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Opinion Corrientes Viernes 19 de enero de 2018 
Lo viejo y lo nuevo en la actualidad americana
(Por Arturo Zamudio Barrios) En 1857, en el periódico correntino “La Opinión”, Francisco Bilbao resumía su intervención en Lima, en contra de las andanzas del Imperialismo en Centro América –EE. UU. se había apropiado de un puerto nicaragüense - y remataba: “los americanos del Norte han dejado ya de ser americanos para volverse, simplemente, “yanquis”

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Un ataque a nuestra memoria colectiva
Cátedra Libre de DDHH apoya a Zaffaroni
Emancipándonos de la democracia (y de Rancière)
La inexplicable tolerancia con los incompetentes
El ocaso de la política territorial
Conviene recordarlo, cuando las caras idiotizadas de la televisión y el cine hablan de “los americanos”, como si Estados Unidos fuera la dueña del gentilicio, en una muestra clara de la endeblez nemónica del capitalismo: el vocablo era ya en el siglo XIX, expresión de una adversidad que “los hombres del mundo”, como rezaban las Constituciones, no habían esperado hallar de este lado del mar.

Pero la falta de memoria es proverbial en el orden que sufrimos. Jefferson, uno de los pilares de la “Gran potencia del Norte”, cuyos pobres sin medios o casi, alcanzan ya la cifra de 100 millones (Véase “Documentos del movimiento contra la pobreza”, fundado por Martin Luther King), estuvo, en verdad, entre los “anti federales”, es decir, entre los defensores de una Confederación similar a la de los días independentistas. Y la razón que tenía don Thomas ante “Las Actas Patrióticas” y su anulación efectiva de los derechos del pueblo norteamericano. ¿Lo ignoran los “defensores” de la Gran Democracia, tan faltos de información como la de quienes, en buena parte, la padecen?

Sin embargo, hay otros ejemplos de esta desmemoria en una clase dominante que alcanzó el Poder gracias al sacrificio popular. Los franceses, por ejemplo, allá por 1848, casi no tenían idea ni entre las fuerzas políticas (Marx las bautizó “Partido del Orden”), acerca de lo escondido en los reclamos revolucionarios de 1789, y apenas había transcurrido algo más de medio siglo. De ahí que buena parte de los perseguidos y condenados por su radicalidad, habían dejado el mensaje: “Ésta -la triunfante- ha sido la Revolución de unos pocos… Falta ahora hacer la de los pueblos…”

Gerardo Pisarello hablará de “la victoria del Termidor”, o sea la de una contrarrevolución disfrazada de maneras diversas hasta convertirse en el modelo del actual despotismo en Europa y América. ¿Ejemplo más claro que el de la agresión a Cataluña por parte de un Macri hispano, cuyas tropas mal pagas han caído sobre el estado catalán “invocando el cumplimiento de la Constitución de 1978”? Aunque en ridiculez nadie supera al Kusinsky peruano, que libera al asesino Fujimori para evitar que lo echen de su bufet… perdón: de la Presidencia. El –Kusinsky- pretende seguir siendo el “perro manso” –como se autodefinió- preferido de los norteamericanos, y de ahí la ringlera de torpezas desde que comenzó su mandato.

Pero la anécdota brillante contada recientemente por Maduro, da la razón a Mahiez y Gauthier y su insistencia en que se vea a la Revolución Francesa lejos de aquel “carácter burgués” asignado por la historiografía habitual. Pues, la lucha “Sans Culottes” no equivalía a entregar los mandos a un núcleo distinguido de entre los “jacobinos y hombres poderosos alimentados por la guillotina, la guerra y la traición, es decir, los de quienes hemos empezado a llamar Thermidorianos”. ¿Por qué…? “Eran los nuevos pocos del privilegio…” se decía en aquel tiempo, cuando la lucha popular celebraba el 14 de julio como “Día de la Federación”, quienes, a la larga, habrían de convertir a la Revolución en burguesa, concentrando cada vez más el ejercicio de los poderes. Hacerlo de otro modo –podrían añadir estos thermidorianos, de Bonaparte abajo-, era hacer valer la tiranía de los más, la anarquía”, y no la Dictadura “del Bien Público asociada estrechamente al pueblo en la toma de decisiones y en la ejecución de las Leyes…”, a que aspiraba el Faubourg Saint Antoine. Y en su reemplazo vendrían los tres Poderes usuales: el de representantes sin representación real, el del mandatario solemne –suerte de Monarca sin corona- y el fluctuante aparato judicial, encargado de trabar cualquier tipo de radicalidad venida desde el sector de obreros, sectores medios o campesinos. Pero vayamos a la anécdota de Maduro, cuyas implicancias tocan hasta buena parte de la ”gauche” de ultramar.

El Canciller Arraza, contó el Presidente venezolano, ha tratado sin mucho éxito de explicar a quienes, por lo general, nos miran por sobre el hombro –la intelectualidad europea- el porqué del Poder Constituyente Originario, primero entre los cinco que la integran, cuya aplicación tras el primero de Mayo -8 millones de votantes por sobre un padrón de 10- impuso un cierto tipo de orden, fundado estrictamente en la Constitución del 99. Contretemps, revista de los comunistas franceses, lo llama simplemente Asamblea Nacional Constituyente, e ignora su esencia: la de ser el Poder que dota de legitimidad a los otros, con el mejor espíritu rousseauniano.

Y aclara entonces el Presidente Maduro: el Poder originario, como el popular de Cuba, a pesar de la incomprensión del Viejo Mundo -¿y no es también ésta una prueba de vejez?- ha venido de allá. Por eso ya Bolívar, siempre más político que la mayoría de los libertadores de América, trató de imponerlo en el Congreso de Angostura, cuando se discutía la unificación del Continente. Sin embargo, entre quienes creían a los americanos poco dotados para ejercer su soberanía, no iba a prender consigna tan avanzada, y sí la brega contra todo cuanto oliese a manifestación Popular, otorgando el dominio a las oligarquías de aquí y allá.

Por supuesto –aclaremos- este Poder originario, popular y revolucionario, que ha reaparecido en esta parte del mundo, ninguna duda ofreció hace unos días al XXXIII Congreso en Alemania, compuesto de núcleos sociales y políticos reunidos por la conmemoración centenaria del asesinato de Rosa Luxemburgo. Y esta multitud llegada de todas partes de Europa y América, inclusive la Argentina y Colombia, ha puesto, por el contrario, como tarea urgente de la actualidad, la defensa activa de la Revolución bolivariana, que no marcha hacia el stalinismo o hacia el restablecimiento bonapartista de fines del Siglo XVIII. Pues, rescatar el carácter popular de la Revolución Francesa y sus aspiraciones frustradas no implica desoír las demandas de una realidad en vigor. A Contretemps le convendría, por eso, ver junto a los documentos de la CEPAL sobre Venezuela y su resurrección de Bonaparte, la iniciativa popular venezolana en todos los campos, desde el económico hasta el militar, ¿O no han leído en sus análisis que los “militares” mencionados en ellos, constituyen una fuerza cívico-militar de cerca de doscientos mil efectivos, entre milicianos y soldados profesionales, en estado de permanente alerta ante las amenazas de invasión estadounidense o paramilitar? Si esto no muestra la acción popular de la era Maduro, quizás haya que ver cuáles otras cegueras exigen un tratamiento específico, además de ese examen que ya permitió la revisión de los antecedentes de la Revolución Francesa. Quizás la ayuda de un simple óptico los ponga de nuevo en camino.