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Opinion Corrientes Lunes 24 de junio de 2019 
La peronización del kirchnerismo
(Por Jorge Eduardo Simonetti enviado a momarandu.com) Las necesidades electorales y judiciales de Cristina, la hicieron bajar de su pedestal genético de intransigencia, y negociar con dirigentes justicialistas a los que antes despreciaba, y aceptar a caciques sindicales a los que les cerraba la puerta en la cara. La construcción de un espacio “panperonista”, supone que la campaña electoral debe correr su eje desde la izquierda al centro, con el objeto de conseguir el voto no cautivo

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“Que se suturen el or… A mí nunca me importó el partido”. - Cristina (2016) / “Construir una coalición electoral y de gobierno lo más ancha posible con el Partido Justicialista como eje”. - Cristina (14/5/2019)

El 14 de mayo de 2019, el día en que Cristina se hacía presente en la sede del Partido Justicialista, el camionero Hugo Moyano decía: “Los peronistas somos así, un día decimos una cosa y al otro día otra”.

Es el “síndrome de la veleta”, esa patología que suele afectar asiduamente a todo el arco político cuando la ideología choca con las necesidades electorales o las conveniencias personales, enfermedad frente a la cual los peronistas son especialmente vulnerables.

Es lo que le sucedió a Cristina, haciéndole trastocar la intransigencia genética de la que siempre hizo gala, por la amplitud de mira necesaria para intentar conseguir el objetivo mediato de evitar un futuro tras las rejas y el inmediato de ganar las elecciones.

Para ello, le quedaba claro que con los propios no le alcanza. Debía construir el “panperonismo”, un espacio electoral que albergara a los kirchneristas, a los de la izquierda amiga, a los peronistas federales, a los gremialistas y a las organizaciones sociales.

Como estrategia general, debía “deskirchnerizar” la oferta política, lo que significaba la elaboración de un mensaje que corriera el eje político e ideológico de la campaña, desde la izquierda hacia el centro, intentando captar los votos no cautivos, esos que no logran todavía identificar el mal menor, entre el autoritarismo y la corrupción que fue y la ineficacia gubernativa que es.

Con ese propósito, la ex presidenta lo primero que hizo es hacer las paces con un devaluado Partido Justicialista, el que la recibió como una tabla salvadora a la única que puede devolverle la vida de antaño. La mutua necesidad los lleva a mostrarse enamorados, aún cuando no sabemos la durabilidad del idilio.

El paso siguiente fue el de correrse del primer lugar de la fórmula, y cederle la candidatura a un tercero, ubicándose ella misma en el segundo casillero.

El elegido fue Alberto Fernández, un peronista sin votos que se había alejado del kirchnerismo. Con él, su liderazgo político no correría peligro, y daría un mensaje de apertura al conjunto del electorado. Obnubilado por la posibilidad del premio mayor, no fue difícil resetear el disco duro del ex jefe de gabinete de Néstor Kirchner y ex jefe de campaña de Massa. Apenas hubo que vaciar su papelera de reciclaje de todas la basura política y ética que el tigrense había depositado en la humanidad de su hasta entonces colaborador.

Distinto es el caso de Miguel Ángel Pichetto, que fue el peronista con el discurso más cercano al macrismo. No tuvo que cambiar mucho de ideas, con un globo amarillo en sus manos fue suficiente.

El peronismo federal, con la ambición impolítica de Lavagna, las imitaciones territoriales de Urtubey, y el desentendimiento de Schiaretti, quedó casi vacío con la salida de Sergio Massa, que conservaba un 10% de intención de voto.

De las aspiraciones presidencialistas de este último no quedó nada, se ganó un puesto en la primera fila de candidatos a diputados, a costa de la pérdida de la poca credibilidad que le quedaba al ex interventor del Pami. Reducido a una especie de masa de plastilina que cambia de formato a la primera presión, con sus actitudes de “bonzo” muy poco puede enriquecer la lista, teniendo en cuenta que uno de sus integrantes, Máximo Kirchner, no mueve el amperímetro de los independientes.

La siguiente movida es borrar del mapa político y periodístico a todos los ex funcionarios cristinistas relacionados con la corrupción. Con los presos y procesados ocultos convenientemente, Cristina sería la única “perseguida política” del macrismo, por el resto nadie debe poner la mano en el fuego, por lo menos durante las elecciones.

Siempre en función de los actores del pasado kirchnerista, también deben quedar detrás del telón los personajes ríspidos. Por ello, los derechos humanos deben “desbonafinizarse”, y nada que huela al piqueterismo “d´elíanista” debe promoverse, aunque se coloquen caretas de Midachi para reclamar “la Conadep del periodismo” o de intelectuales con gafas para proponer la eliminación del poder judicial.

“Deskirchnerizar” la oferta electoral también incluye el cambio de la ideología, por lo menos en campaña. Adormecer el discurso setentista que trajo a estos tiempos el pasado guerrillero, dejar atrás el nacionalismo cavernario, no mostrarse demasiado amistosos con el socialismo siglo XXI, volver a un populismo más tradicional como fue el del peronismo.

Aunque signifique tragarse varios sapos de antiguos discursos, no hacer blanco político especialmente virulento en la “compañera” Christine Lagarde, que puede convertirse en aliada en caso de ganar el gobierno y de tener que administrarse con la ayuda del FMI. El mensaje antimperialista deberá esperar su turno, y la izquierda aliada mirará para otro lado teniendo en cuenta las utilidades que recibe y los votos que no aporta.

El kirchnerismo del período 2003/2015 se parece bastante al peronismo del 1946/1955, especialmente en cuánto a la intransigencia de sus planteos. Especialmente en los dos períodos presidenciales de Cristina Kirchner, la manera confrontativa de gobernar condujo a la apertura de la denominada “grieta” que no sólo es política sino fundamentalmente social.

Tiempo después, por iniciativa del propio Perón, el justicialismo se fue “aggiornando” y generó gradualmente el debilitamiento de la antinomia peronismo/antiperonismo. Ello le permitió ser un partido en el que no sólo tuvieron cabida todas las ideologías, sino también todos los dirigentes. Un verdadero “cajón de sastre” con una metodología insuperable para la subsistencia política.

Por necesidad electoral, lo propio sucede en este 2019 con el kirchnerismo. Cristina no puede ganar sin el Partido Justicialista de su lado, y atraerlo significa transar con aquella dirigencia que siempre despreció y con los caciques sindicales a los que les cerró la puerta en su gobierno.

Pero fundamentalmente, si quiere tener la posibilidad de triunfo, debe hacer todo lo posible para que la grieta no se note en el imaginario social, y hacer entender a los indecisos que el futuro no va a ser como el pasado; que va a ser más peronista y menos kirchnerista, ni más ni menos.

Quedará para el análisis de los especialistas, si la estrategia de peronizar el kirchnerismo se limitará al período electoral, o si, por caso ganara las elecciones, se extenderá al ejercicio del gobierno.

Sin embargo, la estrategia del “lawfare” (nulidad de las causas, amnistía o indulto) queda intacta. Sus alcances políticos se extenderán hasta octubre, y, en su caso, las implicancias jurídicas y judiciales comenzarán el 10 de diciembre.