de madrugada. ( Vale aquí una aclaración: Navarrete, como muchos de los otros aborígenes, diferencia la administración de Perón de la fuerza desplegada por Gendarmería para reprimirlos y salva la figura del ex presidente, asegurando que desde Nación no hubo orden de disparar). Dormimos en el monte. En Campo del Cielo Nicolás Curestes nos ayudó. Estaba en defensa de nosotros y nosotros ponerlo cacique.

En días posteriores, la matanza continuó. Testimonios aseguran que los disparos volvieron a oírse tanto en Campo del Cielo ( a unos 30 km de Lomitas) como en Pozo del Tigre (distante a unos 35). Unos 200 indios más murieron en los alrededores. Y una cifra similar se salvó gracias a Nicolás Curestes, un hombre de la zona que refugió a los aborígenes y protegió a muchos.

Tal fue el respeto ganado por el criollo, que el hombre fue nombrado cacique honorario por los integrantes de esa comunidad. Cuentan en Lomitas, que al fallecer años atrás su cajón fue cargado al cementerio por los aborígenes mismos.

-¿Porqué los mataron?
-No sabemos.

-¿Porqué ahora deciden investigar, habiendo pasado tanto tiempo?-
-Queremos conocer que pasó con ellos. La verdad.

DESPIDOS, HAMBRE Y DISPAROS
Siguiendo las vías del ferrocarril, hambrientos, los pilagás que volvían de Salta se instalaron en un descampado llamado Rincón Bomba, cercano a Las Lomitas. En ese entonces, el asentamiento estaba ubicado en la intersección de la mencionada ruta provincial y la vía nacional 11, sitio donde se estima estarían enterrados los cuerpos.

Encontraron allí no sólo un madrejón que les proporcionaba agua, un recurso fundamental teniendo en cuenta el lugar hostil y las elevadas temperaturas; sino también compañía: ahí estaban asentados grupos aborígenes de su misma etnia.

Según investigaciones efectuadas por los abogados de la causa (Julio César García y Carlos Alberto Díaz) los indios pidieron alimentos a la Comisión de Fomento y también al comandante Emilio Fernández Castellanos, del escuadrón 18 de Gendarmería, con base en Lomitas. Pero el poblado sentía temor a una eventual agresión por parte de los aborígenes (aunque los pilagá no eran una comunidad agresiva e incluso testimonios de la época dan cuenta de que entre los "blancos" y éstos existían relaciones de naturaleza comercial).

Los aborígenes pasaron el invierno a la espera de respuestas tanto por parte de esa fuerza como del Estado Nacional por entonces a cargo de Juan Domingo Perón. En esos años, Formosa era Territorio de la Nación (no fue declarada provincia sino hasta 1956) y Las Lomitas, un poblado de escasas familias asentados cerca del Escuadrón de Gendarmería.

Mediante gestiones del cacique Pablo Navarro y de su líder espiritual Luciano lograron que se les dieran ropa y comida para que seis de los aborígenes se trasladaran a Buenos Aires para entrevistarse con Perón. Dice Luis Zapiola, abogado de Lomitas, en un artículo incluido en un curso de derecho de los Pueblos Indígenas en la UBA que "es tan cierto que quisieron ver al Presidente en Buenos Aires, como que después desistieron proponiendo que el Presidente los visitara a ellos "para que éste viera cómo vivían".

Finalmente, el Presidente de la Comisión de Fomento, telegráficamente, solicitó al Gobernador Federal el urgente envío de ayuda humanitaria, éste se comunica con el Ministro del Interior de la Nación y éste a su vez le hizo saber al presidente Juan Domingo Perón quien ordenó como parte de una ayuda mayor y planes de desarrollo tres vagones cargados de mercadería y ropas.

La ayuda llegó a destino, pero el delegado de la Dirección Nacional del Aborigen, Miguel Ortiz, demoró el cargamento en una estación. Finalmente a Lomitas arribaron dos vagones con media carga y la comida no se encontraba en condiciones de ser consumida. Sin embargo, ello no fue un impedimento para que los alimentos se repartieran en el campamento indígena. La hambruna de los pilagás era tal que aún así los consumieron. Más de un cincuentenar sufrió una intoxicación que les costó sus vidas.

