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Opinion Corrientes Domingo 26 de agosto de 2018 
Lenguaje inclusivo: ¿moda pasajero o derecho en crecimiento?
( Por Jorge Eduardo Simonetti). De un lenguaje que fue a otro que todavía no es y no sabemos si será. Las expresiones de estudiantes secundarios, con motivo del debate por la despenalización del aborto, dispararon una intensa discusión en torno a este nuevo vocabulario, al que se denomina “inclusivo” o “no sexista”.

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Primero se reemplazó el masculino genérico por las formas femenina y masculina; después se optó por la “x” y el “@”. Hoy, la “e” se presenta como la nueva alternativa, pronunciable y neutral.

La sociedad lo ve como un capricho del kirchnerismo y la izquierda, pero en realidad no es una cuestión facciosa, o no debería serlo, es por ahora una inquietud generacional de los jóvenes.

Para el filósofo Santiago Kovadloff es síntoma de una demanda que excede la lengua. La doctora en Lenguas de la Universidad Torcuato Di Tella y de Harvard, Karina Galperín, prefiere decir que la lengua necesita responder a una realidad que ya cambió.

Primero quiero expresar lo que para mí significa “la palabra”, escrita o hablada, porque en el contexto de su significado hallaremos las respuestas a esta revolución naciente del lenguaje, que muchos intentan ridiculizar o menospreciar, o directamente desconocer, como la Real Academia Española. La inquietud no sólo se produce en el ámbito del idioma español, también en varios otros.

La “lengua” es un sistema convencional de signos utilizados por los grupos sociales para comunicarse entre sus miembros, ése es su significado etimológico. La “palabra” es la lengua en boca de sus locutores. Como producto de la cultura, la lengua se transforma a través del tiempo, y la Real Academia oficializa lo que sucede en los hechos

El interrogante es si el lenguaje es únicamente instrumental, un medio para comunicar, un conjunto de signos o sonidos sólo de carácter representativo, o es algo más.

¿Se construye lenguaje con la realidad, o se construye realidad con el lenguaje? Para mí, las dos cosas. El lenguaje refleja y, además, construye.

Me gusta decir siempre que “la palabra no es un medio, es la realidad misma”. Con ello quiero expresar que el lenguaje jamás es absolutamente neutro en su significado sustancial, no es mera representación. El lenguaje en sí mismo produce hechos, realidades, estados de ánimo, es el contorno del pensamiento.

La palabra es en tanto lo que representa como lo que crea. Con la palabra puedo crear felicidad, agresividad, paisajes bonitos, ideologías, gobiernos, comportamientos sociales. Es decir, no sólo es representación sino además sustantividad. Por ello mismo que el lenguaje tiene un elevado poder discriminatorio.

El lenguaje de parte de los jóvenes, denominado “inclusivo” o “no sexista”, disparó una polémica que está en sus comienzos.. El nuevo modo de expresarse ya está en parte de la sociedad, en lo personal creo que es un derecho en crecimiento que terminará por establecerse

Dije en mi último libro que, “…un aspecto muy interesante de analizar es que los pensamientos adquieren un formato: el lenguaje. Esto que parece tan obvio puede determinar…diferentes capacidades de comprender el mundo según lo rico o pobre que sea nuestro lenguaje, y con ello afectar nuestras capacidades de pensamiento. Este lenguaje, más que un determinado idioma, significa también nuestra capacidad de interpretación de los contenidos emocionales de las cosas que nos pasan.” (CRITICA DE LA RAZÓN IDIOTA, p.43).

Mario Vargas Llosa se sintió poco menos que apuñalado por la espalda por el propio Sartre cuando éste, en su etapa socialista, expresara que la literatura era un lujo que sólo podían permitirse los países que habían alcanzado el socialismo. “¿Cómo podía afirmar eso quien nos había hecho creer que escribir era una forma de acción, que las palabras eran actos, que escribiendo se influía en la historia?” (MARIO VARGAS LLOSA, “La llamada de la tribu”, p.7).

De cualquier modo, “desde quienes le otorgaron al lenguaje el carácter de realidad autónoma, capaz de producir hechos de la vida misma sin dependencia de la sustantividad del objeto o de los hechos que representa, hasta los que opinan que no es realidad postulada por el concepto mismo…nadie pudo negar su papel existencial desde que el mundo es mundo” (SIMONETTI, ob.cit., p.158).

El lenguaje es un subproducto de la cultura, y como tal, cambia, evoluciona. La Real Academia oficializa lo que la cultura crea. Si no, seguiríamos hablando tal como el Marqués de Santillana en su “moza tan fermosa…” del siglo XV.

No pienso este debate como la dicotomía entre derecha e izquierda, sino en la de “progresistas” y “conservadores”. Los derechos humanos, por poner un ejemplo, no son patrimonio de una parcialidad política, es propiedad del género humano, de las buenas personas.

Un nuevo lenguaje, que elimine las expresiones adquiridas “por defecto”, que incorpore una sistemática tendiente a equiparar los géneros en la utilización del habla diaria, no sólo es lógicamente irrebatible sino históricamente inexorable, porque será un paso más en el sentido de la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer y se sumará a la construcción de un pensamiento no machista. La palabra es en tanto lo que representa como lo que crea. El lenguaje refleja y, además, construye

Y los derechos son también productos culturales, que van apareciendo con el tiempo e incorporándose al entramado social, y cuando el reclamo aparece como una expresión de la justicia natural, no hay reglamento o ley que impida su consagración.

Y que más natural que un lenguaje justo para todos, que nos represente a todos, que no nos separe o discrimine, que nos entregue la agradable sensación de estar incluido. Contra ello, sólo se podrán interponer argumentos artificiales y retrógrados.

Piense Ud. que hasta ayer nomás la mujer carecía de muchos derechos, entre ellos el de votar, aunque hoy nos parezca inconcebible. Aún por estos tiempos, es altamente discriminada en otros países, como pasa también con otros grupos minoritarios.

Pero ojo, que no se continúe viendo como una cuestión política, que nadie se apodere de dicha reivindicación social. Es, por ahora, un tema generacional, de los jóvenes, pero pronto será tema de la sociedad en su globalidad.

Es cierto que la izquierda está ganando la batalla de las palabras. Éstas salen de la boca y de la pluma de los intelectuales, los periodistas, los artistas, los escritores, que conforman una minoría altamente politizada con el sello de la izquierda, pero que viven la vida diaria con la comodidad de la burguesía (si cabe ya hoy esa expresión).

La lucha contra la discriminación no es, no debe ser, monopolio de la izquierda o del kirchnerismo. Es patrimonio de toda la sociedad

En la batalla cultural por los nuevos derechos, quienes pensamos que la vida siempre camina hacia adelante, quienes creemos sustentar ideas de progreso, no debemos dejarle el campo orégano a grupos políticos que se apoderan de banderas que no son de su paternidad, sino también tuyas y mías, y de todas las personas de buena voluntad.

Las nuevas ideas llegaron para quedarse y convertirse en los motores de la sociedad del futuro, resistirse a ellas sin reconocer que responden a la esencia de la naturaleza humana, es cristalizarse en el tiempo, impedir el progreso y desocupar los espacios sociales que, lógicamente, son invadidos por minorías con objetivos que no son los de todos.