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Opinion Viernes 07 de agosto de 2009 
La integración de los discapacitados
(Por Cristóbal Sánchez*) Intente pasar la página sin utilizar las manos y sin curvar la espalda. ¿Tiene sed después de tanto esfuerzo? Vaya al frigorífico y sírvase un refresco bien frío, pero no use las piernas. Ahora piense en un concepto complejo: pongamos la teoría de la relatividad. Pruebe a que le expliquen lo que es… sin palabras. Si no entiende nada, mire a su alrededor.

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Imagine que la gente lo mira, lo señala, sonríen o ponen cara de lástima. Usted no sabe qué pasa ni qué ha hecho. Le hablan, pero no entiende qué le dicen. Como no les hace caso, se enfadan. Si la experiencia le ha agotado, cierre los ojos y siga leyendo.

Millones de ciudadanos de todo el mundo viven todos los días una realidad propia de las novelas de Kafka. Son discapacitados físicos, psíquicos o sensoriales. La mayoría se ha adaptado a la situación a fuerza de costumbre. En unos casos, arropados por su familia y por su entorno. En otros, solos y marginados.

José Antonio sufrió un accidente cuando tenía treinta y dos años. Estuvo en coma durante un mes y, desde ese momento, hace varios años, ha pasado por muchas etapas. Tuvo que aprenderlo todo de nuevo. A vestirse, a reconocer objetos, a leer y a escribir, a orientarse… Estuvo dos años en silla de ruedas hasta que también aprendió a caminar. "Gracias a que mi mujer y toda mi familia que me arroparon y me ayudaron en todo momento".

A José Antonio también le ayudaron en su recuperación voluntarios de una asociación constituida por familiares de afectados por daño cerebral. Hoy, después de varios años de lucha, es él quien ayuda a otros compañeros como voluntario. Hace deporte, viaja, estudia y, según dice, "Me siento uno más, ni más ni menos que el resto de la gente".

Abismos de 25 centímetros

La eliminación de barreras arquitectónicas ha sido uno de los caballos de batalla contra la desigualdad injusta que han sufrido históricamente los discapacitados. Hemos crecido acostumbrados a sortear carteles, andamios y otros obstáculos que producen quebraderos de cabeza a los ciegos y que son casi pruebas olímpicas para quien va en silla de ruedas. Escaleras, escaleras y escaleras hacen la vida imposible no sólo a minusválidos, sino también a embarazadas o a personas mayores. Por no hablar de las barreras comunicativas en los medios para los sordos o los ciegos. Son numerosas las actitudes antisociales fruto de la falta de sensibilidad. Afortunadamente, en muchos países las barreras físicas se van eliminando poco a poco. Aunque demasiado poco a poco, por desgracia.

Ismael Martínez Liébana es profesor de filosofía. Según él, "las barreras más grandes son las sociales o las psíquicas, más que las arquitectónicas, que son técnicamente superables. Los capaces –vacila y sonríe como no estando muy seguro de a quién se refiere- ven a los discapacitados con un gran desconocimiento. Se sitúan por encima o por debajo. De un discapacitado piensan, una de dos, o que es un superdotado por superar los obstáculos a los que se enfrenta, o un pobre hombre. Nunca piensan en la normalidad. La normalidad la ocupan ellos".

Para Ismael, una de las razones más importantes del desconocimiento es el miedo. No nos acercamos a la discapacidad por miedo a contagiarnos. No queremos pensar en ella ni acercarnos a los que la padecen, por si con ello la llamamos. Por eso, cuando la discapacidad sobreviene a una persona sana, llega como algo inesperado. Nos parece extraña una situación con la que, paradójicamente, conviven uno de cada diez españoles. He olvidado decir que Ismael es ciego. Uno de esos invidentes educados para la integración.

"Cuando hablamos de integración, damos muchas cosas por entendidas. Parece que la integración es que todos somos iguales y que todos tenemos que hacer lo mismo, sin que se note ninguna diferencia. Eso no es así. Más bien hay que respetar la diferencia, acoger y tener en cuenta las dificultades del otro. Si se dice de un discapacitado que no se le nota nada, malo". Son palabras de Ismael, quien bromea con sus deseos frustrados de ser piloto de líneas aéreas. Y termina: "La integración laboral pasa por dos puntos. Por un lado se necesita el esfuerzo del discapacitado. Por otro, la actitud favorable del sistema. La dificultad estriba en que hay que adaptar puestos de trabajo o invertir en formación y eso es caro".

Lo cierto es que la legislación de la mayoría de los Estados ha tratado de adaptarse a las necesidades de integración laboral. Se incentiva fiscalmente al empresario, se le obliga a que abra cupos de contratación de discapacitados o a la eliminación de barreras arquitectónicas en los lugares de trabajo. Los resultados no son muy esperanzadores. De momento, los pocos discapacitados que trabajan lo hacen, en su mayoría, en talleres de asociaciones, cooperativas o empresas sociales creadas por ellos mismos o por sus familiares. En la función pública se ha ido más allá que en la empresa privada en este terreno.

Olvidar la silla

A Félix Muñoz le dijo un día un amigo: "En el trato que hemos tenido tú y yo he llegado a olvidar la silla de ruedas". Félix es una persona sociable, lúcida, amable hasta el extremo. Habla con el tono de voz de quien no quiere molestar. Desde su escasa movilidad escribe cuentos y artículos, "aunque lentamente porque necesito algún secretario que me ayude". Tiene adaptado el teléfono y los utensilios de uso diario. Procura sacarle el jugo a la vida. A pesar de su buen ánimo, del coraje, del apoyo de sus padres o de las ayudas técnicas, son muchas las necesidades a las que hace frente. "Me gustaría valerme mejor por mí mismo y trabajar", confiesa.

Como él, la mayoría de los discapacitados hacen frente a multitud de necesidades cuya satisfacción hay que considerar como cuestión de derechos humanos. La principal de ellas, según la encuesta citada, es la de desplazarse, poder salir de casa, visitar museos, asistir a una función de teatro o tomarse una cerveza con los amigos.

La alegría posible

Locos, enanos bufones, marinos pata de palo, jorobados, mancos con garfio, gigantes deformes o ciegos avariciosos forman parte del imaginario colectivo. El miedo o la torpeza nos han forjado una horrible parada de monstruos en la cabeza. Hay ciegos de mente que ven objetos y formas, pero que no quieren ver la realidad de una auténtica integración. Creen luchar contra monstruos y, como diría Nietzsche, "cuídense de no llegar a ser monstruos".Familiares, voluntarios, amigos o cualquiera que conoce de cerca el mundo de los discapacitados sabe que es el mismo mundo de todos. Un mundo en el que es posible la alegría.

* Periodista