Corrientes, viernes 22 de noviembre de 2019

Opinión Corrientes
NUEVA RESPUESTA A BONET

La razón populista, por Alejandro Maciel

17-08-2019
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(Por Alejandro Bovino Maciel) Continúa, entonces, este diálogo. Por infortunio no creo que la senilidad ataque masivamente a la democracia ni a ningún otro ente abstracto. La senilidad es enfermedad propia de la materia (en este caso, el tejido cerebral) y la justicia, la política y la democracia son, como sabemos, inmateriales.

Tampoco observo una decadencia general de los partidos políticos: Gran Bretaña, Alemania, EEUU, Francia, los países escandinavos, Canadá y todo lo que consideramos modelos de primer mundo exhiben partidos políticos centenarios y robustos. Señalé solamente el caso argentino y el asalto que propinó en estas playas el “liberalismo de exportación” que acostumbran enviar desde los grandes centros económicos a nuestras recientes recuperadas democracias, cuando no pueden ganar elecciones con los votos. Señalé el caso del menemismo montado sobre el Peronismo, al que desfiguró en sus cimientos. Nadie de afuera podía entender cómo seguía llamándose “Justicialismo” un sistema político dedicado con énfasis a los negociados y prebendas que enriquecían a los ya millonarios en detrimento del pueblo llano que tuvo que pagar después los platos rotos de una fiesta a la que no fue invitado. Recuerdo que en esos olvidables ’90 la misma palabra “pueblo” era casi sinónimo de asco. Hoy ese asco se trasladó al adjetivo “populista” como si democracia no fuese por definición el gobierno del pueblo para el pueblo.

Ese gobierno menemista de gavilla expulsó a Raúl Alfonsín del legítimo poder (Pacto de Olivos) o Alfonsín decidió retirarse, nunca lo sabremos porque al igual que en la trágica Semana Santa militar, todo se negoció a puertas cerradas. Y se supone que en democracia el pueblo es el heredero directo de las decisiones. Después vino lo de la “casa en orden” etc., etc.

Señalé esta tragedia del menemismo porque fue el momento más peligroso para la desaparición de uno de los partidos políticos más importantes de la Argentina. Por fortuna, después del descalabro del 2001 ese partido se reorganizó y con Duhalde y los Kirchner volvió a su cauce normal. Que guste o no a los demás ese rumbo político, es otra historia. Pero no se puede dejar de reconocer que las reivindicaciones del Justicialismo volvieron al primer plano desde entonces.

En este decenio ese liberalismo parece haber elegido al Radicalismo como víctima a quien parasitar. Está en esa etapa, en las últimas elecciones el partido ni siquiera presentó candidatos radicales. Tímidamente asomando de entre la marea de Cambiemos aparecían nombres de políticos radicales, pero no avalaban a su partido sino al conjunto del gobierno como aliados o algo parecido.

No creo que se trate de una moda o una prueba de senilidad democrática. La senilidad, ambos como médicos lo sabemos, es irreversible y, como expuse, el Peronismo se recuperó de esa infección política.

Tengo toda la fe que me concede lo que me quedará de inocencia, pero aspiro a ver recuperarse esa fuerza vital de la política argentina que es el centenario Radicalismo. Partido Radical como tal, no oculto detrás de esta desfachatada derecha tarambana ni detrás de ningún escudo o bandera ajena. La dirigencia radical frente al Partido Radical.

Ernesto Laclau ha sido un lujo argentino que exportamos a Gran Bretaña. Heredero de Gramsci, del lacanismo y del deconstruccionismo francés, este politólogo rescató la palabra “populismo” de la ciénaga a la que la había condenado una larga tradición de pensadores liberales. Laclau salva a la idea del populismo basándose en la idea de conflictividad propia del terreno político, conflictividad que no se puede anular sin degenerar el concepto de lo que es político. Esa política, dice Laclau, deberá producir un orden social que será precario y durará lo que dure el consenso que lo sostiene, para ser reemplazado después por otro consenso siempre construido desde una hegemonía que se obtiene cuando el pueblo se asume como sujeto político que valora, decide y actúa. Pero para ser activo, primero tiene que ser. Tiene que ser pueblo, no masa manipulada desde afuera. De ahí que para Laclau el populismo ni es mala palabra, ni es sinónimo de degeneración democrática, ni camino al autoritarismo o la demagogia. Ser pueblo es asumir íntegramente el ejercicio de la ciudadanía. Por eso me sorprendió que usted citara justamente a Laclau para hacer una crítica despectiva del populismo.

Hay muchos pensadores de derecha que podrían haberlo auxiliado, pero Laclau, no. Como siempre, un saludo cordial.

Invierno de 2019.