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Opinion Corrientes Jueves 16 de mayo de 2018 
¿Tiembla el orden jurídico instaurado por el inglés Burke?
(Por Arturo Zamudio Barrios) “Un fantasma recorre Europa –escribió en su célebre Manifiesto, Marx-...el fantasma del Comunismo...”, aunque no significara exactamente lo que hoy

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Pues, como se sabe, en aquella fecha la línea “comunista” entre los obreros, equivalía a la de los que luchaban en contra del capitalismo, en lugar de quienes pretendían tan sólo apelar a la “sensibilidad humana de unos pocos”, por el estilo de los personajes de Eugenio Sue.

Conviene tenerlo presente cada vez más… Porque ya durante la inolvidable Revolución Francesa, había aparecido el “descamisado” que intentaba “hacer la Revolución para el pueblo…”, ajeno al orden político que empezaba a triunfar: aquél que, según Burke, impida “el desorden”, “la anarquía” y los excesos, vale decir, una democracia aparente, como la nuestra, donde el pueblo “no delibere por sí, sino por medio de sus representantes”, y no desdeñe ciertas normas “monárquicas” que le vendrán muy bien, por ejemplo el “veto del ejecutivo a las sanciones de la Cámara”, o la “soberanía delegada, como la que combate Ferré en 1830, sin posibilidad alguna de devolución a quienes la brindan”.

Por otra parte, ya Marat había puntualizado que los pobres -vale decir, los proletarios que venden al patrón su fuerza de trabajo- nada podían tener en común con aquellos que lo esquilmaban, aunque también “les Egaux” habían ayudado al jacobinismo a cortar la cabeza a los nobles; porque ya en esos momentos, y el “Amigo del Pueblo” no se llama a engaño, intentar la huelga en contra del horario de trabajo de sol a sol, equivalía a desafiar la horca… o la guillotina, alzadas por los que más revolucionarios se mostraban. Este es, en definitiva, el fundamento del “fantasma” de Marx: la historia hasta aquí vivida había sido la de la Lucha de Clases y en ella, la clase obrera, cuyo papel robustecía día a día el desarrollo de la industria, podría aprovechar en el futuro la riqueza técnica y científica aportada por el capitalismo, en beneficio de una nueva racionalidad, aún más creativa y mucho más humana. Hacia allí tendía su definición de comunismo, pensando en un orden nuevo asentado sobre la propiedad colectiva de los medios de producción.

Algo que está en pie en nuestra contemporaneidad, quizás como nunca, favorecido además por las tradiciones comunales de América –lo que un europeo de 1860 sólo podía intuir- cuyo paso de consumistas a productivas –caso Bolivia o Venezuela- acelera enormemente el aprovechamiento de los recursos nacionales. Y la experiencia venezolana vuelve a mostrarse en primeros planos: boicoteadas por empresarios propios y ajenos, la refinería y la extracción de crudo, rápidamente interviene la Guardia Obrera, y no demora en ponerlos en su lugar, es decir, en la cárcel o en el exilio; a la actual falta de ímpetu en empresas aquejadas por el bloqueo, el Ejército Obrero Productivo no demora en motorizar, aumentando la producción en un 40 por ciento. Sin embargo, la tentativa de huelga –o lockaut- en respaldo de la derecha cavernícola, echó resultados aún más significativos: un simple cartel pegado en la entrada de los establecimientos –“fábrica que para, es fábrica que se ocupa”- lo hizo, y mostró que los obreros venezolanos no se sienten como los argentinos ese sujeto híbrido, casi mular, que la sociología de cuño norteamericano bautizó pomposamente como “clase media”.

Claro que cuando eludimos el nombre de clase y hablamos de pobres y ricos, o de vulnerables o saqueadores, nuestra “lucha de clases” se refugia en conceptos pertenecientes al tiempo de María Castaña, o lo que es mejor, al de cuando los enfrentamientos de, por ejemplo, Inglaterra, mandaban a los “pobres” a la Torre de Londres y a “los ricos a La Cámara de los lores”. No es muy actual, por cierto, como aparato crítico, pese a que sirva, en estos instantes, de mucho: miles de venezolanos apoyan al Frente de la Patria por temor a que les caiga un Macri o un Dujovne, y los encierre otra vez en la dolarización. Y ¡gracioso…” Días atrás Cristina Lagarde, sus largas piernas y mejores uñas, censuró a Maduro por la política financiera venezolana, que cualquiera con alguna información, sabe, está basada en la Criptomoneda, el petro, y poco importa allí la estupidez de estar día a día pendiente de si la moneda norteamericana baja o sube de valor. Naturalmente… la “censura” sirvió para risas, cuando, justamente, el Yuan de los Chinos, se acoplaba a la iniciativa de estas latitudes y creaba el llamado Petroyuan, mientras vaticinaba para muy pronto un cambio en las finanzas mundiales de cuya existencia, al parecer, los economistas argentinos más populares, ni siquiera se han enterado.