Corrientes, martes 23 de julio de 2019

Cultura Corrientes
SOBRE ÚLTIMO LIBRO DE ALEJANDRO MACIEL

La escala de la desaparición, por Arturo Zamudio Barrios

09-07-2019
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(Por Arturo Zamudio Barrios) Sé que estamos atrapados entre las calles enmarañadas de la citá dolente de Corrientes; sé también que se nos complica la travesía por las fuerzas contrarias que sirgan desde el pasado de Asunción del Paraguay y el futuro que conmina desde Buenos Aires –la Reina del Plata…-; y con tal presentación, da comienzo “La Pasión según San Ateo”, de Alejandro Bovino Maciel (Editorial Servilibro, Asunción, 2019).

¿Hay, en verdad, una línea que viene de Asunción y nos “tira” hacia la CABA… sin pensar que ella –la línea- puede conducirnos a un camino de sombras? Pues, tiempo ha que la Reina del Plata ha abandonado el trono y se sacude, sin mucho éxito por ahora, lejos de otras ciudades, cuyo papel en nuestros días ha obtenido un relieve que Buenos Aires nunca alcanzó.

Por consiguiente, si las fuerzas contrarias sirgan, en nuestros días, es poco probable que lo hagan hacia una reina destronada cuyo atractivo teórico y práctico no pasa del buen recuerdo. Y nunca la nostalgia sirve para algo distinto de un modo particular de ver en el espejo, la imagen que proyectamos. De ahí que el diálogo inicial de Bovino Maciel reúne, a la larga, ideas y circunstancias que habrían de resultar cuestionables en cualquier lugar del Plata, como lo han sido en la otra orilla, la europea, a la que siempre estuvo adscripto el primero, pudiendo sintetizarse el error en una frecuente respuesta: todo lo esperado por la década del 60, el entusiasmo de un área cristiana –el Tercer Mundo- y las Ligas Agrarias, se hundió… el mundo viejo donde un pequeño núcleo social, bendecido por algunos tonsurados, disfruta de la plusvalía de los muchos minusválidos que sudan para ellos, sigue en pie… y gozoso…

Pero… ¿es verdad que el mundo viejo triunfó, como hasta Roger Garaudy lo creyó pocos años atrás? ¿Si hasta las Chaquetas Amarillas alzan en sus pancartas la respuesta de Fidel a la FAO (“…hay, en estos instantes 200 millones de niños que mueren de frío y hambre en el mundo, ninguno en Cuba…”), y se sabe que han sido las reformas socialistas las que han permitido a China desarrollarse de manera aplastante sobre el capitalismo que en el 90 se creyó victorioso (en Huavey, esa locomotora de la Informática, el 61 % de la propiedad pertenece a los obreros y sólo el 1% va a parar a los bolsillos patronales, como dirían por estas latitudes)?.

Pero… como en las novelas de mayor eco, la de Alejandro Bovino Maciel, es un viaje hacia el destino ignoto: el uno mismo y lo que yace acaso en los entresijos de nuestra existencia, aunque no le veamos con mucha frecuencia, “camino –concluiría Bovino- hacia el encuentro con “los Dos ciegos”, quienes seguirán allí cuando nosotros ya no. Y mamá Inés, en la visión de Isabel Allende, piensa también en que la muerte nos ronda pero a su vez nos elude; viste de blanco, y no de negro, como generalmente se cree. Aunque como los ciegos del diálogo de Bovino Maciel, nos aguardan en algún punto y algún día harán su labor a nuestra costa, sin importarle que subamos o no la escalera en su busca. El Tiempo y la Muerte son inevitables.

Por supuesto, hace tiempo que conozco a Alex, protagonista de esta novela y alter ego de Bovino Maciel. (En mi último libro -“El Sayo de Malatesta, Moglia, 2018- hay trabajos publicados antes en las revistas que él dirige). Y sé bastante de su itinerario, su relación con Roa Bastos y sus viajes junto a Roa a Cuba y España; he leído su “tetra novela” (en versión portuguesa) “O libro da Guerra Grande” y sé de otras de sus obras en portugués y español, aunque no las haya leído. De ahí que haya de disentir con su pesimismo.

Porque el hombre es uno solo, en cualquier parte del mundo, hubiese dicho Borges, tanto en la vida como en la muerte. Y la década del 60 que Alex evoca en su misiva al principal interlocutor, también nos arrastró, con todos sus fracasos y tristezas dejadas en el camino; las recuerdo en el libro del que hablé antes. Y en algún espejo ha de estar la imagen de un joven de camisa estampada, con una molotov escondida debajo, y de la mano de quienes ya se han ido, en plena conflagración con el mundo viejo. ¿Por eso tengo que pensar en una guerra perdida…? Jamás… y sí en una huella que en algún sitio –quizás no tan lejano- aflora, rumbo a lo que ya no veremos, aunque sigamos seguros de que no dista demasiado de nuestros lares.