Corrientes, martes 04 de agosto de 2020

Opinión Corrientes

Las preguntas que empiezan a rodar, por Arturo Zamudio Barrios

01-07-2020
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Imagen ilustrativa

Tras “lecciones” como la Pandemia, caída ya sobre el planeta y no sobre tal o cual lugar, urge pensar que, como escribió Demi Shaw en “El Colapso del Imperio” (“The Jacobin”, Seattle) estamos los hombres –no los de aquí o allá- obligados a encontrar la “perspectiva de una economía sin accionarios”. Y como aseguraba también en “Contretemps”, Benoit Borritz, sin soluciones místicas y sí genuinamente democrática, a fin de hallar lo no vivible del mundo –aquello que hay que abandonar y llamamos ya “capitalismo fósil” – para dar con otro en cuyo seno el trabajo opere de acuerdo con el Universo finito en el que habitamos. Por eso, insiste “El Jacobino” de Seattle, es saludable pensar en un Estado que actúe con la lucidez de una “economía de Guerra Leninista”, y no porque haya que partir de una calamidad como las que Lenin y la Revolución de Octubre afrontaron, sino porque el planeta de la destrucción de la naturaleza, tal el que tenemos, exige una recomposición sabia y enérgica.

Pues, prosigue Shaw, si los murciélagos, cuya temperatura media es una y media la del hombre y bastante mayor que la de otros mamíferos, no es su culpa lo que les hace convivir con ellos y servir de refugio a virus propios de otros, sino el desastre que el hombre ha hecho y sigue haciendo, con la tala de bosques, la amenaza de extinción para numerosas especies y el acorralamiento de la vida natural debido a la agroquímica, la minería y la búsqueda frenética de yacimientos fósiles (como el benemérito “fracking” y su diezmo de territorios enteros). Un Estado, por lo tanto, que determine qué producir y qué no, guiado por las necesidades humanas y no por la Ley del Valor, propia del capitalismo, es imprescindible para superar un trance como éste donde muchos indigentes conviven con lo mínimo y un 40 por ciento del PBI mundial reposa en manos de un 1% de magnates. Un orden estatal –finaliza Shaw- “que alce la vida ambiental en toda su plenitud y entierre el capitalismo fósil”.

En tanto “The Jacobin”, con su exaltación de la etapa leninista en los Estados Unidos, exalta la “atmósfera moral” que ha empezado a vivir un país que no sólo muestra 43 millones de desocupados, sino que, enfermo de racismo, reúne el 70 por ciento de fallecidos en menos de la tercera parte de su población, la negra, cuya pompa “liberadora” proclamó en la sexta década del siglo XIX, otra de sus proclamas mentirosas desde aquella sobre la igualdad de los seres humanos propalada en 1776. Pero esta vez la exigencia viene “de abajo”, desde trabajadores y ciudadanos a los cuales “la supremacía blanca” impone por igual un régimen de exclusión en beneficio del fascismo creciente cuya hostilidad hacia el mundo entero no tiene límites.

Por eso, Ángela Davis, perseguida por años por el FBI y hasta amenazada alguna vez por la condena a muerte, si los deseos de las clases dominantes californianas se cumplían, fue ovacionada en Oakland al conmemorar –negros y blancos allí presentes en multitud- un aniversario más del fin de la esclavitud declarada, antes de su asesinato, por Abraham Lincoln. “Este es un momento extraordinario… nos dice… Mientras la furia del capital, tras el abatimiento de George Floyd y la expansión de las demandas populares en todo el mundo (Francia, Italia, España) dispara sobre los negros que hasta en Israel gritan “Black Lives Watter”.

De tal modo… las jornadas leninistas durante la Revolución de Octubre siguen inspirando a los obreros de todo el mundo, a cien años de haberse producido. Como se sabe, el pueblo ruso estaba diezmado por la Gran Guerra y los terratenientes en todos los campos; el analfabetismo reinaba en el 95 por ciento de la población y, a veces, para saciar el hambre los soldados masticaban grano de mijo, mientras las fuerzas hasta ayer entre sí “enemigas” rodeaban las ciudades obreras y colaboraban con las tropas “blancas”, defensoras de “las buenas costumbres”, es decir, del capital ofendido por haber le arrojado del Poder en territorio tan vasto. Mondolfo, en Italia, desesperaba y escribía al dirigente ruso: sois un puñado de patriotas enfrentados al mundo entero; también, H.G. Wells, en los mismos días, lo entrevistaba en el Smolny, volcando sobre él su enorme pesimismo: “Ud. dice que un país de “mujicks” (campesinos en su mayor parte analfabetos) es capaz de electrificar a Rusia… exclama… y le he escuchado proclamar “: la electrificación de Rusia es la Revolución…” Me parece absurdo…” mientras tanto, la llamada “gripe española” (nacida en verdad en Arkansas) arrasaba con poblados enteros en la otrora Capital del Mundo, matando el doble (40 millones de personas) que la Gran Guerra, cuyo saldo mortal había sido de alrededor de veinte.

Por supuesto, al poco tiempo, escribía su “Historia del Mundo” y el lenguaje sobre el legado de Lenin –recientemente desaparecido_ era ya otro: el equilibrio, la estabilidad y la destreza del pueblo ruso para dejar atrás una etapa tan caótica, mostraba su relieve en la Europa en descomposición que tenía delante, mientras se abría camino en América la potencia a cuyo declive asistimos. Ya no podría ver, claro, lo que iba a suceder más tarde y la derrota del nazifascimo que el pueblo soviético iba a protagonizar pese a todo el esfuerzo capitalista por llevar a la práctica lo aconsejado por los Roosevelt: estrangular en la cuna a la tentativa de fundar un orden diferente del que el Renacimiento asentó en beneficio de la franja social conocida como la burguesía.

Pues la búsqueda del “nuevo Etos”, como escribía Mariátegui, empezaba a moverse y una nueva moral echaba a andar frente a quienes viven del robo del productor, para arrojarlo a una celda si trata de protestar. La Revolución abría sus puertas a los presos del Zar y les daba una carabina para defender al Socialismo del acoso del capital, y ese nuevo “Etos” empezó ahora a vivir en Estados Unidos con la palabra de una hermosa vocera de Minneapolis, cuando junto a una multitud desafió a “la Supremacía Blanca”: “No nos importa que nos acusen de robar, porque si alguno lo hace, es porque Uds. nos enseñaron… Robaron a los indígenas sus tierras y su vida… Nos robaron a nosotros, los negros, la riqueza que ostentan… “, apareciendo al trasluz la sentencia de Marx en su apoyo a Abraham Lincoln: “ningún obrero blanco podrá liberarse realmente mientras la esclavitud esté grabada a fuego sobre la piel del obrero negro…”

Aunque el tiempo ha corrido y es imposible eludirlo con su descarga sobre blancos y negros de la impaciencia de un mundo natural maltratado por cinco siglos de capitalismo. Extrañas pestes, virus y enfermedades amenazan su supervivencia, y lo que vendrá –escribe Roland Vasseur- ¿será sólo el reajuste de un Estado que el Covid,19 ha puesto en relieve por sobre las locuras del Neo Liberalismo, o será expresión de un orden realmente participativo que anteponga la vida de los hombres a todo otro tipo de exigencia social? La pregunta está en el aire, y habrá que responderla…