Así estaban las cosas de tensas cuando el cacique Pablito pidió hablar con el jefe de Gendarmería. Era el 10 de octubre y gendarme y cacique debían encontrarse a cielo abierto. Pero a éste último lo siguieron aproximadamente unas mil mujeres que llevaban consigo retratos de Perón y Evita Duarte y avanzaban hacia los efectivos. Un centenar de gendarmes abrió el fuego contra el gentío.

En los pocos diarios de la época que dieron cuenta del hecho, se informaba de una sublevación. “Extraoficialmente informamos a nuestros lectores que en la zona de las Lomitas se habría producido un levantamiento de indios. Los indios revoltosos pertenecen a los llamados pilagás quienes, según las confusas noticias que tenemos, vienen bien provistos de armas (...) Ya se habrían producido algunos encuentros, no se sabe si con los pobladores de la zona o con tropas de la Gendarmería Nacional –Diario Norte, Formosa, 11 de octubre de 1947, página 1, columna 5”.

EXCAVACIONES Y SILENCIO
La causa fue presentada en abril del 2005, y en ella el pueblo pilagá solicita se le pague una indemnización por daños y perjuicios, lucro cesante, daño emergente, daño moral y determinación de la verdad histórica por un valor de 100.000.000 de dólares.

Las excavaciones fueron autorizadas por el juez federal formoseño Marcos Bruno Quinteros, en un predio cercano a Las Lomitas que desde 1987 pertenece a Gendarmería, los últimos días de diciembre. Otro sobreviviente de la masacre, colaboró con la identificación de la zona, ahora convertida en un bosquecito.

Aunque sólo encontraron hasta el momento huesos humanos que podrían pertenecer a una mujer pilagá, los abogados y los mismos aborígenes creen que allí podrían hallar cientos de cuerpos muertos en la masacre de Rincón Bomba.

Esas exhumaciones debieron suspenderse el 30 de diciembre del 2005 por el inicio de la feria judicial y los patrocinadores de la causa resolvieron pedir ayuda económica a Nación porque consideran que están ante una tarea de investigación que demandará meses de trabajo en el lugar.

El hecho, que fuera difundido en diarios digitales de la región, cadenas nacionales de televisión y radios internacionales, no pareció conmover a la comunidad de Las Lomitas, que continuó sin interrumpir sus habituales actividades y sin inmutarse siguió viendo pasar a los aborígenes por las calles, vendiendo sus artesanías.

A fuerza de verdad, tampoco la gran mayoría tiene conocimiento de la masacre. La matanza fue ocultada con celo y pocos documentos hay que revelen los acontecimientos que allí tuvieron lugar 58 años atrás.

"Las Lomitas nació como un asentamiento cercano al ferrocarril y a Gendarmería. La mayoría de los que acá viven tienen algún familiar en la fuerza. Eso explica en parte porque el hecho aún sigue oculto" comentó a momarandu.com Juan Carlos Godoy, delegado del Instituto de Cultura Popular que trabaja con los aborígenes.

La gente de Lomitas (ciudad de unos 15 mil habitantes, de los cuales una altísima cifra depende de la administración municipal) ha tenido contacto con las comunidades aborígenes por años, lo cual no necesariamente significa integración.

Los derechos de los aborígenes son permanentemente violados según comentarios de profesionales y docentes del lugar. Padecen la discriminación de los "criollos" y el olvido de la clase política que los ha "recompensado" con la entrega de planes sociales y los utiliza en tiempos electorales para mantener la ciudad como bastión peronista.

Los aborígenes viven al margen de los blancos, en barrios alejados y con escuelas propias. Además de los planes Jefes y Jefas de Hogar y de la comercialización de sus artesanías (carteras, monederos, collares de semillas, tapices, cerámicas, trabajos en madera y canastos) reciben la ayuda del Instituto de Cultura Popular (INCUPO) que presta capacitación en derechos humanos e información.