Corrientes, miercoles 25 de noviembre de 2020

Opinión Corrientes

Nodio, el gran hermano kirchnerista, Por Jorge Eduardo Simonetti

19-10-2020
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AUTORITARISMO DE MANUAL
“El Gran Hermano te vigila” - 1984, novela distópica de George Orwel

*El “Observatorio de la desinformación y la violencia simbólica (NODIO)”, es el flamante engendro autoritario creado por el gobierno de científicos en el ámbito de la Defensoría del Público, cuya misión es el monitoreo estatal sobre las noticias, la determinación de la “verdad” y la sanción a los medios y personas que, a juicio de los funcionarios, difundan noticias que no respondan a la visión oficial.

**Creo que Alberto, como kirchnerista militante e hijo putativo del autoritarismo cristinista, está pacientemente llenando todos los casilleros del buen populista

***La distopía orweliana en la ficción se corporiza en la realidad del NODIO kirchnerista, un Gran Hermano que controlará lo que lees, lo que piensas, lo que dices, y tomará las medidas para “desarticular” aquello que no coincida con la visión oficial. Patético y muy peligroso.

El cursograma que sigue este gobierno es de manual, y, como tal, absolutamente previsible en sus grandes lineamientos. Creo que Alberto, como kirchnerista militante e hijo putativo del autoritarismo cristinista, está pacientemente llenando todos los casilleros del buen populista.

Tan predecibles son, que basta con releer la novela distópica de George Orwel, “1984”, escrita por el inglés en 1949, para ver reflejada a una Argentina que parece caminar en la dirección opuesta a sus mejores utopías.

La creación orweliana nos describe una trama que sucede en Oceanía, un país dominado por un gobierno totalitario que tiene en constante vigilancia a sus ciudadanos e, incluso, intenta mantener sus pensamientos bajo control, de modo tal que nadie se aparte del pensamiento oficial. La vigilancia perpetua de los ciudadanos está a cargo de la figura del Gran Hermano, que es el que vela por la pureza de la doctrina oficial.

De tal modo, se produce un encadenamiento entre la ficción novelesca del país imaginario denominado Oceanía, cuyo gobierno está estructurado en base a los Ministerios del Amor, de la Verdad, de la Paz y de la Abundancia, con la realidad de un país de Latinoamérica, Venezuela, en el que el dictador Maduro replica calcada la distopía orweliana, no sólo en su control represivo sino también con la creación del Ministerio de la Felicidad.

Los argentinos transitamos el mismo camino, el que diseñó el inglés en su imaginación y que supo interpretar de manera práctica el chavismo en el país caribeño. Hoy, las utopías kirchneristas pasan por las distopías venezolanas.

En mi libro “La Neoizquierda” (2019), decía que la voluntad general, como constitutiva del populismo, se expresa con la pretensión del pensamiento unanimista, en el que todos los que piensan distintos son incluidos en la categoría de “enemigos del pueblo”. “No son la gente, no son el pueblo” dijo Cafiero refiriéndose al banderazo de días pasados.

Los responsables de visualizar e identificar la voluntad general no son las instituciones sino el “líder”, o la “lideresa” para mejor decir, en ella se deposita la confianza del pueblo y sus afirmaciones se convierten en verdades reveladas e indiscutibles.

Esta visión del gobierno argentino, se vio últimamente reflejada en la encíclica papal “Fratelli Tuti”, publicada el 3 de octubre de 2020, en la que, en su capítulo quinto, “La mejor política”, Francisco desgrana conceptos que pueden resumirse en el precepto populista “vox pópuli, vox dei”, reconociendo al “pueblo” como unidad totalizadora (parágrafos FT 157 y 158) y a los “líderes populares capaces de interpretar el sentir de un pueblo” (FT 159).

