Corrientes, lunes 17 de enero de 2022

Cultura Corrientes
ANFITEATRO MARIO DEL TRÁNSITO COCOMAROLA

El arte folclórico eleva su canto en honor a Malvinas y los héroes de la pandemia en la 31° Fiesta Nacional del Chamamé

15-01-2022
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(Por Facundo Sagardoy para momarandu.com) El chamamé, canto-danza patrimonio de la humanidad, reunió este viernes a sus mejores maestros para dar en la gala inaugural de la 31° Fiesta Nacional del Chamamé un homenaje sin fronteras a los héroes y abatidos por la pandemia de Covid-19 y bendecir el legado soberano del pueblo argentino sobre el territorio de las Islas Malvinas.

Allí entraba la Virgen morena, por allí los gauchos, las chinas, y las fuerzas policiales, las de salud, y una vez más, el pueblo bajo el escenario mayor de la fiesta nacional.

Dos años luego, con el corazón empapado de lágrimas, los chamameceros volvieron a cantar en Corrientes, y a bailar sus danzas, a entonar sus poemas, a dar con sus acordes alas a los sonidos del viento y a los rasguidos de los sauces y de los lapachos, a los rugidos del yaguareté, al trote del ciervo de los pantanos y a la voz del zorzal.

Han dado honor a los obrajes en los campos litoraleños, ilustrado el cielo de la capital con aquella escuela de la vida y del trabajo a destajo bajo soles que quiebran la piel, bajo lunas infinitas y profundos amores que superan hasta a la propia muerte.



Un día volvieron para hallar que jamás se habían ido, como los nombran en esta misma fiesta, los de antes, los que avivaron el fuego guaraní, los que hicieron al hombre de esta tierra jesuita cantar sus alabanzas, los que abreviaron el mundo en esta perla inaudita, y los que dieron un nombre a este arte, canción, poema y danza.



Aquí, el folclore ha regresado para cantar una luna de silencio, de dolor, pero también de alegría.

"¡Viva Malvinas!¡Vivan nuestros héroes!¡Viva Corrientes!", gritaba el público aún sin saber de las obras que sus maestros, uno a uno, con el corazón fundido en el escudo de la patria argentina, habían preparado para unirse a ellos.

Esta vez, los héroes visten chaquetas y overoles celestes, blancos o verdeagua, recogen su cabello bajo sujetadores y usan máscaras y antiparras.

Como en aquella ola de aplausos que por varios días recorrió de punta a punta el planeta, aquí también los ciudadanos los reconocen desde el aún pequeño confinamiento tras sus barbijos por sus conquistas en el primer frente de batalla.



Son el ejército de médicos y médicas, de enfermeros y enfermeras en hospitales y centros de atención primarios, de conductores de ambulancias, de cuidadores y trabajadores sociales, los cientos de miles de efectivos de fuerzas de seguridad que día tras día recorren las calles de ciudades y pueblos, que asisten bloqueos preventivos, distribuyen alimento y medicina e informan cara a cara sobre los cambios que reclaman las estrategias epidemiológicas recién descubiertas, y los millones de educadores que preparan cuadernillos domiciliarios, y abren desde sus propias casas, escuelas, colegios y universidades para fórmulas inimaginadas de estudiantes en todo el planeta.



En este nuevo mundo, donde el hogar se ha convertido en un cuartel de campaña, en un pequeño hospital, en una sala de debates legislativa, en el estrado de un tribunal, en un despacho presidencial, en un salón de conferencias, en un recinto sindical, en una pequeña unidad fabril, en un estudio de radio, de televisión o de diseño, en un auditorio para conciertos, en un teatro, en un taller de artes visuales, en una puerta hacia cualquier lugar, en una biblioteca infinita, en un crucero por el tiempo, la locura y la tristeza, y en muchos otros espacios que emergen de la fantasía o que impone la realidad, la esperanza, el más importante bien moral del ser humano, resurge junto a ellos.

No habría habido otro modo de dar a esta fiesta sus primeras palabras.

Aún no.

Sólo un profundo silencio aún describe el dolor que han de reflejar las artes para recordar este tiempo.

Silencio del cual antes que hoy solo Zini supo hacer alimento para dar de beber el vino de la sangre del poema guarnecido de futuro.

Hoy, Corrientes ha devuelto al maestro, tenue y abruptamente acaecido en llanto.

Con una palma en el rostro y un puño apuntando hacia el cielo un gaucho grita un sapucay en el centro del anfiteatro, como si jurara venganza por haber dejado partir los restos del padre poeta, santo del rezo alado, gladiador de los versos de los pueblos y las formas humildes con que crece la naturaleza.

Este sapucay también ha sido su homenaje.

Así ha sido esta noche.

Un vendaval de expresiones de amor hacia los guardianes de este patrimonio y de sus leyendas, una sinfonía de rezos para bendecir el terruño cantado por las fuerzas que lo han defendido hace ya dos siglos de las invasiones inglesas, una alabanza guaraní, un grito de júbilo, un archipélago austral, una enramada de luz, un tunel inteligible, intangible, que alumbra los siglos más allá del presente.