Corrientes, viernes 17 de enero de 2020

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Alejandro Maciel: las palabras, para creer o dudar de todo

11-01-2020
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El escritor nació en Corrientes, pero su vida ha transcurrido en diferentes ciudades del mundo. Trabajo 9 años junto al escritor paraguayo Augusto Roa Bastos y nunca dejó de escribir. Este 2020 literario, momarandu.com, lo abre con fragmentos de su obra

Alejandro vive en la C.A.B.A. y deja sus contactos. Quienes deseen comunicarse con él podrán hacer a través de los teléfonos: fijo: (11) 49811791 y Móvil: (15) 62298054. Otra manera de comunicarse con el autor es a través de Facebook: alejandro_bovino_maciel / Twitter: @alebovino / E mail: talomac@gmail.com

ACERCA DEL AUTOR
Nació en Corrientes, Argentina, en 1956. Es médico psiquiatra egresado de la UBA (Univ. Nacional de Buenos Aires), y escritor.

Como docente, se desempeña en la UCSA (Universidad del Cono Sur de las Américas) en Asunción, Paraguay, desde 1999. Cátedras de: Neuropsicología, Psicosemiología, Psicopatología, Semiótica del discurso publicitario. Dictó Carrera de Promoción de Agentes en Género e Igualdad en la Universidad Nacional de Asunción con 2 cátedras a cargo: “Filosofía e Historia del Patriarcado” y “Psicopatología General”.

ALGUNOS LIBROS PUBLICADOS
“La salvación, después de Noé”, editado en Buenos Aires, en 1989. Cuentos y ensayos sobre temas de la Biblia – “Los conjurados del Quilombo del Gran Chaco”, en co-autoría con: Augusto Roa Bastos (por Paraguay), Omar Prego Gadea (por Uruguay) y Eric Nepomuceno (por Brasil). Libro de relatos sobre la Guerra de la Triple Alianza (1865-1870) articulados en base a las observaciones realizadas en el teatro de operaciones por el cónsul británico y escritor sir Richard Francis Burton. Edit. Alfaguara, año 2000. Traducido al portugués por Edit. Record (de Brasil) con el título de “O livro da Guerra Grande) que va por la 2da edición en 1 año – “El trueno entre las páginas”, libro de conversaciones con Roa Bastos sobre temas políticos, literarios, biográficos. Con prólogo de Vladimir Krysinski, de la Univ. De Montreal - “Polisapo” cuento en co-autoría con Roa Bastos, va por 6ta. Edición en Paraguay, acaba de salir la edición en Ecuador (Edit Libresa) y España (Labericuentos) – “Diários de um rei exiliado”, novela sobre el viaje fantástico de João VIº de Brasil y Algarves, 1808 huyendo del avance de las tropas napoleónicas que invadían Lisboa. Editorial Landmark, Sao Paulo 2005 (en portugués) - “El señor es contigo”, una investigación sobre femicidio en Paraguay, 2005, en co-autoría con Gloria Rubin – “Culpa de los muertos” (novela sobre la dictadura militar argentina del ’76) Editorial Rubeo, Barcelona, 2007 - “Teatro Político-1” Editorial Intercontinental, Asunción Paraguay 2012 - “Enero. Los perros de Dios” Editorial Servilibro, Asunción 2013 - “La salvación después de todo”, ensayos sobre la eternidad, SmashwordEditions, 2018, e-book, en: www.smashword.com/

LEAMOS Y ESCUCHEMOS A ALEJANDRO

Fragmento leído: fragmento de la novela “El rey prófugo”

CULPA DE LOS MUERTOS
(Inicio de la novela) Editorial Rubeo, Barcelona, 2007 / La derniére goutte, Strasbourg, 2016 “La faute des morts”, (traduit par F. Gross-Quelen)

Cuando llegué a la habitación de Ingrid encontré que todo estaba revuelto. Los libros en desorden, con hojas arrancadas y desparramadas por el piso. Una lámina de anatomía del cuello estaba hecha pedazos; el armario, con los cajones abiertos y la ropa tirada que colgaba como testimonio de la brutalidad; la cama sin las sábanas, todo deshecho y destrozado. Yo no sabía, te lo puedo jurar, aunque te cause risa, ¿quién puede creer en el juramento de un ateo? Las mías parecerían palabras vacías.

El mejor modo de librarnos de la carga de pensar consiste en creer todo o dudar de todo.

Me senté en el colchón, me tomé la cabeza con fuerza como si quisiera cerciorarme de algo y me puse a babear llorisqueando por la culpa. No entendía nada pero sospechaba todo: se había consumado lo que se hablaba aquí y allá.

Yo nada sabía en esa Argentina que se había convertido repentinamente en un campo de batalla o algo así. Vos tampoco podías saber nada, si ni siquiera habías nacido por entonces, Agop. Nosotros nada sabíamos del poder y las ideas.

Ellos sabían todo acerca del “arte de la guerra”.

El tiempo, que entonces corría vertiginoso, se ha detenido para mí en esta calma engañosa, como la que aguardan acechando los temporales más furiosos.