La pretensión hegemónica del pensamiento único, ese “vamos por todo” propio de los gobiernos kirchneristas, tuvo su traducción institucional en el tercer lustro del siglo, con la creación presidencial de la Secretaría de Coordinación estratégica para el Pensamiento Nacional, por Decreto 837/2014, a cargo del filósofo ultra k Ricardo Forster.

En un artículo escrito entonces, decíamos que “si hay algo que nadie debe, de ningún modo, encorsetar, direccionar, coordinar, sugerir, regimentar, discernir, o de cualquier modo intervenir, es sin dudas el ámbito de las ideas”.

Y nos preguntábamos: “¿Hasta dónde llega el Estado en su intervención en la vida de las personas? ¿Cuál es su límite?, respondiéndonos de manera contundente que la creación cristinista caminaba hacia la instalación de un pensamiento oficial único.

Y si para conocer al rengo hay que verlo andar, poco tardó Alberto en caminar hacia otra de las postas autoritarias, la creación de un organismo del estado para el control “ex post facto” de la prensa y de las noticias que los ciudadanos debemos tener por ciertas.

Este Gran Hermano orweliano, que en la neolengua kirchnerista denominaron NODIO, fue creado en el ámbito de la Defensoría del Público (¿?) a cargo de la ultraoficialista Miriam Levin, para la “detección, verificación, identificación y desarticulación de las estrategias argumentativas de noticias maliciosas y la identificación de sus operaciones de difusión”. En buen criollo, el NODIO es el estado controlando a la gente por lo que lee, lo que piensa y lo que dice, y castigando a los medios opositores.

Con un paternalismo conmovedor, los esforzados funcionarios públicos, desde sus oficinas se disponen a determinar cuál es la verdad y que es lo que debe creer y lo que no debe creer el público. Patético.

Este engendro autoritario del gobierno de científicos no sólo determinará la verdad oficial sino además hará las acciones necesarias para la “desarticulación” de las noticias “falsas”, expresión verdaderamente grave por su significado amenazador. ¿Qué significa “desarticular”? ¿cerrar medios, promover juicios penales, controlar la publicación de los ciudadanos en las redes sociales?

“Internet potenció la libertad de expresión ciudadana” dicen desde la Defensoría, pero en lugar de que sea tomado como una buena noticia, un símbolo de pluralidad, eso los asusta y se disponen a regular esa libertad a través de este organismo de vigilancia.

Es cierto que existen las “fake news” (noticias falsas), pero de ninguna manera es el Estado el que debe controlar y determinarlas. Es más, según Adriana Amado, especialista en medios de comunicación, son los gobiernos los principales productores de “fake news”, lo que antes se denominaban “bulos” u “operaciones”.

Así que, conforme puede verse, dejar el control de las noticias falsas en manos del gobierno, es como dejar a Caperucita al cuidado del lobo. Si de alguna manera quiere avanzarse en despejar la maraña, deben ser entidades no oficiales insospechadas las que cumplan esa función.

De cualquier modo, en una democracia republicana, es la educación del ciudadano la que se constituye en el escudo más eficiente contra las mentiras. Una persona ignorante es terreno fértil para que fructifiquen los engaños y las visiones conspirativas. Leer sin capacidad de discernimiento es el mayor daño que la tecnología y la modernidad han producido y que los autoritarios aprovechan. Las visiones tópicas de las redes deben pasar por el tamiz del pensamiento propio, y para ello se necesita un determinado nivel educativo.

Si a pesar de los berrinches de los kirchneristas de paladar negro, Alberto no tuvo estómago suficiente para votar en contra del informe de la ONU (Bachelet) sobre la grave situación de los derechos humanos en Venezuela, es de esperar que tampoco lo tenga para aprobar semejante “mamarracho” institucional y lo mande al cajón del olvido.

Controlar la prensa, controlar los medios, monitorear la actividad de las redes sociales, establecer la verdad oficial, discernir aquello que deben creer los ciudadanos, son todos medidas de neto corte autoritario. Que a “nodio” se le ocurra tomarlo a la ligera.