Corrientes, lunes 21 de octubre de 2019

Opinión Corrientes

CTA en CGT- Aquellas banderas ya no ondean en tu corazón, por Nicolás Toledo

07-10-2019
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(Por Nicolás Toledo). La noticia resultaría impensada tres años atrás, no digamos ya quince o veinte: la Central de Trabajadores de la Argentina vuelve al seno de la Confederación General del Trabajo, de la CGT con la que rompiera hace casi 30 años.

Es ingenuo desconocer que la política es un constante juego de reconfiguraciones originadas en necesidades estratégicas o coyunturales, pero en un vuelco tan espectacular como el que se produjo con la reabsorción de la CTA por una CGT (actualmente conducida por un triunvirato armado a las apuradas en los albores del macrismo), las lecturas son, por decirlo amablemente, sugestivas.

Porque sin necesidad de ir tan lejos en el tiempo, volviendo apenas a los incipientes primeros meses del gobierno de Cambiemos (que, vale recordar, abrió su mandato reprimiendo brutalmente a los trabajadores de Cresta Roja en lo que fue el preludio del alud de recorte de derechos, persecución ideológica, represión de la protesta, pérdida de fuentes de trabajo y precarización que padecerían los trabajadores durante los años subsiguientes), la CGT fue un miembro clave como herramienta de apaciguamiento de los trabajadores, convocando a la tranquilidad, organizando paros sin movilización y reduciendo el nivel de conflicto al máximo para llevar tranquilidad a un gobierno que no supo retribuir el favor y que, por el contrario, siguió apretando las clavijas hasta desembocar en la situación insoportable de inflación, crisis económica, pauperización salarial, incertidumbre laboral y catástrofe social que padecemos.

Una foto sirve para ejemplificar el papel de subordinación de la CGT a la liga de CEOs convertido en Ejecutivo en diciembre de 2015: en mayo de 2016, un grupo de empresarios firmaron una absurda carta de intención en la que se comprometían a no despedir, carta de intención sin ningún valor legal por no contemplar sanciones en caso de incumplimiento y por no colocar al Estado de garante del supuesto acuerdo.

En un salón contiguo a ese donde se montaba la puesta en escena de funcionarios y empresarios y funcionarios- empresarios, dirigentes de la CGT aguardaban fuera de la mesa de toma de decisiones, en un símbolo de subordinación imposible de dejar pasar por alto. Mientras tanto, las bases, estranguladas, pedían mayor compromiso sindical y medidas de acción directa, y las pedían a gritos en la calle y derribando atriles en actos donde la CGT trataba de poner paños fríos sin que se note.

Esa es la burocracia sindical contra la que se reveló la CTA en los ’90, y es la que continúa, con distintos apellidos pero idénticos estilos de conducción, hasta nuestros días. A no engañarse: no hubo en medio cambios ideológicos o renovaciones de elenco significativas, ésta CGT sigue siendo “aquella” CGT.

Los dirigentes de la CTA, templados al calor de la lucha contra la política de saqueo de Menem, siempre esgrimieron la autoridad moral que les otorga su historia, una historia que se desarrolló en paralelo a la de la burocracia sindical, y supieron leer en su tiempo para constituir un modelo alternativo y plural de participación sindical que les estaba vedado a los nuevos actores sociales y políticos emergentes.

Cuando la definición de “trabajador” solo era aplicable al que conservaba relación de dependencia- rara avis en un país con desempleo del 18%- , la CTA dio voz y participación a los trabajadores de la economía informal, a las agrupaciones sociales, a los movimientos campesinos, en fin, a todos los desdeñados por el sindicalismo tradicional acomodado en la época de pleno empleo.

Ese fue su aporte histórico a la construcción de un modelo popular que eclosionaría en 2003, cuando muchos de los postulados esgrimidos por la CTA fueron tomados y llevados a la práctica por los gobiernos consecutivos de Néstor y Cristina Kirchner. Esa capacidad de ser condensadores de las necesidades políticas de sus tiempos, sin embargo, se fue diluyendo con el tiempo.

El tiempo.Ese enemigo a vencer, ya considerado por Perón, finalmente acabó por llevarse puestos a varios de la camada inicial de dirigentes que construyeron a la CTA, haciéndolos sucumbir ante lo que combatían: los aparatos. Envejecidos, cómodos, con un discurso viejo que más que interpelar a la actualidad rememoraba una y otra vez las gestas del pasado, sin arriesgarse a llegar a otros interlocutores que los incondicionales, los otrora combativos referentes se dedicaron a atrincherarse en los espacios seguros de conducción que conservaban en sus organizaciones.

El circuito de repudios, declaraciones de indignación y retórica de catarsis fue lo único que pudieron ofrecer como escudo para los trabajadores ante el avance de la maquinaria macrista. La velocidad es otra, la militancia y formas de organización también, y los “históricos” no supieron cómo adecuarse.

Esa inacción justificada por la lentitud dispara las preguntas inevitables: ¿por qué este retorno en nombre de la unidad a una CGT desprestigiada, entreguista, tibia? ¿Por qué justo ahora y no hace dos años, cuando la coalición para enfrentar al ajuste era imprescindible más que oportuna? ¿Por qué con los mismos dirigentes, sempiternos, de uno y otro lado? ¿Cuáles son los objetivos a conseguir en lo inmediato, en los días postreros de un Gobierno que se sacude en los últimos estertores?

Visto de ese modo, CTA en CGT más que concertación para la lucha aparenta más un acuerdo para saquear a los cadáveres. El riesgo de quedar entrampado en la falta de credibilidad que significa el arrío de banderas históricas de lucha para alinearse detrás- o mejor, dentro- de la CGT probablemente derive en una nueva fractura dentro de la Central de los Trabajadores, y tal vez sea necesario para definir si la sobrevida de una dirigencia gastada significa en verdad la permanencia de una organización, o si se impone una auténtica refundación que no se agote en un eslogan.