Corrientes, viernes 24 de enero de 2020

Opinión Corrientes

Tempestad sobre Sudamérica

04-12-2019
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(Arturo Zamudio Barrios para momarandu.com) En momentos como el actual, cuando “el golpe a la boliviana” pone las cosas en un punto de fricción acentuado, hay posiciones que ya no valen: por ejemplo, no distinguir el favor que se brinda al golpismo si dejamos de estudiar las inexactitudes del pasado.

Veamos una: durante los años exaltados por el laborismo, que más tarde tomaría un nombre ya clásico en la historia argentina, solía enjuiciarse como oligarca a quien se comprara un auto, cuyas fábricas comenzaban también a “argentinizarse”. En nuestros días, en cambio, “la Mesa de Enlace”, predominantemente oligárquica, se ha convertido en un núcleo de “productores esquivos al pago de impuestos”, como los ve más de uno, perdiendo el “rango clasista” de aquellos días. ¿Sólo con recordarle su obligación ciudadana dejará de alimentar el golpe –o la fascistización- que empieza a socavar la endeble democratización latinoamericana, ya en la mira de la CIA y el Departamento de Estado?

¿Con negar la existencia de las clases, eliminamos su enfrentamiento y lucha? Y he ahí el punto, como diría Cantinflas: fue la lucha de clases, rechazada casi siempre en la mal llamada “clase media”, la que motivó, tras la Segunda Guerra Mundial, mucho de lo vivido por estas latitudes, cuando atiborraban las divisas, se decía, los pasillos del Banco Central; por un lado, las clases dominantes, y no los trabajadores, ante el derrumbe nazi y la victoria socialista cuya muerte había exigido Churchill ya en 1920, se vieron obligadas a las concesiones del “Tiempo del Welfare” (mejores sueldos, atención a la salud y otras lindezas); por el otro, una nueva teoría económica, la Keynesiana, para cerrar el paso al marxismo. Con ello se pudo hablar de un “nuevo capitalismo”, sin los días contados revelados por el antiguo.

Pero allá por el 90-92, el armazón burocrático sobre el cual se armó la experiencia soviética, su centralización nociva y la conformación de países-naciones donde no los había –buena parte del territorio soviético carecía hasta de alfabeto en 1917- dio paso a una etapa compleja cuyas soluciones aún están sin terminar. La teoría, por ende, en los países capitalistas creyó, aunque tardío, victorioso el empeño de Churchill, y había de celebrarlo a su modo: invadió Irak, Libia, Siria –donde encontró un muy buen escollo- y se lanzó al golpe “shoft”, recomendado por el Premio Nobel de la Paz, Gene Sharp, algunos de cuyos exponentes de nuestros días han perdido bastante la “sutileza” del Premio Nobel. Como el de la autoproclamada “zorrina” –perdón, Janine Añes, cuyo apellido, según Itmaná, deriva en quichua de “aña”, zorrino, que por estas tierras se volvería “Añá”, maligno, ya demasiado para tan pobre cosa), y la desesperación de los crímenes militares de Chile, Ecuador, Colombia, Haití y otros sitios.

Por eso, los equívocos pueden resultar fatales: buena parte de los dueños de la tierra y de las finanzas que ahora muestran sus plácemes, han estado detrás del calamitoso período a cuya conclusión asistimos. ¿Se muestran ahora conformes con un período capitalista de “inclusión” que no tenga ni desocupados ni hambrientos? Si las organizaciones sociales y políticas no lo tienen en claro, sería un grave error esperar la habilidad “negociadora”, cuando por lo que se

ve en nuestras fronteras, se camina por otro lado: la lucha popular por imponer una democracia protagónica basada, en lo posible, en episodios pacíficos, aunque no siempre del todo. Pues… el capitalismo agoniza y no lo podrá salvar la teoría de Fukuyama: en Lille el “cerebro del Mundo” tiene a sus estudiantes tan pobres que mueren de frío en las calles (L´Humanité, 24/XI) y hasta uno de ellos, en Lyon, acaba de inmolarse, “a lo bonzo”; más de 700 mil jóvenes en EE UU, han perdido hasta el techo (Michael Roberts, “Rebelión, 27/XI) a fin de pagar la cura de males, no siempre demasiado graves, mientras del Obama Care, inferior, como se sabe, al sistema de Obra Social de la Provincia, ha quedado sólo el discurso. La quiebra ronda a la potencia del Norte cuyos amagos bélicos pesan sólo sobre naciones muy desvalidas; su moneda –la que le dio esplendor- comienza a ser rechazada en buena parte del mundo mientras en el milagroso “American Life”, el 1 por ciento de la población dispone del 45 % de la riqueza, y la mitad de sus habitantes, disfruta menos del 1. Y, en fin…los tiempos buenos no pasan de la propaganda televisiva…

Por eso mismo, la fiera herida se halla tan peligrosa y puede arrojar algún maloliente zorrino sobre las cabezas de quienes acaba de amenazar Trump con agresión militar directa. De ahí la urgencia de radicalización como la que se puede leer en distintos lugares, desde “¡Esa Democracia, ya…!”, de Amy Goodman hasta la que tan dramáticamente debaten los cabildos chilenos. ¿Basta con un congreso constituyente que reforme la Carta Magna, como la de 1993, cuyo portentoso “bipartidismo” brotó de un acuerdo a “Libro Cerrado”? Lo propone Pineda en Chile, finiquitando así su “guerra heroica contra hombres desarmados”. No… por cierto: hoy se habla de democracia protagónica cuyas deliberaciones surjan, a la manera venezolana, de miles de participantes inscriptos y que, por supuesto, ponga el nuevo Contrato Social en su lugar genuino: los Congresos del Pueblo, la Revocatoria de Mandato y la intervención de aquél en todos los campos de interés que una sociedad ofrezca. Lo otro es lo de siempre… el convenio a espaldas de quienes lo pagan y sufren, la Ley o Decreto aprobado sin tener en cuenta el perjuicio social a provocar y, finalmente, un poco más de gatopardismo, (es decir, cambiar algo para que nada cambie) a fin de que tres años más tarde obtenga el Poder un financista decidido a echarlo todo a rodar.

Lo que se cuestionó, justamente, al formularse la tesis de un nuevo Contrato Social. ¿No tiene que ver –y todo- con la aptitud que permitió a los argentinos zanjar la crisis, por medio de un voto, cuando fuerzas oscuras reptan por debajo del mapa sudamericano sin buenas intenciones, precisamente? No podemos ignorarlo a la altura de los acontecimientos y menos aún, simplemente, intentar volver a días que ya fueron; los peligros son demasiado patentes para confiar en la fuerza del viento. Pues la brisa vespertina puede también convertirse en feroz tormenta, y ya anda no muy lejos de nuestras fronteras.