Corrientes, viernes 23 de abril de 2021

Opinión Corrientes

Ricardo, ¿un candidato en pausa?, por Jorge Eduardo Simonetti

05-04-2021
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“Algunos tienen una visión corta, yo quiero proyectar 20 años más de gestión”. Ricardo Colombi, en Final Abierto.

Confieso que vi dos veces seguidas el excelente reportaje que le hicieran a Ricardo Colombi, días pasados, los periodistas Carlos Simón, Eduardo Ledesma y Gabriela Bissaro, en su programa multiplataforma Final Abierto. Preguntas al hueso y respuestas que dan tela para el análisis.

Quizás lo más jugoso de la entrevista no sea aquello que dijo, la literalidad no es el fuerte del senador, sino lo que dejó entrever detrás del telón de sus palabras y también, porque no, de los gestos de su tosco histrionismo.

Creo no exagerar si digo que Ricardo Colombi es el líder correntino por excelencia en las dos primeras décadas de este tercer milenio. De los cinco mandatos radicales, fue gobernador en tres, batiendo el récord en la historia de Corrientes, y en los dos restantes quien señaló con su dedo índice a los candidatos que finalmente ocuparon el sillón de Ferré.

Llegado desde el corazón del Taragüí, ha patentado un método de construcción política y de gestión de gobierno que le ha servido al radicalismo para ganar consecutivamente las elecciones en las dos últimas décadas, luego de haber sido un partido que, salvo rara excepción, no se constituyera en actor principal de las contiendas electorales del siglo pasado.

Sus alianzas electorales se armaron con el sistema del “cajón de sastre”, en las mismas caben “tirios y troyanos”, un registro lineal de adhesiones en el que la ideología tiene escasa importancia, cotiza el valor de la cantidad aún a costa de la calidad, lograr que la suma propia dé un resultado mejor que el del adversario.

Su arquitectura política fue sustentada en la generosidad en el reparto de candidaturas, pero en el monopolio en el ejercicio del poder. Así, de tal manera, yuxtapuso en sus alianzas a partidos, partiditos, sectores disidentes de partidos, sellos de goma, grupos sociales.

Sus aliados le tomaron el punto al sistema, y muchos fundaron nuevos partidos para responder a las ambiciones políticas de sus creadores, partidos sin ninguna identidad ideológica pero que, utilizando la dinámica triunfalista del conjunto aliancista, se beneficiaron con algunos miles de votos que le permitieron negociar algunas bancas o puestos gubernamentales.

El esquema le resultó siempre exitoso: ganó cinco mandatos consecutivos, tuvo a sus aliados conformes con bancas y puestos, convivió con una oposición poco belicosa y una Legislatura bajas calorías que no planteó nunca grandes dilemas. De tal modo, las decisiones fueron monopolizadas por la cabeza del Poder Ejecutivo, sustentadas políticamente sólo en el partido de gobierno.

Sus tiempos de intendente y su propia conformación temperamental le sirvieron para manejar la hacienda pública con el realismo del lápiz del almacenero, “tanto entra, tanto sale”, logrando un largo tiempo de previsibilidad económica que fue suficiente para un pueblo altamente dependiente del gasto del Estado. Sus sucesores gestionaron con el mismo método.

El 2005 fue el último turno electoral donde las fuerzas provinciales pudieron armar una alternativa para competir, aunque llevaran a la cabeza al peronista Rubin. Luego, se instaló hasta el presente un virtual bipartidismo radical-peronista, en el que los partidos provinciales se convirtieron en meros satélites de las dos grandes fuerzas nacionales.

No pudiendo ser reelecto en 2017 por impedimento constitucional, con todo el poder político e institucional en sus manos designó a Gustavo Valdés como su sucesor, el que finalmente resultó electo.

La historia nos expone que pocas veces la bicefalía del mando resultó exitosa. Lo demuestra hoy el Gobierno nacional, en el que el poder político no sólo invade sino también somete al poder institucional, generando un estado de incertidumbre perjudicial para los intereses de la sociedad.

Ello no sucedió en Corrientes en los últimos cuatro años. Por inteligencia política o características temperamentales, se mantuvieron debidamente separados los liderazgos político e institucional. Valdés gobernó sin interferencias, por lo menos que salieran a la luz, y su gestión resultó una suma virtuosa, esa combinación aparentemente contradictoria pero eficaz: continuismo y renovación, mismo poder político y distinto poder institucional.

A meses vista de la elección de gobernador, se renueva el debate en el oficialismo gobernante acerca de la principal candidatura. Dejando de lado las posiciones interesadas de los que medran de cada lado, la pregunta es si Ricardo plantará bandera ante aquello que pareciera cantado: la continuidad de Valdés.

Y es allí donde creo que el propio Colombi, sin decirlo expresamente en el reportaje, dejó sentada su posición para futuro, que constituye a mi juicio un progreso en su estrategia con las enseñanzas que le dejó la experiencia.

Como todo político de raza, nunca tanto es suficiente tratándose de poder. Pero una cosa es arremeter en todo momento y otra distinta, más inteligente, esperar los momentos oportunos. Sabe que tiene poder, pero también que ya no tiene todo el poder dentro de su espacio, gran parte ha sido transferido a su sucesor, Gustavo Valdés, por imperio de su gestión gubernamental.

Creo que la frase clave de la entrevista, para intentar desentrañar el futuro de una eventual candidatura en el arco oficialista, es su expresión “quiero proyectar 20 años más de gestión”, que en buen criollo podría significar que su panorama se visualiza a partir del 2025.

Pareciera que Ricardo ha aprendido a esperar, la edad no le importa. Sabe que la carrera es larga y que finalmente no gana el que corre más rápido sino el que corre mejor.

Ya no tiene la actitud del 2005 o 2017, con la que pugnaba desesperadamente por una reforma constitucional que lo habilitara a un nuevo mandato. Ahora sabe que el buen cazador es el que no se apresura en apretar el gatillo, y en 2025 Valdés no podrá ser candidato por limitación constitucional y el sayo de la candidatura le caería natural al mercedeño.

Parece entendible su actitud de no dar por definidas las candidaturas en su espacio, un pronunciamiento prematuro le acarrearía una pasajera pérdida de poder político. Sus críticas deben verse en ese marco, un “si quiero, puedo” es mejor que admitir la mejor performance en las encuestas de su otrora alfil.

Las conclusiones de este artículo tal vez no sean reconocidas por los protagonistas, porque es como adelantar sus jugadas. Me baso en las intuiciones que me indican las palabras y los gestos en la entrevista, en los silencios, en las respuestas, en las contestaciones elusivas, pero también en el calor de los hechos puros y duros de la realidad. De allí el dilema que plantea el título de esta columna, y que cada lector en su fuero interior elaborará su respuesta al interrogante que en poco tiempo se develará: ¿es Ricardo un líder que aprendió a esperar?