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Opinion Corrientes Jueves 16 de noviembre de 2017 
En las trincheras y sin las cabezas parlantes
(Por Nicolás Toledo) “Vamos a convertir los ministerios en una trinchera”. Por frases como esta, en la época de los milicos, se podía ir en cana o desaparecer. Por frases como esta, ahora, se puede ir en cana y ser perseguido y acosado por los perros bravos de los juzgados y las redacciones

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Que veinte años no es nada
Ate y sus cachorros
Aquella lejana guerra decidida por infames desquiciados mentales
Se va Ricardo
La Argentina post factual
La dijo el compañero Daniel Catalano, secretario general de ATE Capital, y con ella se puso al hombro lo que una dirigencia sindical demasiado tibia, demasiado sorda, dice entre dientes, en reuniones interminables, bien abrigadita del disenso: que la política de Cambiemos viene a destruir todo, que antes de que se vayan (¿se irán?) lo único que quedarán son los restos carbonizados de una democracia.

Los muchachos se cuidan la cabeza, ya se sabe, por aquello de “con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes”, y por eso la cabeza no la exponen, la preservan, congelada en un marco teórico y en una concepción estratégica que ya comenzó a tener olorcito a viejo allá por 2004 más o menos, cuando el kirchnerismo se le apropió de los discurso para hacer lo que verdaderamente vale: trasladarlos desde la esfera de lo ideal a lo real.

Ejecutarlos.

En forma de reivindicaciones, de reconocimientos de derechos, de nuevos pisos desde los que comenzar la discusión.

Envejecer no es un pecado, pero estancarse en un ámbito tan velozmente mutable como el de la lucha sindical significa terminar hecho cartera igual que los cocodrilos dormidos. Y la utopía fue muy linda, está muy copada para adornar arengas y temitas de la trova cubana pero si en tiempos de viento a favor no te dedicás a acumular fuerzas, a transversalizar tu organización hacia nuevos emergentes laborales y actores políticos, te puede pasar que un día venga una comparsa de CEOs a ranchearte el mundo del trabajo para emprender la reforma más sanguinaria de la que se tenga memoria, una a la que no se atrevió ni Menem en los noventa en los que la mayoría de los dirigentes de ahora tuvieron su época dorada. Y ahí están, viendo, pispeando, cumpliendo con todas las formalidades del caso en forma de documentos, reuniones, contrarreuniones, pronunciamientos mascullados y otras reuniones cuando todo indica que a fin de año más de 20.000 compañeros probablemente comerán un pan dulce de los buenos por última vez. Y ahí están, dale que dale con el cassette, negándose a bajar el debate a la tierra, como pidió Edgardo Depetri, y sin ver que estamos en uno de esos embudos excepcionales en la historia donde lo verdaderamente importante, lo trascendente, no es la construcción a futuro sino la coyuntura, que se les escapa entre los dedos por exceso de folklore protocolar militante.

Entonces ahora se pronuncia el compañero Catalano, el mismo Tano Catalano que no se hizo el boludo cuando Milagro Sala, una luchadora social parida en el sindicalismo cayó en cana. El Tano Catalano que se mostró, siempre, al lado de las Madres, de las Abuelas y de Cristina, porque sabe que la conciencia de clase es importante pero que la unidad es fundamental y se forja al calor de la ampliación del campo de fuerza de las organizaciones que actúan en el mismo lado de contraposición al poder hegemónico. El Tano Catalano, este mismo Tano Catalano, que no le tuvo miedo a la posibilidad de dejar la piel en la lucha, porque sabe que para un luchador es mil veces preferible eso a dejar la piel de la lengua pegada al paladar, seca después de tanta retórica al pedo.

Cuando se habla de las grandes gestas, lo que el reverso de la estampita nunca te dice es que suelen comenzar con el arrojo de un tipo de decir basta sin tanto preámbulo, basta con el grito que deja de apretar la garganta y de ahogar cuando la impotencia te gana la vida cotidiana. No estoy calculando, en este momento, cuáles serán las consecuencias concretas de la muestra de energía verbal más fuerte que tuvimos en casi dos años, y capaz que no me importan (a punta de impulsos también se ganan posiciones), pero estoy seguro de que será mucho más movilizadora que el peregrinaje de cónclaves que la ortodoxia dirigencial nos promete como fixture.