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Opinion Corrientes Viernes 08 de junio de 2018 
Los pañuelos verdes del poder popular
(Por Arturo Zamudio Barrios) Pléjanov, que algo sabía de victorias del movimiento obrero en el siglo XX, al ser uno de los puntales de la Revolución de Octubre, escribió alguna vez que la clase obrera es el mismo eje político y social del pueblo...

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...y que su pérdida de orientación –es decir, el aclipse temporario o sustancial de su conciencia de clase- resulta fatal para los demás sectores de éste. “Si la clase obrera pierde el rumbo –escribe el teórico ruso- el conjunto de las masas populares se corrompe…” ¿Han cambiado en mucho las relaciones en el seno del pueblo, desde aquellos días, cuando todo, especialmente el frenesí de la lucha de clases, parecía bastante más sencillo..?

Naturalmente, el movimiento obrero ha sufrido variantes y ganado, por supuesto, en experiencias de todo tipo, porque el mundo de hoy es mucho más vasto, y algunos de sus destacamentos se aprestan a vivir experiencias singulares, imposibles en el pasado. Venezuela, por eso, se ha convertido en el gran laboratorio donde los obreros y sus organizaciones revolucionarias, han ido modificando el viejo modo de producción mediante formas hasta aquí en su mayor parte pacíficas, mientras ensayan conexiones con zonas del exterior valiosas por su internacionalismo, pese a la amenaza europea y norteamericana de resucitar al camisa negra.

Sus innovaciones en la estructura del Poder popular han sido reconocidas también por las dirigencias actuales de Cuba y Nicaragua. Por eso, la grita juvenil y múltiple, como el batido de una ola no tan lejana, en la gigantesca manifestación de pañolones verdes –el heroico feminismo cuyo despliegue, aseguró Víctor Hugo Morales, ha inaugurado una etapa inédita en la historia- ese runrún Poder Popular, Poder Popular que recorría las calles de una ciudad todavía asombrada por lo que ocurría, no podría entenderse sin tales influencias. “Pues aquí hay que debatir todo, explicó una de sus voceras, el tratamiento de apremio en un nosocomio estatal, no condice con las normas del FMI, y la ciencia en las universidades, tampoco. Lo primero que hizo el Fondo Monetario en Ucrania, al otorgarle el préstamo, fue exigir el cierre de “las numerosas Universidades”, cuyo exceso entre nosotros ya habían cuestionado Vidal y Macri. ¿Podemos, finalmente, aguardar “justicia” del aparato judicial en vigor, al que no hay sector del pueblo que no le reclame algo, mientras proliferan los asesinos del “Albatros” y el “gatillo fácil”, la ejecución por la espalda de seres indefensos o la represión desembozada tras cualquier intento de movilización?

No… por supuesto… Y basta recordar la fuga de fiscales, jueces y magistrados que siguió en Caracas al nombramiento de la “Comisión de la Verdad”, poniendo fin a la orgía de guarimbas (asaltos y crímenes callejeros) que azotaba al país caribeño. La exigencia, por lo tanto, de un Poder Popular entre los jóvenes de la marcha, sabía de antemano hacia donde apuntaba.

Pero un factor desconocido quizás brote de entre las ilusiones del Ingeniero Bunge, cuyos exordios sobre “la Gran Buenos Aires”, como decía, habrían de constituir mojones para un tipo de país diferente del que teníamos. Tratemos de aclarar algunos aspectos de aquella presunción: desde la cuarta década, la compra de bienes de capital en las naciones centrales, fomentó una industrialización concentrada en ciertas áreas ya antes beneficiarias del intercambio externo. Miles de “cabecitas negras” , por lo tanto, viajaron a instalarse a menudo bajo las alcantarillas, hasta poder habitar civilizadamente en alguna casita y con frecuencia alteraban sus formas dialectales, para adquirir otras, no por ello más sabias.

(Corrientes, cuya población engrosaron franceses e italianos desde antes de 1830, tras las guerras, ocupaciones y la agresión triplealiancista, perdió cerca de dos millones de pobladores hacia la primera mitad del siglo XX)

Mas, el resultado de aquella migración ha de ser la Argentina moderna, cuya población mayoritaria se aloja en el conurbano bonaerense, y en dos o tres puntos de ese enorme mapa, hay una cantidad de obreros muy estimable en el sur iberoamericano. ¿No cabía aprovecharlo en otro sentido del que se usó? Ahora bien, de ese “cambio” brusco en la vida de millones de seres partió también una ilusión, y el Plata se creyó por décadas el “país de la clase media”, midiendo la existencia social por el volumen del ingreso y no por el lugar en el aparato productivo. De ahí que, cuando la Revolución bolivariana haga su entrada, no falte el “dirigente” de esa Central de Trabajadores convencida –hasta por hombres de Izquierda – de su excepcionalidad en América Latina, que haya de asegurar su incompatibilidad con estas latitudes.

Se ceñían así a esquemas ya perimidos: la necesidad de una “oposición crítica y saludable”, sin alterar en lo esencial el orden de cosas. Sin embargo, el descreer, como dirigente, de las exigencias actuales de la lucha de clases, es ponerse “fuera de foco”, cuando el capital financiero no confía ya en la élite creada por él mismo –la llamada “clase política”- y quiere tomar la crisis en sus propias manos. Pues… ya no queda sitio para advenedizos, y la concentración de la riqueza entre muy pocos se acelera en todas partes. Por ello, pensar sólo en el FMI y no distinguir sus objetivos en la actualidad es también ver un todo incompleto: ya no basta con quitar del medio a los CEOS o ejecutivos de las grandes firmas, sino que cuadra apuntar hacia el capitalismo en agonía que trata de imponer el rumbo del país por su intermedio. De ahí el reclamo feminista y el valor que lucen sus pañuelos verdes, cuando exigen el Poder Popular, vale decir, el Poder de los auténticos creadores de la riqueza, y no de quienes, mediante una historia desdichada de trampas y crímenes, se han apoderado de ella.