Corrientes, sábado 14 de diciembre de 2019

Opinión Corrientes
“LA AMANTE”

Un invitado Cate en nuestros hogares con quien no podemos dialogar

30-11-2019
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(Por José Miguel Bonet para momarandu.com) Unos años después de que yo naciera, mi padre conoció a una extraña recién llegada a nuestro pequeño pueblo.

*Desde el principio, mi padre estaba fascinado con esa encantadora novata y luego la trajo a vivir con nosotros.

La extraña llegó y, sorprendentemente, ¡mi madre aceptó!

Mientras crecía, en mi mente joven, ella ya tenía un lugar muy especial.

Mi madre me enseñó lo que era bueno y lo que era malo y mi padre me enseñó a obedecer.

Pero la extraña era más fuerte, nos encantó durante horas hablando de aventuras y misterios.

Ella siempre tenía respuestas a cualquier cosa que quisiéramos saber. ¡Sabía todo del pasado, del presente e incluso podía predecir el futuro!

Lo molesto era que no podíamos estar en desacuerdo con ella. ¡Ella siempre tuvo la última palabra!

Ella fue quien llevó a mi familia al primer partido de fútbol. Nos hizo reír y también llorar. La extraña casi nunca dejaba de hablar, pero mi padre la amaba.

Mi madre que, incluso estaba celosa, nos dijo que nos calláramos para poder escucharla.

A menudo la llevaba a su habitación y se acostaba con ella. A mi madre no le gustó, pero ella la aceptó. Ahora me pregunto si mi madre alguna vez rezó para que se fuera.

Mi padre dirigía nuestra casa con fuertes convicciones morales, pero la extraña no estaba obligada a seguirlas.

Las peleas, las malas palabras en nuestra familia no fueron permitidas, ni por nuestros amigos ni por nadie que nos visitara. Sin embargo, ella usó su lenguaje inapropiado, que a veces me quemaba los oídos e hizo que mi padre y mi madre se sonrojaran, nada más.

Mi padre nunca nos dio permiso para beber alcohol y fumar, pero ella nos animó y dijo que nos diferenciaba en la sociedad.

Habló libremente (tal vez demasiado) sobre el sexo.

Ahora sé que mis conceptos de relaciones fueron fuertemente influenciados durante mi adolescencia por ella. A menudo la criticábamos, pero a ella no le importaba y no quería salir de nuestra casa. Pero también estábamos confabulando con toda esta situación.

Han pasado más de cincuenta años desde que la extraña vino a nuestra familia. Desde entonces, ha cambiado mucho: pero sigue siendo joven, práctica, hermosa y elegante.

Está en casa, tranquila, esperando que alguien escuche sus conversaciones o dedique su tiempo libre a hacerle compañía, a admirarla.

¿Su nombre? “Televisión”

¿No resultaba sospechoso que antes de iniciar cualquier informativo alguien cercano al poder tuviera la potestad para censurar determinadas noticias? Otras, al parecer no contrastadas, podrían salir a la luz para ser usadas convenientemente según circunstancias.

En palabras de un directivo: “Tenemos una función formativa, ya que son muchos los ciudadanos que se crean una imagen del mundo basada en lo que nosotros les mostramos. Como comprenderán, la publicidad es un juego de niños comparado con el poder que nosotros tenemos”.

Todo, absolutamente todo, estaba medido. No había espacio para ninguna improvisación, ni tan siquiera para noticias de última hora que no pasaran el filtro previo de los altos ejecutivos del canal.

Y frente a las denuncias sobre su evidente parcialidad respondía: “Todos los que nos ven saben, aunque no conscientemente, que los informativos de la televisión no pueden ofrecerles la verdad. Sólo podemos ofrecer aquella que a nosotros nos interesa difundir. Por si lo han olvidado esto es un negocio del que viven muchas familias”.

“Recuerda, por si lo has olvidado, que los informativos hace mucho tiempo que dejaron de informar” (Fellini)

Hay televisión que enaltece y televisión que embrutece. Hay televisión que enseña, que nos hace pensar, que nos lleva a lugares que nunca visitaremos o que nos confronta con los grandes dilemas de la vida. También hay televisión que, deliberadamente, degrada, engaña y confunde. Y, por supuesto, hay una televisión que nos distrae y entretiene.

