Corrientes, lunes 17 de enero de 2022

Opinión Corrientes

Pinocho

22-11-2021
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“El próximo miércoles que recordamos el día de la militancia, llenemos la Plaza de Mayo y celebremos este triunfo como corresponde”.- Presidente Alberto Fernández, 14.11.2021

(( Por Jorge Eduardo Simonetti).).Quién le cree hoy al presidente? Alberto sigue pensando que tiene la fórmula para crear ficción sin que se note, y además pretende no pagar las consecuencias por ello. Está convencido de que cautiva al público, más allá de sus extravíos verbales, su mirada melosa y su tono de pastor.

  Pero ya no, esa fórmula perdió eficacia hace más de un año, el cuerpo social ya desarrolló anticuerpos, reconoce el virus albertiano de la mentira, del doble mensaje, de la moral bifronte, y lo ha neutralizado con la vacuna democrática.

El domingo pasado, luego de los comicios, el presidente dio un discurso a tono con lo que se lo conoce, alejado de los hechos y con la mejor cara de un gato ronroneando al dueño, con actitud melindrosa y almibarada. Por si ello no alcanzara, su temperamento lo llevó a lanzar en el búnker del Frente de Todos su enésima mentira: “El miércoles llenemos la Plaza de Mayo y celebremos este triunfo como corresponde”.

El miércoles pretendió traducir su ficción al idioma albertiano: “El triunfo no es vencer, sino nunca darse por vencido”. Tarde y mal.

¿Qué parte de los resultados electorales no entendió el presidente? Las matemáticas, ciencia exacta si las hay, indica todo lo contrario: en las legislativas del domingo pasado el oficialismo perdió a manos de la coalición opositora, en Provincia de Buenos Aires (tradicional bastión del perokirchnerismo) 39,81 % a 38,53 %; en el país Juntos alcanzó el 41,89 % contra un 33,03 % del Frente de Todos (abajo por casi 9 puntos porcentuales), el Gobierno cayó en 13 provincias, entre ellas en 6 de las 8 que elegían senadores nacionales, reduciendo las bancas senatoriales cristinistas de 41 a 35, perdiendo el quorum y la mayoría por primera vez desde 1985.

Además, hay que decirlo, los medios en general realizan una indebida comparación entre las Paso y las generales, dos meses en que nada puede cambiar, salvo por el ejercicio de un clientelismo descarado y el cuasi monopolio de los medios de transporte del día de la elección. La verdadera comparación debe realizarse con la primera vuelta de las generales de 2019, en la que el dúo Alberto-Cristina obtuvo un 48,24 % de los sufragios, contra un 33,03 % de 2021, lo que significa una sangría de más de 15 puntos porcentuales.

El objeto de esta nota no es analizar la caída casi estrepitosa del kirchnerismo, que de a poco se va convirtiendo en un partido del conurbano bonaerense, sino la actitud del primer mandatario, al que le quedan todavía dos años de gobierno.

Además de las pésimas condiciones objetivas de la economía, el panorama político institucional está en baja, sobre todo con la pérdida de las mayorías legislativas, lo que necesitará de un presidente creíble para encarar las negociaciones o los acuerdos necesarios para un tránsito medianamente normal hacia 2023.

Pero si de algo carece hoy el primer mandatario es de credibilidad. ¿Cómo se puede gobernar sin ella?

El presidente tiene una relación enfermiza con la verdad, con los hechos, con la realidad. Sus vaivenes conceptuales son ya un clásico, también sus extravíos verbales.

 El periodista y politólogo Jonatan Viale concluye sus ya tradicionales editoriales televisivos con la siguiente frase: “Hechos sagrados, opiniones libres”. Para Fernández, también los hechos son libres, los manipula “a piacere”. Es como si hubiera desarrollado una inmunidad muy marcada contra el virus de la verdad.

Soy abogado, no psicólogo ni psiquiatra, pero me animo a plantear un dilema: ¿la íntima relación de Alberto con la mentira tiene origen psicológico o es un problema moral?

Una visión benigna nos puede llevar a calificarlo de “solipsista”; la otra, menos condescendiente, de “mitómano”.

El “solipsismo” es una teoría filosófica que postula que la realidad externa solo es comprensible a través del “yo”. No existen los hechos objetivos, la aprehensión de la realidad siempre está filtrada por el ojo del que la mira. Alberto sería, entonces, un “solipsista filosófico”, sus propios ojos filtran los datos externos, convirtiendo las derrotas en triunfos.

Puede ser también una patología médica, una psicosis, Alberto puede tener falsas creencias acerca de lo que está sucediendo o de quien es (delirios), ver o escuchar cosas que no existen (alucinaciones).

También puede sufrir de un trastorno de despersonalización, un desorden mental que hace que las personas no sientan que forman parte de la realidad.

La mitomanía es la mentira patológica, se ha definido como una invención inconsciente y demostrable de acontecimientos muy probables y fácilmente refutables. Miente repetidamente pero no tiene conciencia de ello.

Una u otra explicación nos conducen a determinar que el problema de Alberto puede ser de origen filosófico o patológico, del solipsismo a la mitomanía. En cualquier caso, un problema grave para un presidente.

Pero no, me temo que su problema es moral, constituye un trastorno de personalidad, un antivalor, una conducta consciente del sujeto (Alberto) que no duda en valerse reiteradamente de la mentira como mecanismo de supervivencia. O sea, miento porque me conviene.

Si Alberto solo fuera un abogado y profesor universitario, las consecuencias de sus mentiras la tendrían sus alumnos, sus clientes y las personas cercanas. Pero no, él es el presidente de los argentinos, todos sufrimos su falta de compromiso con la realidad, sus dislates verbales, sus embustes reiterados.

Un cuento clásico, “Pinocho”, enseña a los niños lo que ocurre cuando dicen mentiras. Pinocho aprenderá a obedecer, a hacerse responsable, a dar valor a la escuela, pero lo más importante: enseña el valor de la verdad.

Pinocho era un niño, y pudo aprender. Alberto no solo es un adulto sino además presidente; difícilmente aprenda ya.

La cuestión es grave, porque para un primer magistrado la credibilidad es esencial. Volvemos a la pregunta del principio: ¿quién le cree hoy al presidente? ¿le creen los ciudadanos, o una mayoría de ellos por lo menos? ¿le cree la oposición, con los que tienen que enhebrar acuerdos para gobernar? ¿le cree el FMI, con los que tiene que negociar la deuda pública? y, aunque más no fuera, ¿le cree Cristina? En este último caso pareciera que no, porque el último domingo no estuvo a su lado en el búnker para escucharlo decir “ganamos”.

Entonces, la profundidad del problema argentino es la de un agujero negro galáctico, no tiene piso, porque la ineficiencia, la ignorancia, la psicosis, pueden de algún modo subsanarse o disimularse, en cambio la ausencia de moral tiene el sabor amargo de lo incorregible, y no hay pueblo que pueda prosperar si sus mandatarios no tienen una base mínima de moral en sus decisiones y mensajes.

El acto de Plaza de Mayo, finalmente, no alcanzó para revertir la tendencia derrotista; Cristina sigue enferma, Máximo lo vio de lejos, la Cámpora llegó tarde. Con los colectivos no alcanza.