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Opinion Corrientes Sábado 26 de enero de 2008 
LA CIUDAD
Siete Corrientes
(Por Darwy Berti*) Los diccionarios enciclopédicos del mundo ancho y ajeno al referirse a la ciudad de Corrientes aclaran que su nombre completo es: Ciudad San Juan de Vera de las Siete Corrientes. El detalle de las “Siete Corrientes” se extiende incluso hasta en el escudo de esta nuestra curiosa ciudad y a nuestro gentilicio.

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Otra vez la hipocresía
Todo termina algún día
Modelo de desarrollo local
Marginalidad y delito
Una demanda estéril
Ser conocidos como correntinos puede resultar tan fantástico como ser llamado argentino o plateado, pero además entraña otras virtudes que derivan de nacer entre estas Siete Corrientes...

Aunque pensándolo bien hay otras siete Corrientes que nos identifican y que son menos emblemáticas, menos convencionales y que no registran ni las enciclopedias, ni las laboriosas guías turísticas del universo.

Convencionalmente se dice que lo de las Siete Corrientes se debe al detalle geográfico de las siete puntas que fatigan el caudaloso río Paraná y que produce sendas correntadas al pie de nuestro ámbito.

Paralelamente a esas siete puntas harto visibles bautizadas Arazatí, Tacuara, Tacurú o Ñaró, San Sebastián, Arazá, Yatictá y Aldana, el turista descubre otras siete Corrientes, obviamente, nada emblemáticas. Indignas de la heráldica.

Son las Corrientes de la envidia, la soberbia, la avaricia, la gula, la pereza, la lujuria y la ira.

Claro que estas siete Corrientes no son pecados capitales exclusivos de esta capital, como quizá tampoco lo sean las siete puntas de tierra que se avalanzan sobre nuestro Paraná profundo como grito de hombre.

Sin embargo la coincidencia de que a cada una de las siete puntas de Corrientes corresponda un pecado capital es cosa nuestra. Sólo nuestra. De los correntinos. De los que estamos sumergidos en las Siete Corrientes.

Es, por ejemplo, responsabilidad nuestra de que en un balneario que se extiende precisamente entre dos de esas siete puntas de la heráldica correntina (Malvinas) se practiquen simultáneamente cuatro de los siete pecados capitales.

En esa playa de arena (cuya tibieza hay que sentir con los pies desnudos antes que escribir sobre ese calor), mujeres de ambas orillas originaron al exhibir “displicentemente”, digámoslo con lenguaje estudiantil, sus glúteos y glándulas mamarias: la envidia primero y la soberbia después, de sus iguales y luego la lujuria y la ira de los hombres. Los hombres que se trenzaron en una batalla a lo Troya donde se combatió por la belleza.

La batalla campal provocada casi deriva en un conflicto interprovincial. (Muchas de las mujeres manoseadas por lujuriosos correntinos, eran chaqueñas). Ya no estamos para amonedar epítetos, ni para disparar verbos venenosos, pero permítasenos escribir que la belleza de nuestras mujeres resalta casi siempre procaz. Esa misma Corriente de lujuria también tiene una vidriera periódica en los corsos correntinos donde nuestras mujeres vuelven a enseñar sus tentadoras redondeces.

En cuanto a la Corriente de la gula, se extiende por sobre nuestros platos típicos, incluyendo el sabroso cordero paiubrero, etc. Y no hablemos de la pereza del correntino. Esa Corriente de la pereza es la que en este momento nos ataca.