Con frecuencia, la televisión que busca educarnos es insoportablemente aburrida, mientras que la que nos intenta manipular, nos polariza y desinforma. En cambio, la que simplemente nos entretiene es políticamente irrelevante. O al menos eso creíamos.

Resulta que una reciente investigación ha descubierto que la televisión anodina, superficial y popular tiene consecuencias nefastas. Este tipo de televisión —la televisión chatarra— también tiene malos efectos sobre la política, por más que en sus programas nunca se hable de política. Esta conclusión nos llega de una fuente inesperada: The American Economic Review, quizás la publicación sobre temas económicos más respetada del mundo. En una reciente edición, incluyó un artículo de los profesores Rubén Durante, Paolo Pinotti y Andrea Tesei intitulado “El legado político de la televisión de entretenimiento”.

Los autores aprovecharon los datos generados a comienzos de los años ochenta por la entrada en diferentes regiones de Italia de Mediaset, la cadena de televisión de Silvio Berlusconi, para evaluar el impacto político de la televisión comercial.

Los datos revelaron que quienes crecieron viendo los contenidos de Mediaset terminaron siendo adultos menos cognitivamente sofisticados y con menor conciencia cívica que sus pares que no tuvieron acceso a estos programas. En otro ejemplo, las pruebas psicológicas administradas a un contingente de jóvenes militares revelaron que aquellos que provenían de regiones donde se podía sintonizar la estación de Berlusconi, tenían un desempeño entre un 8% y un 25% más bajo que el de sus colegas que no vieron esa televisión en sus años formativos. Lo mismo encontraron con respecto al desempeño en matemáticas y lectura. Una vez adultos, los niños y adolescentes que fueron televidentes de Mediaset, obtuvieron resultados significativamente inferiores a quienes no tuvieron acceso a esos canales.

Es bien sabido que la televisión influye sobre nuestras conductas y opiniones. En esa afirmación no hay nada nuevo ni sorprendente. Igualmente, el uso de campañas de propaganda política para influir sobre las masas es tanto antiguo como universal. Que los poderosos —o quienes quieren serlo— utilicen la televisión para lograr sus objetivos tampoco es una revelación novedosa. Es, por lo tanto, tentador desdeñar este estudio. Basta notar que este impacto propagandístico era exactamente lo que buscaba Silvio Berlusconi al tener un canal de televisión al servicio de sus ambiciones políticas.

Pero no es así. Al menos no al comienzo de la entrada de las empresas de Berlusconi al mercado televisivo italiano. Desde su fundación en 1944, la televisión italiana había sido dominada por un monopolio del Estado: la RAI, canal que tuvo una clara misión educativa y cultural. A finales de los años setenta, este monopolio se fue agrietando con la entrada de emisoras privadas que servían a mercados regionales. Quien más agresivamente fue adquiriendo y consolidando en una sola cadena estas empresas regionales fue Berlusconi. En esa temprana etapa, ni este empresario pensaba entrar a la política —entonces férreamente controlada por unos pocos partidos y sus todopoderosos líderes— ni sus emisoras locales transmitían contenidos políticos o ideológicos. La suya era una estrategia obsesivamente comercial y eso se reflejaba en su programación: variedades, deportes, películas y juegos. Fue solo en los años noventa, cuando la crisis de corrupción conocida como Mani Pulite (Manos Limpias) demolió el sistema político italiano, cuando a Berlusconi se le abrieron las puertas de la política. El sistema cambió, los partidos tradicionales colapsaron y nuevos protagonistas de la política pudieron entrar a competir por los votos de los italianos que querían caras nuevas. De nuevo, nadie aprovechó mejor esta oportunidad que Silvio Berlusconi, quien rápida y eficazmente puso sus empresas de televisión al servicio de sus ambiciones políticas. Para 1990, la mitad de los italianos ya tenía acceso a Mediaset. Y en 1994, Berlusconi fue elegido primer ministro de Italia.

El impacto político de todo esto también fue analizado por los autores del estudio sobre la televisión chatarra. Quienes vieron Mediaset cuando eran niños y adolescentes ahora, como adultos, muestran una mayor propensión que sus pares a apoyar a políticos e ideas populistas (Moisés Naim).

La pregunta que queda flotando ¿y por casa cómo andamos?

*desde Mburucuya