—Siga, quiero escucharlo.

Nada sabíamos de lo que estaba sucediendo en un país que se nos desarmó en las manos, habíamos tomado barro para amasar nuestra historia, barro mezclado con oro, rapiñas, contrabando, ideales y mugre desde los tiempos de don Cornelio de Saavedra. Militares y militantes al mismo tiempo. Una tras otra asonada militar y golpes de Estado que ponían en jaque mate a los gobiernos civiles cuando los señoritos estancieros y terratenientes se ponían descontentos. Milicos y civiles mezclados entre la polvareda y la pólvora, siglo veinte cambalache el que no llora no mama y el que llora termina en la ESMA: Escuela Superior de Mecánica de la Armada, y me dirás ¿qué tenían que hacer los muchachos y las chicas amontonados como ratas en una Escuela de Mecánica militar? Tenían que cantar, tenían que delatar a familiares y amigos porque los señores oficiales les arrancaban confesiones a punta de picanas eléctricas, asesorados por nobles médicos militares.

Todo se pervirtió. Se olía la presencia de la porquería pero no se podía ver nada, estábamos hundidos en el fango. Eran las nieblas del Riachuelo: todos presentíamos los signos que percibíamos afuera pero nadie quería ver; preferíamos hacernos los miopes y mucho más en el rincón de Corrientes, siempre atrás de los atrases. Una provincia donde atrasa hasta el reloj. ¿Quién pensaría en cuidarse de Corrientes, con gente tan buena, tan conservadora y católica?
—¿Y afuera tampoco? Cuesta creer que todo el mundo sabía lo que ocurría afuera, menos ustedes, parece. Suena raro.

Lo de afuera eran habladurías. Lo de Tucumán, por ejemplo; según la televisión, eran locuras de los zurdos, esa izquierda revoltosa de siempre, los mismos que se alzaron cuando regresó Perón y después terminaron a balazos en Ezeiza. Perón ya no era Perón al volver en el ’73, era un pobre hombre desgastado por la historia, los achaques, la demencia y una familia siniestra que él mismo había escogido en su larga soledad española. Manipulado por su debilidad, pero idolatrado por la izquierda y la derecha, también lo arrinconó la mafia de las masas y los sindicatos, pobre espejo de nuestra sociedad lentamente carcomida por odios.

—Leí sobre él, leí sin comprender por qué ese hombre tenía tanta fuerza. Era casi un siglo de Argentina.

Los mitos, querido Agop, se alimentan de distancia y ausencias, como el amor. La imagen de ese hombre en la distancia se volvió tan poderosa que se lo creyó omnipotente. El buen dios Perón había sacado del anonimato y la oscuridad a los obreros, hizo mucho por gente que estaba abandonada a las manos de Dios, que nunca fueron muy amables. Se opuso a los poderosos con el poder de la persuasión sobre los pobres de la tierra rica. Pero allá en España, encerrado en Puerta de Hierro, con un cadáver, el brujo y la bailarina retirada, habrá perdido el rumbo. Leyó en códigos de politiquería criolla todos los cambios de una sociedad contradictoria y enfrentada, como la nuestra de ese entonces. De nuevo las nieblas del Riachuelo empañaban la visión entre el país y la mirada, muchacho y amigo. Perón seguía mirando a la Argentina de los ‘50 en los ’70. Si es peligroso saber todo, es más peligroso ignorar todo.

—¿Realmente ustedes tampoco sabían nada de aquello?

Se sabían algunas cosas sueltas porque toda la información estaba rigurosamente controlada. Los doctores Mariano y Bernardo, teólogos de una fe perdida, se ponían serios y sobrios frente a la pantalla de la doctrina televisiva para hablar de verdaderos dramones que sacudían al país: una familia que perdió un hijo allá, dos hermanos parricidas, otra familia que se dedicaba a secuestros extorsivos, el Mundial de Fútbol organizado por las FFAA y las autopistas que se levantaban como señal de orden y progreso. Todo se llenó de slogans. “Los argentinos somos derechos y humanos”, repetían los canales y radios.
Lo demás eran cosas que convenía ignorar porque no dejaban vivir en paz. La realidad, que parece tan sólida, se sostiene en ilusiones, que son humo. Esta vez era humo de pólvora. Volaban cuarteles, automóviles, cadáveres. Los atentados y asesinatos derramaban la sangre de los unos y los otros. Yo seguía vivo, sigo vivo pero cada vez me cuesta más aceptar que sobreviví a la masacre. No puedo. ¿Por qué me salvé? ¿Para qué?

—Está vivo. Eso es lo que importa ahora.

La naturaleza se equivoca a veces. No hace falta vivir menos, igualmente consiguieron acribillarme por dentro. La injusticia que sucede en un pequeño rincón hace maligno a todo el palacio, siento que no sobreviví yo, sobrevivió mi cobardía nada más. No podía comprender por qué esos amigos, mucho más valiosos que yo, terminaron en las sombras. (...)